Esta Cuaresma, recibe misericordia y sé misericordioso

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Debemos alejarnos de conflictos banales y rehusar involucrarnos en conversaciones destinadas a dividir, acusar o tomar partido

Mi papá solía bromear sobre la respuesta que uno de nosotros de niños le dábamos cuando encontraba un vaso roto en la basura, “¿Qué pasó con este vaso?”, “Se rompió”, era nuestra respuesta. Nadie se hacía responsable. Simplemente, “se rompió”.

La Cuaresma resalta todo lo que entra en juego en nuestra salvación. No es agradable escribir acerca del diablo, del mal y del pecado; pero si no enfrentamos estas realidades — y la fragilidad humana — no entenderemos la bendición de la salvación y el regalo de la infinita misericordia de Dios. La Cuaresma nos invita a contemplar la magnitud de la victoria de Cristo sobre el pecado, pero también nos invita a darnos cuenta de nuestra lucha personal con el mal y el lugar primordial de la gracia en esa lucha.

Toda intención sincera de crecer espiritualmente es ya una respuesta a la gracia de Dios. En otras palabras, esos deseos no surgen en nosotros espontáneamente. Si descubrimos el deseo de ser mejores personas, el origen de ese deseo es Dios, ya trabajando en nosotros. Lo que Dios inspira en nosotros, lo llevará a cabo. Todo lo que tenemos que hacer es cooperar con Él.

Por eso la Cuaresma es un tiempo de esperanza: Nuestro anhelo de ser mejores es ya la respuesta a la misericordia de Dios trabajando en nuestro interior. Su amor misericordioso, siempre presente, nos atrae. Nuestro dolor por el pecado es al mismo tiempo una atracción hacia el Señor Jesús, quien desea compartirnos su victoria: “Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones, pero ánimo, Yo he vencido el mundo.” (Juan 16,33)

Gloriarnos en las flaquezas

Citando un antiguo himno cristiano, Sn. Pablo recuerda a los Colosenses que “Todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él. … Él es el principio, el primogénito de entre los muertos.” (cfr. Colosenses 1,15-20) Toda la humanidad está incluida en la expiación de Cristo porque Él es el nuevo Adán, la Cabeza de la humanidad. Lo que Él ha hecho por “el mundo”, lo ha hecho “por nosotros”. Y lo que ha hecho por “nosotros”, nos pide que hagamos “los unos por los otros”.

No es extraño sentirnos impotentes cuando luchamos contra el pecado. Eso en realidad es positivo, porque si pensamos que podemos hacerlo por nosotros mismos, nunca pondríamos nuestras flaquezas en Dios. Sn. Pablo rogó tres veces al Señor que le quitara la espina que llevaba en su carne. El Señor le respondió, “Mi gracia te basta, mi poder se manifiesta en la fragilidad.” Sn. Pablo escribió: “Muy a gusto presumo en mis debilidades, para que el poder de Cristo se manifieste en mí.” (2 Corintios 12,8-9) No nos concentramos en nuestras flaquezas por sí mismas, sino para someternos al poder amoroso de Dios.

La aceptación de nuestra impotencia consigue algo extraordinario en nosotros: nos hace humildes. Cuando reconocemos que toda inspiración buena viene de Dios, cuando aceptamos que estamos libres de pecado no por nuestro propio esfuerzo sino por Él, comenzamos a darnos cuenta de que hemos juzgado duramente a otros.

A veces las cosas ‘simplemente se rompen’

“¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no puedes ver la viga que tienes en tu ojo? Quita primero la viga de tu ojo y entonces podrás quitar la paja del ojo de tu hermano.” (Mateo 7,3-5)

La humildad requiere también quitar la necesidad de culpar a los demás. Cuando algo sale mal, es importante protegernos de la tendencia a culpar a otros sin tener evidencias, la obsesión de buscar “quién lo hizo” y olvidar nuestra responsabilidad de ser instrumentos de sanación. A veces no importa quién lo hizo. Quizá no fue nadie. A veces las cosas simplemente “se rompen”. Todos somos culpables, pero el Señor Jesús nunca se puso a culpar a los demás. Él, en cambio, nos trajo sanación.

El pecado original trajo división a la humanidad. Cristo vino para hacernos recuperar la unidad. Por tanto, si reconocemos el poder de la misericordia de Dios, estamos llamados a reconciliarnos los unos con los otros, estamos llamados a perdonar.

Aprender a perdonar no es algo opcional para los discípulos de Jesús, es un mandamiento. El mandato de Jesús de perdonar, con frecuencia nos da la oportunidad de reconocer nuestra impotencia, porque el verdadero perdón nunca es fácil. Debemos perdonar, pero no podemos perdonar por nosotros mismos, tenemos que someternos a la gracia de Dios. “Señor, no puedo perdonarlo. No quiero perdonarla. Que tu gracia fluya a través de mí, para que pueda perdonar.”

Tenemos muchas oportunidades de entrar en discusiones, de ser sarcásticos, de ser chismosos, o de hacer duros comentarios en nuestra página de internet. Nunca desestimemos el daño que causamos con actitudes de división y pleito, aunque sean muy pequeñas. ¡Alejémonos de conflictos banales! Rehusemos involucrarnos en conversaciones destinadas a crear división, acusar o tomar partidos.

De lo contrario, simplemente mostramos que no hemos reconocido o que hemos olvidado nuestra necesidad personal de misericordia. Se nos olvida que Satanás trata de romper lo que Cristo unió.

Jesús cargó con nuestras culpas y en su lugar puso amor. Esta Cuaresma, debemos soltar las piedras que estamos a punto de lanzar contra otros y recibir la misericordia de Dios a manos abiertas, para ser entonces nosotros mismos misericordiosos.

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Noroeste Católico – marzo 2016

Arzobispo J. Peter Sartain

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