El más profundo anhelo del corazón de Dios

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Cierta tarde hace casi 47 años, el P. Thomas me llamó a su oficina en el seminario para decirme que mi padre había fallecido ese día. Recuerdo con afecto su amable titubeo, su respeto por mi respuesta silenciosa. La tarea que recayó sobre él ese día nos uniría con el paso de los años, hasta su propia muerte varios años después. No, no solo hasta, sino más allá de su muerte. La vida me ha enseñado que la muerte no pone fin a las relaciones o a lo que de ellas podemos aprender. Lo digo porque conozco major a mi padre ahora que el día que murió.

Los recuerdos de mi infancia están llenos de imágenes de mi padre farmacéutico, un hombre con un pasado misterioso, como de ficción. A su vez, hijo de un farmacéutico del este de Tennessee, su madre murió antes de que cumpliera 3 años y fue criado con ayuda de los vecinos judíos de al lado y su madrastra, de quien rara vez hablaba. Los sábados por la tarde, yo lo acompañaba a veces a nuestra farmacia (luego de que fuera a casa a almorzar y tomar una siesta) y me sentaba en un banco giratorio en la habitación trasera jugando y dibujando sobre una mesa de linóleo. Cuando viajábamos en familia a Jackson o a Nashville a visitar parientes, jugábamos El Juego de la Enfermedad, una prueba de nuestra habilidad para nombrar enfermedades según cada letra del alfabeto. El farmacéutico siempre ganaba. Dependiendo de la época del año, los sábados por la tarde veíamos en televisión el Beisbol de las Grandes Ligas o escuchábamos la ópera en la radio. Mi padre los amaba.

Yo creía conocerlo entonces, pero ahora lo conozco mejor.

Una tarde de domingo varios años tras la muerte de mi padre, bauticé al primogénito de unos feligreses y los acompañé después en la recepción en su casa. El orgulloso abuelo y yo nos conocimos por vez primera y me preguntó por mi familia. Luego de que le contara que nuestra farmacia, ahora demolida, se encontraba en la esquina de Bellevue y Lamar, él recordó un incidente de hacía más de 60 años.

Sintiéndose enfermo un día, salió temprano de su trabajo. Conduciendo a casa, se sintió peor, al grado de no poder manejar más. Estacionándose, se detuvo, salió de su auto y subió mareado los escalones de concreto y piedra de una farmacia cercana. Una vez dentro, se desmayó. El farmacéutico detrás del mostrador, vistiendo su bata blanca, se apresuró a venir a su lado para auxiliarlo, pero el visitante respondió que estaría bien si pudiera llegar a casa. El farmacéutico tomó sus llaves, cerró la farmacia y lo condujo hasta su casa, asegurándose de que estuviera allí su esposa para cuidar de él.

El hombre que me contó esta historia nunca supo el nombre del farmacéutico que lo había llevado en su auto a su casa 60 años atrás. Pero de inmediato supe que se trataba de mi padre.

El mes de Todos los Santos y de los Difuntos es el mes de los héroes cristianos y de nuestros propios amigos y personas amadas que han muerto, así como de continuar nuestra relación con ellos en Cristo. Un mes para anhelar estar de nuevo con ellos, quizás para comprender mejor o reparar una relación atribulada y para saber que se encuentran a salvo en las manos misericordiosas de Dios.

Pero incluso mientras consideramos nuestras esperanzas y oraciones por los difuntos, las Escrituras nos recuerdan aún más las esperanzas de Dios y sus anhelos por nosotros. Jesús le dijo a la multitud, “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que quien vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo le resucite el último día.” (Juan 6,39-40)

Una verdad central de nuestra fe es que el anhelo más profundo del corazón de Dios es que pasemos la eternidad con Él. Y si este es el anhelo más profundo de Dios, Él hará todo lo posible por prepararnos para ese destino. En esta vida nos da oportunidad tras oportunidad y gracia tras gracia para que nos alejemos del pecado. Envió a su Hijo a indicarnos el camino, a darnos el ejemplo, a ser el Camino; nos da la Iglesia y sus sacramentos para nutrirnos; nos da a los santos y la familia y amigos cuyo amor y oraciones nos guían y animan a lo largo del camino. Y tras nosotros morir — y a veces antes de que muramos — nos concede una purificación final para prepararnos a encontrarnos con Él cara a cara.

Durante la solemnidad de la Asunción en 2012, el Papa Benedicto dijo, “Una cosa, una esperanza es cierta: Dios nos espera; no entramos en un vacío, somos esperados. Dios nos está esperando y al partir hacia el otro mundo, encontramos la bondad de la Madre, encontramos a nuestros amores, encontramos el Amor eterno. Dios nos espera: es este nuestro gran gozo y nuestra gran esperanza”.

¿Por qué oramos por los difuntos? ¿Por qué pedimos a los santos que intercedan por nosotros? Les pedimos que su anhelo de Dios (intensificado para abarcar enteros su corazón, su mente y su voluntad) y el anhelo purificador y misericordioso de Dios por nosotros, nos congregue como uno solo por toda la eternidad.

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Noroeste Católico – Noviembre 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

Website: www.seattlearchdiocese.org
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