Las obras espirituales de misericordia

Illustration by Ellen Bollard Illustration by Ellen Bollard

Tercera y última parte de la serie enmarcando el Año de la Misericordia

Reflexionamos en las obras de misericordia preguntándonos, ¿Busco en verdad el bien de los demás?

Es esencial que recordemos que las obras de misericordia tienen como meta el encuentro con Cristo. En particular las obras espirituales de misericordia, porque se relacionan con asuntos personales muy delicados.

Las obras espirituales de misericordia necesitan la prudencia y discreción que proceden del Espíritu Santo. Al reflexionar sobre las mismas, pidamos la gracia de no ser solo condescendientes o prejuiciosos. De lo contrario nos acercaremos a los demás con la intención de “componerlos”. Eso estaría muy lejos del guiarlos con ternura hacia un encuentro con Jesús. Solo Él puede sanar y salvar. Puede ser que nosotros hagamos la presenta-ción, pero Él hará el resto.

Enseñar al que no sabe. Cada cristiano es un apóstol enviado a dar testimonio de la buena nueva. Pero para eso tenemos que asegurarnos de que conocemos la buena nueva, de que nos hemos imbuido nosotros mismos en ella y que nos esforzamos en practicarla. Este acto de misericordia no significa debatir o ganar discusiones. Es recibir la luz que Dios desea para todos cuando encontramos la verdad en su Hijo. Con ternura y respeto proclamamos la verdad y presentamos a Jesús a los demás.

Dar buen consejo al que lo necesita. Todos en alguna ocasión batallamos con la duda. Eso nos puede llevar a la confusión y la ansiedad. Con frecuencia la ansiedad es más perturbadora que la duda. Animar a otros cuando los invade la duda, ayudándoles a ver la presencia de Dios en sus vidas, con paciencia explicarles que Dios no nos abandona cuando tenemos luchas de fe son maneras de ofrecer solaz espiritual. No está de más recordar que aun cuando dudemos de la existencia de Dios o de su amor, ¡Él existe y nos ama!

Corregir al que yerra. Hay que decir de antemano que la conversión viene solo de Dios. No nos acercamos a los demás con la intención de arreglarlos; pues así solo los alejaremos más. Más bien les mostramos la misericordia de Dios y los animamos a buscarlo. En ocasiones, debemos señalar cierto error en la conducta de alguien. Pero tendrá que ser con humildad y después de haber orado, como pecadores que confiamos también nosotros mismos en la misericordia de Dios.

Consolar al afligido. Como en las obras corporales de misericordia, estamos llamados a consolar al afligido. Hay aflicción en muchas formas y la atención a las diversas formas de dolor en los demás nos da la oportunidad de escucharlos y acompañarlos en su sanación. Quizá descubramos la necesidad de ayuda profesional para alguien y le ayudemos con la información. Detalles inesperados de amabilidad y gentileza hacia amigos y compañeros de trabajo ayudan a remover el velo de dolor que han estado aca-rreando por sí solos. Hay además tanto dolor y sufrimiento en el mundo que tenemos que tener cuidado de no aumentarlo con nuestro sarcasmo, rudeza, chismes o codicia.

Perdonar las injurias. La ira es una prisión y solo cuando perdonamos nos liberamos de ella. Aun cuando parezca que la venganza esté justificada y hasta promovida por los demás, en realidad nunca ayuda. Por el contrario, alimenta más el ciclo de enojo y violencia. Cuando alguien nos lastima, debemos empezar por orar por la persona que nos ha ofendido. Si hallamos difícil perdonarlos, le pedimos a Dios que nos ayude a ejercitar su perdón. Por desgracia, tantas cosas de la vida en todos los niveles surgen del enojo y la falta de perdón. Jesús rompió ese ciclo de rabia perdonándonos. Nos envolvió con su misericordia, para que nosotros también seamos misericordiosos.

Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. No estamos llamados a ser tapetes de nadie y tenemos derecho a defendernos. Como quiera que sea, si estamos siempre buscando probar que tenemos la razón, culpando a los demás y lamentándonos de nuestras desgracias, perderemos la oportunidad de aprender la crucial lección que Jesús nos enseñó: poner la otra mejilla y confiar por completo en Dios. Pelear todas las batallas puede significar que confiamos en nuestras destrezas y capacidades, sacando del camino a los demás, perpetuando así el ciclo de violencia, sin aprender jamás la mansedumbre y misericordia de Jesús.

Orar por los vivos y los difuntos. La oración de intercesión es parte de nuestro cristianismo cotidiano, pues manifiesta y nutre nuestra comunión en la fe. Jesús está siempre intercediendo por nosotros y unimos nuestras oraciones a las de Él. Conviene recordar que no solo nosotros oramos por los muertos, también ellos oran por nosotros.

Para finalizar, es importante recordar que no ejercemos obras de misericordia para ser reconocidos en público.

“Tengan cuidado de no hacer obras buenas para ser vistos por los demás; de ser así no tendrán recompensa de su Padre celestial. … Cuando den limosna, no dejen que su mano izquierda sepa lo que hace su derecha, para que su limosna permanezca en secreto. Y su Padre, que ve en lo secreto los recompensará.” (Mateo 6,1-4)

Mis actos de misericordia no son “míos”. Es Cristo que vive en mí y actúa a través de mí. Cuando le permito dirigirme con su gracia, las obras corporales y espirituales de misericordia se hacen una “segunda naturaleza” en mí y me acercan más a mi Señor.

Read the English translation of this column: The spiritual works of mercy.

Noroeste Católico – enero/febrero 2016

Arzobispo J. Peter Sartain

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