El racismo es pecado y contrario a la fe cristiana

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Creciendo en las décadas de 1950 y 1960, parecía que los programas de televisión interrumpían su transmisión muy a menudo para dar un desconcertante anuncio familiar: "Interrumpimos este programa para darles un boletín especial de noticias." Solemne y sin adornos, aquellas palabras nunca significaban buenas noticias, y aun siendo niño, me daba cierto temor. Si las noticias ocurrían durante las horas de escuela, nuestro director hablaba inesperadamente en el micrófono.

Uno de esos anuncios se hizo el 4 de abril de 1968. Mons. Paul Morris, director de la escuela secundaria Obispo Byrne en Memphis, habló por el micrófono para informarnos que el Dr. Martin Luther King Jr. había sido asesinado en nuestra ciudad. Su anuncio fue seguido de un silencio asombroso y, sin duda, de temor, porque empezábamos a comprender su significado y sus consecuencias. Cuando recuerdo ese día, me pregunto cómo fue escuchada esta noticia y cuál fue el sentimiento que produjo en los pocos estudiantes afroamericanos en nuestra escuela, entre los cuales había un amigo muy cercano. ¿Fuimos nosotros a expresarles nuestro consuelo y amabilidad?

Desde muy temprana edad, yo había sido consciente que nuestra ciudad del sur estaba dividida por la raza y la economía, aunque al comienzo no entendía totalmente cómo esa división injusta determinaba tantos detalles en la vida diaria. Mis padres nos habían enseñado a tratar a todas las personas con respeto y ellos practicaban lo que enseñaban.

El supermercado y la tienda de buena calidad que había en nuestro vecindario eran iguales a muchos otros que existían en el sur en mis tiempos de juventud. Entre las características que ellos compartían, había un símbolo impresionante: dos fuentes de agua, una al lado de la otra, idénticas en todo, excepto que una de ellas tenía un letrero que decía: “Blancos” y el otro cartel decía “De color.” Aun siendo niño me sorprendía la forma en que ello estaba arreglado.

Hace muchos años, cuando me preparaba para celebrar el sacramento de la Confirmación, en la sacristía de una parroquia pude escuchar a un muchacho preguntar al párroco si necesitaba monaguillos. El padre dijo: “Claro que sí, tú puedes cargar la cruz.”

El muchacho de cabello rubio pronto reapareció vestido con el alba y cargando la cruz procesional. Pocos minutos después, me sorprendió con una pregunta:

¿Usted sabe lo que es el KKK?

Esa pregunta me sorprendió muchísimo. Yo dije, “Sí. Eso significa Ku Klux Klan. Nosotros no estamos de acuerdo con lo que ellos representan. ¿Por qué preguntas por ellos?”

Me respondió, “Escuché que ellos vendrán a la ciudad y tengo miedo porque mi padre y mi hermana son de México”. Traté de asegurarle que su padre y su hermana no estaban en peligro, que la policía ya estaría advertida de cualquier cosa inusual que pudiera ser planeada. Escuchando nuestra conversación, su mamá me contó un poquito más sobre el porqué de sus preguntas y también aseguró a su hijo que nada pasaría. Su hermana, sonriendo, conversaba con amigos muy cerca. Su papá estaba en línea para la procesión de entrada, porque era padrino de confirmación. La familia entera era bilingüe.

Se me destrozó el corazón esa tarde al confrontar otra vez el efecto doloroso del racismo en forma tan poderosa. La ansiedad estaba escrita en el rostro del muchacho y en su pregunta. Con vergüenza admito que mi pequeño diálogo con el monaguillo me mostró una vez más mi propia falta de sensibilidad ante el insidioso poder del racismo.

Como les decía, fui criado en un hogar donde las actitudes racistas no fueron ni enseñadas ni toleradas, y con el tiempo entendí más claramente por qué el racismo es pecado y contrario a la fe cristiana. Como sacerdote he predicado sobre esto.

Pero yo nunca he tenido que enfrentar actitudes racistas dirigidas hacia mí.

Me ayudó la ansiosa pregunta del monaguillo para reconocer con un criterio mayor cuánto trabajo hay aún por hacer. Primero y principalmente dentro de mí, pero también dentro de nuestras comunidades.

Escuchando su pregunta, fui consciente en una forma nueva, de lo que el racismo hace a los pequeños, a los padres que luchan, a los abuelos, a los pioneros valientes y a los trabajadores contemporáneos del movimiento de derechos civiles, y a las personas iguales que yo, que no están tan alertas como deberíamos sobre la influencia peligrosa del racismo.

No es necesario decir que el sur no es de ninguna manera el dominio exclusivo del racismo, porque sus raíces y efectos se encuentran en cualquier parte del mundo, incluido el estado de Washington. Ellas adquieren sabor local y muchas veces se institucionalizan según las circunstancias de la ciudad. Tristemente, el racismo se encuentra todavía en nuestras parroquias, signo de que nosotros todavía no nos hemos entregado completamente en conversión al Señor.

Cuando celebrábamos el nacimiento del Dr. King el 15 de enero, mis pensamientos volvieron a los boletines especiales de noticias, las fuentes de agua, su asesinato en mi ciudad y la pregunta ansiosa del monaguillo de 12 años.

Padre Celestial, enséñanos a construir un mundo donde los pequeños niños y niñas, y sus padres y abuelos, no tengan que hacer preguntas temerosas. Ayúdanos a levantarnos contra el racismo en todas sus formas y haz que podamos reconocer y desarmar su influencia. Que nosotros nunca rechacemos o causemos temor a uno de estos tus pequeños, porque nosotros somos todos tus hijos e hijas, hechos a tu imagen. Amén.

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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