Nuestros difuntos están a salvo en las manos amorosas de Dios

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Estos días de noviembre, al mirar por la ventana y andar por las calles mirando las hojas caer teniendo por fondo un cielo húmedo y gris, la Iglesia nos recuerda que los cristianos estamos llenos de esperanza. ¿Por qué, cuando parece ser una temporada sombría, estamos llenos de esperanza? Porque nunca estamos solos.

El clima sombrío puede afectar nuestro humor. ¡Y un corazón sombrío puede afectar la forma como apreciamos el clima! Si uno es susceptible a sentirse solo, un cielo gris puede aumentar el sentimiento de soledad. Si uno está de luto por la pérdida de una persona amada, sin importar hace cuánto tiempo haya muerto, un cielo nublado puede hundir el corazón y llevarse preciosos recuerdos de su capacidad para darnos alegría.

Pero la Iglesia nos proclama desde el primer día de noviembre que siempre estamos rodeados por los santos y ángeles, quienes nos animan en nuestro andar hacia el Señor, dándonos un ejemplo que nos inspira y rogando por nosotros.

En el libro La Oración en Práctica, el padre dominico Simon Tugwell escribe:

Desde este valle de lágrimas, ya podemos comenzar a gozar las riquezas del cielo; una gran nube de testigos nos rodea y apoya y así podemos sobrellevar correr nuestra carrera con resistencia y sin perder el entusiasmo. Y aun si perdemos el entusiasmo, ellos no lo pierden; aun si el terror nos invade, a ellos no los invade; aun si el dolor nos quiebra, a ellos no los quiebra; … somos uno con ellos en Cristo, miembros entre nosotros.

Porque los santos ven a Dios en su plenitud, ellos saben que no hay razón para temer. Ellos ven directamente, nosotros vemos con nuestros ojos. A pesar de que nuestras emociones y las pruebas de la vida a veces nos hacen sentir incómodos o dudosos, no es igual con ellos. Ellos nos sostienen cuando tambaleamos, nos levantan en la oración cuando nos quedamos sin palabras.

Noviembre es también el mes en que recordamos a nuestros amados difuntos. La Iglesia, aun cuando proclama el gozo y la esperanza de la Resurrección, sabe cómo dolerse y nos da consuelo en nuestra celebración del Día de los Fieles Difuntos. ¿Quién no lloraría la pérdida de los que amamos? Cuando el amor es profundo, profundo es el dolor. Mientras recordamos y oramos por nuestros amados difuntos, reconocemos que se encuentran a salvo en las manos amorosas de Dios.

Nuestros amados, quienes, por el amor providente de Dios, están pasando por la purificación en preparación para verlo cara a cara, ¡también ruegan por nosotros! Ellos saben que estamos de camino al cielo, y por cualquier medio que Dios los elija para prepararlos, ellos están llenos de esperanza. Ellos quieren que también nosotros estemos llenos de esperanza.

El Papa Emérito Benedicto XVI dijo alguna vez:

El purgatorio en esencia significa que Dios puede juntar las piezas de nuevo. Que puede limpiarnos en tal forma que seamos capaces de estar con él y permanecer allí en la plenitud de la vida. El purgatorio arranca de una persona aquello que es insoportable y de otra la incapacidad de soportar ciertas cosas, para que en cada uno, un corazón puro sea revelado y podamos ver que todo pertenece en conjunto a una enorme sinfonía del ser.

Nuestros corazones afligidos nos dicen de nuestros amados que han muerto, “¡Estamos juntos!" Y Dios nos dice en respuesta, “¡Así es!, todos ustedes han sido creados para estar junto a mí por siempre. Mi gracia actúa en esta separación temporal, en esta grande y misteriosa ‘sinfonía del ser’. Ten paz y sabe que quienes amas, están a salvo conmigo”.

Recordando la costumbre de visitar los sepulcros de las personas amadas el Día de los Fieles Difuntos, el Papa Francisco dijo:

Como sugiere el mundo, [un cementerio] es el “lugar de descanso” mientras esperamos el despertar definitivo. Es lindo pensar que será Jesús quien nos despierte. … Con esta fe, nos detenemos — aunque sea espiritualmente — ante las tumbas de nuestras personas amadas, de aquellas que nos han amado y que han hecho obras buenas para nosotros. Pero hoy somos llamados a recordar a cada uno … incluso de quienes nadie se acuerda. Recordamos a las víctimas de la guerra y la violencia; a tantos “pequeños” del mundo oprimidos por el hambre y la pobreza. Recordamos a las personas anónimas que yacen en fosas comunes. Recordamos a nuestros hermanos y hermanas que murieron por ser cristianas; y a aquellas que sacrificaron sus vidas para servir a los demás. Encomendamos especialmente al Señor a aquellos que nos dejaron el año pasado.

Esta “plegaria del recuerdo” es una expresión del hecho de que somos uno en Cristo, el Buen Pastor, que siempre nos congrega en la Iglesia y nos prepara para la comunión final y perfecta. Nuestra aparente separación de nuestros amados es solo temporal y la comunión final a la que estamos destinados será algo más allá de nuestra capacidad de imaginación. Nosotros y ellos estaremos juntos — en Dios — y cada esperanza será cumplida.

Permitamos que los cielos grises de este mes nos conduzcan a una reflexión callada y agradecida sobre nuestras bendiciones, los ojos amorosos que han pasado por nuestra vida y todavía nos rodean, y el Dios que está más cerca de nosotros que nosotros mismos, que siempre está esperando con los brazos abiertos para elevarnos y llevarnos dentro de su corazón en un abrazo amoroso.

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Noroeste Católico – noviembre 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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