No jueces, sino discípulos

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Los cristianos no podemos acercarnos a las enseñanzas de Jesús como algo con lo que estamos o no de acuerdo

Varios amigos sacerdotes en Arkansas, cuando se burlan de sí mismos por establecer un punto evidente, citan al predicador ficticio que le gustaba decir, “Jesús dijo, y yo tiendo a estar de acuerdo ...”

Es una buena frase. ¡Como si un predicador pudiera convertirse él mismo en juez de las enseñanzas de Jesús!

Esta frase me da risa, pero al igual me hace pensar. Me pregunto si en algún momento nosotros, los cristianos, nos enfocamos en las enseñanzas de Jesús como algo en lo que estamos o no de acuerdo, como si fuera una de tantas filosofías simples de vida que podemos escoger dependiendo y de acuerdo con nuestras sensibilidades.

La actual tendencia de dar el mismo valor a todas las ideas y opiniones tiene un sutil pero devastador efecto en la vida cristiana. Esto nos seduce a pensar que no hay una verdad absoluta. Si nosotros pensamos que no hay una verdad absoluta, nunca creeremos que Jesús es el Hijo de Dios y salvador del mundo. En consonancia con las tendencias modernas, puede ser que juzguemos ciertas enseñanzas cristianas como admirables, aceptables, razonables y hasta atractivas. Pero incluso una evaluación positiva de las enseñanzas de Jesús aún puede estar muy lejos de realmente ser un discípulo.

No una filosofía, sino la Verdad

La misión del Hijo de Dios no era la de enseñar una filosofía, sino revelar la verdad para que pudiéramos ser salvados. Él mismo es la verdad absoluta, Él es la completa revelación de Dios. Él dijo a Felipe: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.” (Juan 14,9) Pablo escribió a los Colosenses, “Él es la imagen del Dios invisible.” (Colosenses 1,15) Sus enseñanzas al igual que su misericordia, su amor, sus sanaciones, sus desafíos y sus milagros revelaron la verdad. La revelación de la verdad en Jesús llegó a su clímax al entregarse en su muerte, resurrección, ascensión y al enviar su Espíritu Santo. Él nos llama a escuchar, creer y vivir la verdad para que podamos entenderlo y amarlo, a fin de que a través de Él podamos obtener la vida eterna a la que estamos destinados. Nunca nos conoceremos a menos que nos veamos a la luz de su verdad.

Tengo la sospecha de que, si analizáramos nuestras opiniones bajo la luz del evangelio, encontraríamos algunas que no “concuerdan” con Jesús. Aun así, nos aferramos a esas opiniones, ignorando el evidente error. Consideramos que nuestras opiniones son superiores y dejamos el honesto autoexamen para otro día. Como si dijéramos, “Jesús dijo, pero yo tiendo a estar en desacuerdo …” Es inimaginable que un cristiano dijera tal cosa, pero quizá lo estemos haciendo más seguido de lo que nos gustaría admitir.

Si somos cristianos, no somos jueces de Jesús, sino discípulos de Jesús que lo aceptamos como la verdad que ilumina todos los aspectos de nuestras vidas. Para el cristiano, no puede haber rincones ocultos de vida que no le pertenezcan a Jesús, los cuales no estamos dispuestos a entregarle a Él. No puede haber una opinión o idea, que no estemos dispuestos a examinar — y cambiar si es necesario — a la luz del Evangelio.

Rindiéndonos ante Jesús

Nadie puede negar que no es fácil ser discípulo de Jesús, entender todas sus enseñanzas y morir a nosotros mismos cuando Él nos llama hacerlo. Rendirnos a Él es todo un proceso de vida, a través del cual somos probados, estirados, moldeados y desafiados. Si inconscientemente nos establecemos como sus jueces, ignorando la verdad que él ha revelado o permitiéndonos estar en desacuerdo con Él, nunca lo conoceremos y nunca encontraremos la paz y la realización en Él.

Me parece que una de las caídas más serias de la cultura moderna es su falta de humildad. La cultura moderna se ha establecido como el único juez competente de todas las cosas, las suposiciones son: 1) que como científicamente conocemos más ahora que en el pasado, ahora por lo tanto conocemos mejor; y 2) que los asuntos de fe son de alguna manera menos “reales” que el conocimiento científico. Equivocadamente asumimos que el conocimiento científico nos da un tipo de superioridad. Estamos acostumbrados a ser el juez: “Pruébalo”. “Convénceme”. “Estoy de acuerdo con eso”. “No estoy de acuerdo con eso”. Tales expectativas y juicios tienen su lugar, pero no en nuestra relación con Dios. Esto puede ser nada más que manifestaciones externas de un ego inflado, orgullo, corazones duros y miedo.

La fe en Dios exige admitir humildemente que no somos dioses, ni jueces, ni el principio y mucho menos el todo. La fe en Dios exige que humildemente rindamos nuestras vidas a Él, que es la verdad. La fe en Dios exige que aceptemos su manera como la única forma para la cual fuimos creados. La fe en Dios nos llama no a la conveniencia sino a la conversión.

La humildad es el azadón que suaviza nuestros corazones, para que la palabra y verdad de Dios, pueda echar raíces en nosotros. La humildad es en realidad una forma de valor que nos permite entregarle a Dios cualquier opinión, idea o comportamiento que no concuerde con la verdad. Todos tememos al cambio, pero el tipo de cambio al que Jesús nos llama nunca nos decepciona.

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Noroeste Católico – Marzo 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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