Dios nos invita a la amistad y a un amor más íntimo

Foto: Chris Tumbusch Foto: Chris Tumbusch

Alguien me comentó un día que le parecía que yo me sabía muchos himnos de memoria. Es verdad hasta cierto punto, porque después de la segunda estrofa, en general termino solo tarareando si no encuentro un libro de cantos a la mano.

Cuarenta y seis años de seminario y ministerio han acostumbrado mi cerebro a las palabras de muchos himnos. Sin embargo, he descubierto que las versiones “antiguas” con el lenguaje de la época son las que brotan espontáneas de mis labios. Cuando las estrofas han sido modernizadas tengo que pensar rápidamente. Para ser honesto, a veces me pregunto si no hemos perdido algo con las nuevas traducciones.

Ciertas expresiones de respeto hacia Dios hacían resaltar la inmensa diferencia entre Dios y nosotros. A Él nos referimos siempre como el Señor. En muchos lugares y culturas también se estilaba al dirigirse a una persona mayor que uno o a una persona con quien no teníamos ninguna familiaridad de trato, como Usted o Señor.

Grita, ‘¡Papá!’

Hace muchos años, cuando visité Tierra Santa por primera vez, el viaje incluía un día de visita al mar muerto, que es el punto más bajo en todo el mundo con referencia al nivel del mar. Como no tiene ríos que desemboquen al mar abierto, el calor evapora gran parte del agua, dejando una enorme concentración de sal y depósitos minerales. Uno tiene que usar sandalias para vadear las aguas poco profundas cerca de la orilla, porque se forman piedras filosas.

El día que estuvimos allí, me llamó la atención que un niño que se soltó de la mano de su papá y brincó al agua, empezó a llorar a gritos pidiendo ayuda y de puntitas en el agua vociferaba, “Abbá”. Por primera vez me di cuenta de lo que Jesús nos quería enseñar al llamar a Dios Padre Papá.

En su agonía, Jesús oraba, “Abbá, Padre, todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.” (Marcos 14,36) La palabra abbá es aramea (la lengua hablada por Jesús) y cuando Sn. Marcos escribió su Evangelio en griego, prefirió conservar la expresión en arameo, porque muestra la intimidad del Hijo con el Padre. Los niños usan la palabra abbá para hablarles a sus papás, y la Iglesia primitiva adoptó ese uso.

Sn. Pablo escribió, “Y puesto que somos hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que ya no somos siervos, sino hijos, y como hijos, también herederos por gracia de Dios.” (Gálatas 4,6-7)

‘Ustedes son mis amigos’

Jesús usó también otra expresión para enséñales a sus discípulos su relación con Él. “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no lo llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a ustedes en cambio los llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre se los he dado a conocer.” (Juan 15,13-15) Como todos nosotros somos hijos adoptivos del Padre, amigos y hermanas y hermanos de Jesús, podemos gritar con el Divino Hijo de Dios, “¡Abbá, Padre!”

Dios, en el cual existe todo y sin el cual nada existe, creador del universo y todo lo que contiene, quien insufló en nosotros la vida, que nos salvó del pecado, quien es la perfecta sabiduría, libertad y verdad, no quiere estar lejos de nosotros. Por el contrario, invita a cada uno a tener con Él un amor y amistad íntimos. Tan grande es su amor que nos dio a su Hijo. El Hijo nos reveló la extraordinaria familiaridad e íntimo amor del Padre. Y el Espíritu Santo sostiene nuestra unidad con el Padre y el Hijo.

No existe falta de respeto al hablarle a Dios del modo en que le hablamos a nuestros amigos y seres queridos más cercanos; de hecho, así es como Él se presenta. Benditos somos cuando aceptamos estrechar su mano en amistad y alimentamos esa amistad en la oración y el amor. No hay nada más valioso en esta vida.

Para ser honesto, cuando me salen espontáneas las expresiones antiguas que memoricé y me equivoco en la nueva versión, me da gusto, porque me recuerda aquella ocasión del viaje al mar muerto. Después de todo, lo más importante no son las palabras antiguas o nuevas, sino el amor que contienen.

Gracias sean dadas a mi Señor Jesucristo,
Por todos los bienes que me ha dado,
Por todos los sufrimientos que padeció por mí.
Oh Redentor misericordioso, Amigo y Hermano,
Que te conozca más claramente,
Que te ame más entrañablemente,
Y que te siga más de cerca:
Por siempre y para siempre. Amén.
(Sn. Ricardo de Chichester, 1197–1254).

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Noroeste Católico – julio/agosto 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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