Poner nuestros tesoros a los pies de Jesús

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Los enfermos mentales también son imagen de Dios

Seguramente se han fijado que al final de mi artículo cada mes en Noroeste Católico invito a todos a enviarme sus intenciones de oración. Uno de mis privilegios y responsabilidades como arzobispo es orar por ustedes. Desde que llegué al Oeste de Washington hace poco más de cinco años, he recibido miles de peticiones que pongo en una caja a los pies del tabernáculo en la capilla de mi casa.

Desde mi ordenación episcopal hace 16 años, disfruto recibir y orar por esas intenciones, porque me hacen estar cerca de ustedes y sus preocupaciones. Me permiten entrar a sus vidas de forma más íntima. A través de los años, las peticiones se han diversificado enormemente: sabiduría para tomar una decisión; sanación para una situación de familia; hijos que han abandonado la fe; parejas que desean concebir un hijo; paz de mente y corazón para un sinnúmero de situaciones; consuelo en tiempos de duelo; paz en la propia comunidad; detener la violencia en el barrio; el bienestar de un hijo o nieto del que no han sabido nada por años; encontrar trabajo.

Frecuentemente, sus peticiones muestran gran sufrimiento por algún ser querido que padece alguna enfermedad mental. Al leer estas peticiones, percibo de inmediato el amor que tienen por lo que están sufriendo, y su anhelo de sanación y comprensión de parte de los amigos, parroquianos y hasta de los extraños con quienes se cruzan en el centro comercial. Las enfermedades mentales no solo traen un profundo dolor a los que las padecen y a sus familiares; también conllevan aislamiento cuando los amigos no encuentran qué decir o cómo ayudar.

Una cosa es cierta: Sus amigos y familiares que padecen alguna enfermedad mental son sus tesoros. Precisamente porque los aman, precisamente porque son parte suya, porque ven su dignidad humana, es que anhelan su sanación, comprensión y aceptación.

Sn. Lucas en los Hechos de los Apóstoles cuenta que al inicio de la Iglesia “No había entre ellos ningún necesitado, porque los que eran dueños de campos o casas los vendían, llevaban el precio de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se repartía a cada uno según sus necesidades.” (Hechos 4,34) Lucas señala a un tal Bernabé, quien vendió alguna propiedad “trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles”. (Hechos 4,36-37)

La costumbre de vender bienes materiales a favor de los pobres empezó desde el ministerio de Jesús, como respuesta directa a sus enseñanzas. Sn. Lucas nos dice que el producto de esas ventas era “puesto a los pies de los apóstoles”, porque desde antes ya la gente traía sus tesoros y los ponían a los pies de Jesús. Pero, ¿cuáles eran los tesoros traídos ante Jesús?

“Y cuando Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron ante él y él los curó; de tal modo que se maravillaba la multitud oyendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.” (Mateo 15,29-31)

Los tesoros de las personas eran sus seres queridos sufrientes. La gente sabía que el Señor no los rechazaría, o los miraría con recelo, sino que los miraría inmediatamente como los hijos e hijas de su Padre, para los que fue enviado; y los abrazaría y sanaría. Estos tesoros enfermos eran traídos ante el Señor como ofrendas de amor y confianza.

En los últimos años hemos visto estos gestos conmovedores por parte de los papas Francisco, Benedicto, y Sn. Juan Pablo II. Con los ojos y el corazón de Jesús, han manifestado el amor del Señor y nos han mostrado cómo acoger al enfermo, inclusive a los enfermos mentales.

Sn. Juan Pablo II dijo a los participantes de la Conferencia Internacional de los Trabajadores de la Salud que “quienquiera que padece una enfermedad mental lleva la imagen y el rostro de Dios en ellos, como cada ser humano. Además, merecen ser tratados con los derechos inalienables de toda persona”. Esto se aplica no solo a las actitudes cristianas en el cuidado de los sufrientes sino también a la obligación de los gobiernos a proveer el tratamiento adecuado para estos enfermos”.

Habiendo recibido, amado y sanado los tesoros que le eran traídos, el Señor Jesús no los dejaba nunca más. De hecho, abrazando todo sufrimiento humano, también el sufrimiento mental, lo llevó hasta la cruz. Por eso ustedes y yo podemos poner confiadamente nuestros tesoros a sus pies.

Se han hecho muchos avances en el tratamiento de las enfermedades mentales, pero queda aún mucho por hacer. Muchos de nuestros desamparados y prisioneros están en esas condiciones a causa de enfermedades mentales y no estarían ahí si mejores tratamientos estuvieran disponibles para ellos. Debemos recordar a nuestros legisladores de presupuestar adecuadamente para el cuidado de estos hermanos reconociendo el valor y la dignidad de estos enfermos.

Y nosotros, sus hermanos en Cristo, tenemos que atenderlos tanto como podamos, con amor y compasión, con comprensión y aceptación, de modo práctico y atento. Ellos también tienen dones que poner a los pies del Señor. El Señor no solo los atesora a ellos y sus dones, sino que la Iglesia no está completa sin ellos.

Noroeste Católico – mayo 2016

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

Website: www.seattlearchdiocese.org