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Cómo tener una sagrada familia

Era un caluroso día de julio hace 32 años cuando mi familia posó por última vez para un retrato formal. Ahí estamos mi madre y sus cinco hijos (mi padre había muerto en 1972), esposos y nietos, de pie o sentados con atención en la sala, con nuestros trajes de domingo, zapatos bien boleados y cabello bien peinado, sonriendo como si no hubiera preocupaciones en el mundo.

‘Nada hay más poderoso que la humildad de Dios’

Tal vez suene extraño decir que Dios es humilde, para sugerir que el Dios que creó el cielo y la tierra, que ES eternamente y que sostiene todo en la palma de su mano, está ansioso de que lo conozcamos y seamos íntimos amigos suyos. Ese es un llamado muy alto y una gran expectativa, en especial cuando algunas religiones consideran a Dios ser eternamente inalcanzable y distante. Nosotros, los cristianos, sabemos que las cosas son muy distintas: Dios es humilde, Dios es amoroso, Dios es misericordioso y Dios quiere nuestra amistad. De hecho, nos ha creado para tener plenitud y estar en paz en una relación verdadera con Él.

El más profundo anhelo del corazón de Dios

Cierta tarde hace casi 47 años, el P. Thomas me llamó a su oficina en el seminario para decirme que mi padre había fallecido ese día. Recuerdo con afecto su amable titubeo, su respeto por mi respuesta silenciosa. La tarea que recayó sobre él ese día nos uniría con el paso de los años, hasta su propia muerte varios años después. No, no solo hasta, sino más allá de su muerte. La vida me ha enseñado que la muerte no pone fin a las relaciones o a lo que de ellas podemos aprender. Lo digo porque conozco major a mi padre ahora que el día que murió.