‘Nada hay más poderoso que la humildad de Dios’

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Tal vez suene extraño decir que Dios es humilde, para sugerir que el Dios que creó el cielo y la tierra, que ES eternamente y que sostiene todo en la palma de su mano, está ansioso de que lo conozcamos y seamos íntimos amigos suyos. Ese es un llamado muy alto y una gran expectativa, en especial cuando algunas religiones consideran a Dios ser eternamente inalcanzable y distante. Nosotros, los cristianos, sabemos que las cosas son muy distintas: Dios es humilde, Dios es amoroso, Dios es misericordioso y Dios quiere nuestra amistad. De hecho, nos ha creado para tener plenitud y estar en paz en una relación verdadera con Él.

El tiempo de adviento y navidad es para atesorar la verdad de que Dios se ha acercado a nosotros en su Hijo, Jesús, y que está todavía cercano, como lo estará mañana y al día siguiente. Dios no está lejos y nunca se apartará de nosotros. En el nacimiento de Jesús, ha hecho suya nuestra humanidad y nunca cortará su relación de carne y sangre con nosotros.

Al nacer Jesús, Dios entró en el tiempo y la humanidad de tal modo que nunca más nada ha vuelto a ser igual desde aquella noche. No solo porque medimos los años en el calendario a partir del nacimiento de Jesús. La noche que Él nació, la humanidad misma fue iluminada, transformada, renovada, atesorada y abrazada por Dios en la carne.

¿Cómo podríamos nosotros concebir siquiera la posibilidad o la capacidad de estar cerca de Dios y cómo podríamos habernos acercado a Él, si Dios hubiera permanecido distante e inalcanzable? Dios, que nos creó y nos ama y quiere solo lo mejor para nosotros, sabe que la mejor forma de venir a nosotros es en la humildad y en la sencillez. El signo de Dios es que se hace pequeño para nosotros. De hecho, ¡es así como Él reina! No llega con despliegues impresionantes de poder y esplendor mágico. Viene como un bebé, indefenso y necesitado de nuestra ayuda.

Dios no quiso avasallarnos con su poder y así, al nacer Jesús, elimina nuestro miedo a su grandeza. Él desea nuestro amor, él nos pide nuestro amor y así, se vuelve un niño. Dios se hizo pequeño para que pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo y desear conocerlo. Si le tuviéramos miedo, nunca conoceríamos sus verdaderos sentimientos por nosotros.

Pienso que era este el propósito de Sn. Francisco de Asís cuando introdujo lo que ahora llamamos “los belenes” o “los nacimientos”. Sn. Francisco quería dejar claro que el Nacimiento de Cristo no es una idea o la especulación de alguno, sino un acontecimiento histórico, cuando el Hijo de Dios tomó carne y sangre verdaderas, nuestra carne y sangre. Tomó consigo nuestras inseguridades, nuestras impotencias, nuestras esperanzas, nuestros amores. Él entró en el mundo pobre e indefenso, como uno de nosotros, para que nunca tuviéramos miedo de acercarnos a Él. Cuando vemos la fascinación de un niño ante un nacimiento, vemos de primera mano la mejor y más auténtica respuesta de la invitación de Dios a que todos nos acerquemos a Jesús.

El Papa Francisco nos recuerda que, a fin de conocer a Jesús, necesitamos ir donde Él está. Necesitamos inclinarnos, ser humildes, para volvernos pequeños. El Niño recién nacido nos desafía. Nos llama a dejar atrás las ilusiones y a volver a aquello que es esencial”. A fin de valorar la invitación eterna que Dios nos hace en el nacimiento de Cristo, debemos dejar atrás el apetito constante por las cosas que nunca nos satisfacen, a fin de descubrir la paz, el gozo y el sentido luminoso de la vida.

Si es cierto que Dios es humilde, entonces también lo es el que nosotros encontraremos la paz y la plenitud si nosotros también somos humildes, alcanzables, amorosos, misericordiosos, ansiosos por ayudar a los que nos rodean, hambrientos de poner nuestro énfasis cada día en las cosas que en verdad importan. No existe persona envidiosa en la tierra que sea feliz. No existe persona rencorosa en la tierra que esté en paz. No existe persona que atesore su dinero sobre todas las cosas que estén profundamente satisfecha. ¿Por qué? Porque Dios no nos hizo para el egoísmo o el odio o la codicia. Dios nos hizo para el amor, para amarlo a Él y a todos sus hijos. Dios nos creó para la generosidad y el sacrificio personal. Dios nos creó para orar, para conocerlo y amarlo y para sentir su amor. Y es por su humildad y sencillez que comprendemos mejor a Dios.

Al escribir al pueblo de Madaura a inicios del siglo V, Sn. Agustín recuerda que: “El Cristo que es predicado a través del mundo entero no es un Cristo adornado con una corona terrena, ni un Cristo rico con tesoros terrenos, ni un Cristo ilustre en la prosperidad terrena, sino un Cristo crucificado. Esto fue ridiculizado al principio por naciones enteras de hombres arrogantes… pero fue el objeto de la fe al principio para algunos y ahora para naciones enteras, porque cuando Cristo crucificado fue predicado en ese tiempo, opacando lo ridículo… a los pocos que creyeron, los cojos recibieron el poder de andar; los mudos, de hablar; los sordos, de oír; los ciegos, de ver y los muertos de volver a la vida. Así, el orgullo de este mundo fue convencido de que… no existe nada más poderoso que la humildad de Dios”.

¡Feliz Navidad! Que este tiempo podamos aceptar la magníficamente humilde invitación a acercarnos para ver al bebé de Belén con los ojos de un niño, para así comprender cuan humilde es el Amor que nos ha salvado.

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Noroeste Católico – Diciembre 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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