El sarcasmo es venenoso

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Lastima, divide y crea un ambiente de hostilidad y de libertina indiferencia

Entre las cosas prohibidas en nuestro hogar mientras crecía — palabras vulgares, racistas o blasfemas — estaba la palabra estúpido. Para ser honesto, al principio me parecía extraño que no se nos permitiera usar esa palabra, porque parecía algo benigna. Poco a poco me di cuenta de que se pasaba de la raya porque era una palabra corriente lanzada con facilidad para ofender o menospreciar.

La lección más grande es que además de las palabras en una lista prohibida, hay otra ofensa seria que se debe evitar: el mal uso del lenguaje de forma intencional para lastimar a alguien más. Incluso las palabras benignas pueden herir cuando se entretejen en un sarcasmo.

La etimología de la palabra sarcasmo es el griego sarkazein, desgarrar la carne, morderse los labios con rabia, burlarse. Así, el sarcasmo es una expresión verbal aguda, a veces irónica y diseñada para ridiculizar o lastimar. Su efecto depende de un lenguaje amargo, cáustico e hiriente. Mis padres tuvieron la sabiduría de prohibir ese lenguaje en nuestra casa porque sabían que el sarcasmo lastima, divide y crea un ambiente de hostilidad, cosas venenosas en una familia.

Me parece que gran cantidad del humor de entretenimiento en nuestros días cae en la categoría del vulgar sarcasmo. Lo mismo en blogs en internet, mensajes en Twitter y mensajes de texto. En otras palabras, es corriente y adolescente, envenena, divide, lastima. Los autores del Nuevo Testamento, en especial Santiago y Pablo, señalan con insistencia que tal lenguaje es contrario a la dignidad de aquellos que siguen a Cristo.

Santiago reconoció el poder de la lengua maligna:

Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, podremos dirigir todo su cuerpo. Lo mismo pasa con las naves: aunque sean grandes y las empujen vientos impetuosos, basta un pequeño timón para dirigirlas a donde quiere el piloto. Otro tanto ocurre con la lengua: aunque es un miembro pequeño, puede alardear de grandes cosas.

Pensad que un fuego insignificante puede destruir un bosque enorme. También la lengua es fuego… Los hombres podemos domar toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos; y de hecho han sido domados. En cambio, ningún hombre ha podido domar la lengua, pues es un mal turbulento y está llena de un veneno letal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. (Santiago 3,3-10)

Sn. Pablo reconoció que el lenguaje mal usado lastima el Cuerpo de Cristo:

No viváis ya como los gentiles, que se dejan llevar por su mente vacía, obcecados en las tinieblas y excluidos de la vida de Dios por su ignorancia y por la dureza de su corazón. Habiendo perdido el sentido moral, se entregaron al libertinaje… Esto no tiene nada que ver con lo que habéis aprendido de Cristo… Revestíos del Hombre Nuevo, creado según Dios, que se manifiesta en una vida justa y en la verdad santa.

Por tanto, desechad la mentira y decíos la verdad unos a otros, pues somos miembros unos de otros. Si os irritáis, no pequéis; que no se ponga el sol mientras estéis irritados, para no dar así ocasión al diablo… No digáis palabras que puedan herir, sino las que sean oportunas para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen. (Efesios 4,17-29)

El sarcasmo es la insensibilidad hecha palabras y cuando le permitimos desbocarse en nuestro hablar, nuestra vida en familia, en nuestro trabajo, en nuestras parroquias, en nuestras escuelas, en nuestras conversaciones casuales en internet y en nuestras discusiones diarias, lastima y envenena. Pablo escribió que los gentiles, debido a su dureza de corazón, se hicieron libertinos. Así ocurre con el sarcasmo: nos vuelve insensibles al sufrimiento humano y nos hace ignorar el daño que causa a los demás. Crea una atmósfera de libertina indiferencia. Cristo, al contrario, nos llama a construir su casa con palabras que construyan en vez de derrumbar.

Hace mucho tiempo me hice el propósito de que cuando escribiera o diera un discurso jamás emplearía el sarcasmo o la crítica corriente como un medio de comunicar mis puntos. Pero he fallado con frecuencia al cumplir ese propósito en mis conversaciones diarias. Santiago y Pablo me desafían a ser más vigilante acerca de mis palabras casuales y su efecto, la forma que empleo para expresar enojo y opiniones y el uso adecuado de mi lengua, cuyo propósito principal es alabar a Dios, predicar su Palabra y construir su familia en el amor.

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Noroeste Católico – Septiembre 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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