Las obras corporales de misericordia

Illustration by Ellen Bollard Illustration by Ellen Bollard

Segunda parte de una serie de tres en el Año de la Misericordia

Las obras de misericordia se diferencian del simple trabajo voluntario básicamente en que nos hacen entender que encontramos a Cristo en los necesitados. Sea que en ese encuentro atendamos a las necesidades corporales o espirituales de los otros, es esa presencia de Cristo lo que hace la diferencia.

Las obras de misericordia están enraizadas en el profundo respeto por los demás hechos también a imagen y semejanza de Dios. Además, son la respuesta que le damos a Cristo en los pobres: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25,40). Este mes quiero reflexio-nar con ustedes sobre las obras corporales de misericordia.

Las dos primeras obras corporales de misericordia son dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento. Poner en práctica estas dos obras puede abarcar desde dar un donativo económico a programas asistenciales o participar en campañas alimenticias hasta servir alimentos en el banco de comida a los pobres. Alimentar a los niños, los ancianos o las personas con necesidades especiales también pueden ser obras de misericordia. Preparar la comida familiar con amor, aun cuando nuestros esfuerzos no parezcan ser apreciados, es una expresión del cuidado amoroso de Dios por sus hijos. Los que son patrones deben cerciorarse de dar un salario justo a sus empleados.

Vestir al desnudo. Las ventas de garaje pueden ser un buen recurso de entradas extras, pero podría ser una alternativa llevar la ropa sin usar a la Sociedad de San Vicente o a algún otro albergue. Muchos tenemos más ropa de la que necesitamos, y ese abrigo sin usar colgando en nuestro ropero pudiera proteger a alguien más este invierno.

Dar techo al desamparado. Además de contribuir con los albergues de desamparados u ofrecer nuestro tiempo en servicio, dar techo al desamparado puede implicar desde acoger huéspedes en nuestra casa hasta tomar parte en programas de rehabilitación para los pobres. Mucha gente tiene habilidades que pueden ser usadas para mantener en buen estado las casas de los que no tienen recursos para contratar profesionales. Después de jubilarse, un miembro de mi antigua parroquia se dedicó a ofrecer gratis sus talentos de reparación y construcción a ancianos en su barrio.

Visitar a los enfermos. Existen ilimitadas oportunidades de servir y cuidar a los enfermos. Atender a parientes y amigos cuando están enfermos los conforta mucho más que los cuidados físicos que les brindamos; sienten cariño y amor en un modo tal que hace que se disipe el aislamiento y la enfermedad. Muchas parroquias tienen programas de visitas a los enfermos y ancianos que ya no pueden salir, envían tarjetas o suplen a alguno de los que los atienden a enfermos para que puedan también ellos descansar. Enfermeros y profesionales de la salud pue-den descubrir en su vocación la oportunidad de llevar a Cristo a cada paciente; también pueden ofrecer gratis sus servicios a los pobres o ser voluntarios en alguna clínica gratuita. Los más sanos pueden donar sangre u órganos al momento de su muerte.

Visitar a los prisioneros. En nuestro estado tenemos muchas correccionales y prisiones, y si bien no están abiertas a visitantes, muchos de nosotros podríamos recibir entrenamiento para hacer visitas voluntarias. Los encarcelados añoran la compañía humana y el apoyo personal; están preocupados de sus familias y futuro, y el ministerio a los encarcelados puede traer la presencia de Jesús de un modo muy cercano. A lo largo del año, parroquias y otras organizaciones promueven servicios para los encarcelados que se encuentran enfermos (artículos de aseo personal, libros, papel carta, etc.). La oración por los encarcelados y los que trabajan con ellos nos acerca a todos ellos. Promover la abolición de la pena de muerte y cualquier otra reforma de nuestro sistema penal puede ayudar en el futuro de una persona que busca un cambio radical.

Sepultar a los muertos. El cuerpo es sagrado y está destinado para la resurrección; es el templo del Espíritu Santo. Los cristianos siempre tratamos el cuerpo con gran respeto, durante la vida y en la muerte. Hay quien no puede pagar el sepelio y necesita ayuda económica cuando un ser querido muere. Algún otro necesita ayuda con los arreglos del funeral. Asistir a la velación y consolar a los deudos es una forma de honrar a los difuntos. Aun cuando no se haya conocido al difunto, es un signo de nuestra unidad en Cristo Jesús. Podemos dar especial atención a los ancianos que se han quedado sin familia y aquellos que no tienen parientes cercanos en la ciudad. Algunas parroquias tienen coros especiales para cantar en los funerales. Escribir tarjetas y oraciones de apoyo, ayudar en la recepción después del funeral y visitar a los dolientes aun después que los parientes hayan regresado a sus hogares es de gran consuelo. Algunas parro-quias tienen cementerios, y ayudar a mantener las tumbas en buen estado es un bello modo de honrar a los muertos. Prever nuestro propio funeral y el de nuestros seres queridos en los cementerios católicos es una manera de asegurarse que nuestros restos mortales serán venerados y protegidos en suelo sagrado.

“Sean misericordiosos, como su Padre celestial es misericordioso” (Lucas 6,36).

Read the English translation of this column: The corporal works of mercy.

Noroeste Católico – diciembre 2015

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

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