Dejemos que la humildad de Dios nos recuerde su insuperable amor

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‘Nada hay más poderoso que la humildad de Dios’ (Sn. Agustín)

Hace algunos años, al llegar a la oficina, noté que la etiqueta color naranja de la tintorería todavía colgaba de la orilla de mi saco. La arranqué sonriendo avergonzado. No me hubiera sentido mal si no hubiera sido por el hecho de que venía de grabar un mensaje televisivo diocesano, además de haber dado una conferencia a 35 mujeres haciendo su fin de semana del Cursillo.

Las mujeres fueron muy amables al no hacer mención de la etiqueta naranja colgando de mi manga. Los hombres que grabaron el programa, dudo mucho que la hayan siquiera notado.

Al revestirme en la sacristía de una parroquia antes de una ordenación sacerdotal, encontré una hoja de suavizante de ropa pegado al velcro de mi alba. Afortunadamente lo zafé antes de ponerme la casulla y así previne que cayera al suelo durante la Misa.

Al empezar la clase de filosofía temprano una mañana hace 45 años, el Padre Timothy nos dijo que no tomaría en cuenta una pregunta del examen del día anterior dado que no estaba en la lectura asignada de ese día. Yo levanté mi mano y pregunté con mucho interés, “Padre, ¿cuál era la respuesta a la pregunta?”, y con una sonrisa pícara me respondió: “La sabrías si hubieras hecho tu lectura de ayer.”

Para comprender a nuestro Dios

Esas no fueron las primeras ocasiones en que me sentí avergonzado y seguramente no serán las últimas; pero siempre me parece interesante observar mi reacción cuando hago una tontería. Aparento que nada sucedió o que lo hice a propósito; me justifico hasta el cansancio, lo cual lo hace aún más divertido para los demás y me molesto por las risas que provoqué; me enfado conmigo mismo aunque me ría con todos, a sabiendas que mi tontería ya se notó.

Todo esto es benéfico para mi humildad.

Me fijo mucho en esas ocasiones para aprender de mis reacciones y de mi vergüenza. No para no avergonzarme de nueva cuenta, porque seguramente me sucederá de nuevo, sino para aceptar el hecho de que muchas veces me tomo demasiado en serio a mí mismo. Esas experiencias purifican mis motivaciones, rebajan mi orgullo y me hacen más compasivo.

Nuestras pequeñas vergüenzas son poca cosa comparadas con las ocasiones en que fracasamos completamente, cuando nos fallamos a nosotros mismos y a los demás, cuando por puro necio orgullo de nuestra voluntad o la mala voluntad de alguien más terminamos completamente humillados. En esas ocasiones nuestras reacciones pueden variar grandemente y con gran intensidad.

Un poco de reflexión en nuestras pequeñas vergüenzas puede llevarnos a entendernos mejor a nosotros mismos y a entender más profundamente la misericordia de Dios y la gratuidad de su amor. Sea que nuestra tontería salió a la luz con un poco de vergüenza o con una enorme humillación ante todos; si levantamos la mirada hacia Dios, veremos que mueve la cabeza y nos anima a levantarnos y seguir adelante. En su Hijo, Él sabe lo que es enfrentar la humillación. En la cruz, él cargó consigo el peso de nuestros más profundos fracasos, pecados, fallas y humillaciones, porque nosotros no podríamos con ellos nosotros solos.

‘Cristo crucificado, objeto de nuestra fe’

Dios no se avergüenza de asociarse con nosotros, incluidas nuestras tonterías y fracasos. El amor no le es arrancado a regañadientes solo para probarlo hasta el límite. Es una verdad maravillosa que Dios nos ama hasta el extremo de asumir nuestra naturaleza. Nada le es robado, Él lo entrega libre y conscientemente. Así es Dios. “Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me quita la vida, sino que yo la doy porque quiero.” (Juan 10,17-18)

En una carta dirigida a la gente de Madaura, Sn. Agustín escribió:
“Así pues, el Cristo que se predica por todo el mundo no es un Cristo adornado con una corona terrenal, ni con tesoros de este mundo, ni un Cristo reconocido por su prosperidad terrenal, sino un Cristo crucificado. Ridiculizado al principio por miles de hombres y aún ridiculizado por algunos hoy, pero objeto de fe para algunos al principio y ahora por innumerables pueblos, porque cuando Cristo fue predicado al inicio, a pesar de las injurias, a los pocos que creyeron, les curó a los paralíticos, a los mudos y a los sordos; a los ciegos los devolvió la vista y resucitó a los muertos. Así a la larga, los orgullosos de este mundo se convencieron que entre todas las cosas de este mundo, no hay nada más poderoso que la humildad de Dios.”

Cuando la vida me demuestra — cuando yo me demuestro a mí mismo — cuan tonto puedo ser y qué fácilmente puedo avergonzarme y ser humillado, es la humildad de Dios que me recuerda su inmenso amor. Y es su amor misericordioso que me purifica, como el oro y la plata son purificados, quemando mi orgullo y mis pretensiones como escoria y basura.

Noroeste Católico – junio 2016

Arzobispo J. Peter Sartain

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