El amor de Cristo no tiene fronteras

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Cuando nos vamos de vacaciones o hacemos una peregrinación a otro país, nos encontramos en una situación única. Por un lado, somos atraídos hacia lugares sagrados e históricos que nos pertenecen como parte de nuestra herencia. Por el otro, los ciudadanos del país que estamos visitando tal vez hablan un lenguaje distinto al nuestro. Quizás pensemos “Estas personas hablan un idioma extranjero”, cuando en realidad somos nosotros los del idioma extranjero.

Pedir direcciones, encontrar un lugar donde quedarse, regatear precios, pedir comida, leer señales y entender respuestas a preguntas son un reto para nosotros. Estamos agradecidos cuando alguien viene a darle voz a algo que desesperadamente queremos decir. Descubrimos cómo se siente el ser “extranjero” y el “no tener voz”. Esta puede ser una experiencia de aprendizaje que nos cambie la vida.

Conocemos por sabiduría popular, correcta o incorrectamente, que algunos ciudadanos de ciertos países no ayudan mucho cuando se trata de complacer a visitantes extranjeros que no hablan su idioma. Tal vez hemos experimentado esta realidad en un momento de necesidad en algún lugar extraño, y esto nos da razón para preguntarnos personalmente si hemos sido acogedores y serviciales hacia forasteros, inmigrantes, y refugiados — los que no tienen voz entre nosotros — aquí mismo, en casa. ¿Damos el paso extra para dar la bienvenida, escuchar, ayudar, dar palabras a sus necesidades?

Podemos caer víctimas de un tipo de prejuicio sutil pero poderoso: por pena, temor, o incomodidad por alguna barrera lingüística o cultural, puede que tratemos a una persona como si fuera invisible. Tal vez comencemos a considerar a alguien que habla otro idioma que no es el nuestro como un extranjero de manera personal, como si en lo más profundo no fuera como nosotros, separado de nosotros, y desconectado a nosotros, o incluso como si no estuviera ahí. Como cristianos, nunca podemos decir eso de ningún otro ser humano.

En todos los países del mundo, los católicos toman seriamente su responsabilidad de ser voz para los que no tienen voz. Como sus predecesores, el Papa Francisco habla constantemente a nombre de los pobres, víctimas de guerra, enfermos, refugiados, inmigrantes, y los abandonados. En otras palabras, le da voz a las necesidades de aquellos que no pueden hablar por sí mismos (o a quienes nadie escucha). Él da ejemplo, no para que lo sigamos por noción falsa de “caridad”, como si prestar nuestra voz a aquellos en necesidad fuera un acto de altruismo, o peor, de condescendencia. Sino que nos da ejemplo porque sabe quiénes son sus hermanos y hermanas. Nadie es invisible para Cristo y nadie lo debe ser para nosotros.

Ser parte de la Iglesia nos enseña lo que Dios siempre ha querido para el mundo: un pueblo, espléndido en diversidad, en peregrinaje común hacia la vida eterna. Dios quiere que la Iglesia sea el vehículo a través del cual el mundo es restaurado a su destino original, renovado para nosotros en Jesús.

Un sacerdote que es amigo mío dice a menudo que Dios nos está enviando un gran número de inmigrantes y refugiados porque confía en nosotros. Nos está enviando a sus hijos amados — nuestros hermanos y hermanas — porque confía que nosotros los acogeremos como familia, y los ayudaremos a construir una buena vida, compartiendo en los dones que ellos traen. Después de todo, compartimos el mismo destino eterno con ellos.

El 27 de septiembre el Papa Francisco lanzó “Comparte el Camino”, un programa de dos años de Caritas Internationalis para promover el encuentro con las personas “en movimiento” — inmigrantes, refugiados, trabajadores migrantes — y para las personas que viven en los países que “reciben”. Rompemos las barreras del temor cultivando una consciencia sensible de la presencia de inmigrantes y refugiados, acogiéndolos y escuchando sus historias. El Papa Francisco sabe que cuando realmente nos encontramos con los demás, ya no pueden ser invisibles para nosotros. Cuando realmente los escuchamos, ya no se sienten sin voz.

“Tal vez le teman a los migrantes como un grupo enorme de personas que están entrando, pero cuando conoces a un migrante, entonces tienes una visión diferente”, dijo el Papa Francisco. El escuchar sus historias nos muestra que “ellos son seres humanos que han sufrido mucho; que han dejado una situación en donde no podían seguir viviendo por violencia, conflicto, o simplemente por miseria… Una vez que entiendas la historia de la persona, entonces tendrás una actitud diferente.”

El Oeste de Washington tiene raíces inmigrantes profundas, y hasta el día de hoy hemos sido bendecidos con la llegada continua de personas de todas las esquinas del mundo, que vienen a construir una mejor vida para sus familias. Creemos un ambiente en el que todos se sientan bienvenidos y en casa, sin importar el idioma que hablan o la cultura que los haya formado. Digamos “No” al racismo y a la intolerancia de toda forma, especialmente dentro de nosotros mismos.

Sta. Edith Stein fue una filósofa brillante, convertida del judaísmo al catolicismo, y monja carmelita que murió con su hermana Rosa en Auschwitz, en 1942. Totalmente católica, nunca abandonó sus raíces judías y le dijo a su hermana Rosa mientras eran sacadas de su convento por los nazis, “Ven, vayamos por nuestro pueblo.” Horrorizada por el tratamiento de los nazis hacia las personas, sintió que Dios la estaba llamando a ser su amor en un mundo oscuro.

Ella escribió, “Nuestro amor al prójimo es la medida de nuestro amor a Dios. Para los cristianos — y no solo para ellos — nadie es un ‘extraño’. El amor de Cristo no tiene fronteras.”

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Noroeste Católico – octubre 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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