Preservando nuestra ‘primera libertad’

Foto: Sir Thomas More, Hans Holbein the Younger, Wikipedia Foto: Sir Thomas More, Hans Holbein the Younger, Wikipedia

Los católicos debemos permanecer firmes en pro de la libertad religiosa

Como lord canciller de Inglaterra en el siglo XVI, Tomás Moro tenía una relación particularmente cercana con Enrique VIII, quien lo admiraba y se apoyaba en él. La fe de Moro, sus valores, intelecto, educación y conciencia lo habían convertido en un hombre íntegro que influenciaba de forma positiva — y por ello útil — al rey. Pero Moro no era un títere y cuando el rey le exigió hacer algo que consideró falto de ética, le respondió con las palabras “no puedo hacerlo”.

Moro pasó los últimos 15 meses de su vida encarcelado en la Torre de Londres por rehusarse a sancionar el divorcio de Enrique de la Reina Catalina de Aragón y por rehusarse a hacer el Juramento de Sucesión. Solo, en la torre del campanario, se le permitían con poca frecuencia, breves y dolorosas visitas de su familia. Se le fueron retirando poco a poco incluso los libros que amaba leer. La soledad de esos 15 meses debió ser una tortura para este activo hombre de familia, de profunda fe y de convicción.

Fe y conciencia

Moro convirtió su prisión en una celda de oración. Solo en la torre escribió oraciones y meditaciones sobre la fe. Se encontró atado a la cruz debido a su fe y su conciencia y le pedía a Dios que lo ayudara a permanecer fiel. En medio de las encarnizadas contiendas políticas y la complicada semántica legal de la Inglaterra del siglo XVI, Moro llegó a darse cuenta de que la única solución era nunca ceder la cruz. Él se aferraría a la cruz porque al hacerlo, se aferraba a Jesús.

Moro comparte su fiesta el 22 de junio con Sn. Juan Fisher. Los dos fueron decapitados en 1535, Fisher el 22 de junio y Moro el 6 de julio. Fisher, obispo de Rochester, también se había resistido a la presión del rey de aprobar su divorcio y se rehusó a firmar el Acta de Supremacía de Enrique. Fue encarcelado dos veces por su resistencia y su ejecución ocurrió tras 10 meses difíciles en la Torre de Londres.

Desde la prisión, Moro escribió a su hija Margarita:

No he de desconfiar en él [Dios], Magos, a pesar de sentirme debilitado y al borde de sucumbir al miedo. He de recordar cómo Sn. Pedro comenzó a hundirse con una ráfaga de viento por su falta de fe y debo yo hacer lo mismo: llamar a Cristo y pedir su auxilio. Y entonces confiar que habrá de sostenerme con su santa mano y evitar que me ahoguen las aguas tormentosas.

Y si me permite representar a Sn. Pedro aún más y caer al suelo jurando y maldiciendo [negando a Cristo], que Dios nuestro Señor, en su tierna misericordia, ¡me guarde de esto y de dejarme suelto de esta manera! Y si aún esto sucediera, confío en que después en su bondad me mirará con misericordia

como hizo con Sn. Pedro y me pondrá de pie para confesar la verdad de mi conciencia nueva y soportar ahí la vergüenza y el daño de mi propia falta.

Moro y Fisher se rehusaron a obrar en contra de su fe y su conciencia y acabaron pagando el precio. Se cuentan entre los que recordamos durante la Semana de la Libertad Religiosa del 22 al 29 de junio, promovida por los obispos de Estados Unidos. Tristemente, vivimos en un tiempo en que nuestra atesorada libertad religiosa — nuestra “primera libertad” — se encuentra en serio peligro. Yo temo que con frecuencia muchos católicos en Estados Unidos ignoran esta amenaza a nuestra práctica de la fe.

De capital importancia entre las libertades por las que nuestros predecesores estadounidenses pelearon, es la libertad religiosa. Eventos recientes aquí y en el extranjero nos han convencido de la necesidad de subrayar “nuestra primera y más preciada libertad” y hacer un llamado a los fieles católicos a reflexionar sobre ella y hacer todo lo posible por salvaguardarla.

Un derecho humano fundamental

La Primera Enmienda garantiza a la vez que nunca habrá una religión oficial en este país y protege el derecho divino de cada ciudadano de profesar su religión con libertad, de forma plena y con respeto. Este derecho humano fundamental tiene muchas implicaciones y este año nuestro tema es “Servir a los Demás en el Amor de Dios”. La libertad religiosa es crucial si los católicos queremos continuar sirviendo de acuerdo a nuestra fe en áreas como la educación, la adopción, la acogida de niños, la salud, la migración y el servicio a los refugiados.

No obstante, la amenaza a la libertad religiosa existe en muchas partes del mundo. Junto al Papa Francisco, los obispos queremos también llamar la atención hacia todos aquellos que pasan por sufrimientos inenarrables mientras su derecho a la libertad religiosa es negado o salvajemente atacado. El mundo tiende a mirar a Estados Unidos para enarbolar y salvaguardar el elevado valor de la libertad religiosa, derecho descrito de forma magnífica en un documento innovador del Vaticano II, Dignitatis Humanae. El sacerdote jesuita estadounidense, John Courtney Murray, tuvo gran influencia en el desarrollo de este documento.

La Semana de la Libertad Religiosa nos da la oportunidad de reflexionar sobre un aspecto preciado de nuestra herencia estadounidense, las amenazas a la libertad religiosa en casa y en el extranjero, el heroísmo y la santidad de quienes nunca actuarían en contra de su fe en Dios y todo lo que implica.

Los fieles católicos tenemos todo el derecho a sentirnos orgullosos de nuestra herencia estadounidense, todo derecho a ser patriotas. Sto. Tomás Moro amó su país y amaba al rey. Pero citando las célebres últimas palabras de Moro, decimos en nuestros días que también nosotros “somos buenos servidores del rey, pero Dios está primero”.

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Noroeste Católico – Junio 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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