Que el desaliento no te paralice

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Dios sabe que somos débiles y quiere fortalecernos

El desaliento es enemigo del discipulado.

Hay ocasiones en la vida de todo cristiano en que nos enfrentamos cara a cara con nuestra humana fragilidad, nuestra incapacidad de actuar como debiéramos, nuestra incompletitud, el no cumplir expectativas, nuestra falta de comprensión, nuestra infidelidad a Cristo, nuestro dolor, nuestro enojo, nuestra falta de progreso, nuestra incapacidad para orar como quisiéramos y la superficialidad de nuestra fe. Y esto es solo la punta del iceberg.

Todo cristiano enfrenta también la decepción causada por los demás o por el mundo mismo (ellos no actuaron como debieron, ellos no cumplieron nuestras expectativas). La vida de por sí puede ser frustrante y, por mucho que intentemos, somos incapaces de cambiar a los demás o las circunstancias que nos rodean. ¿Por qué no son las cosas distintas? nos preguntamos. Pero, en el fondo reconocemos, tal vez para nuestra sorpresa, que las cosas son como son.

Sin duda, cualquiera de las situaciones que he mencionado, en especial el pecado, pueden por sí mismas ser obstáculos para vivir como auténticos discípulos. No obstante, es bueno reconocer que el desaliento causado por ellas puede ser el mayor obstáculo de todos. Siempre debemos ser cautelosos con el desaliento.

Cuando el fracaso me desanima — el mío o el de alguien más — y permito que el desaliento me paralice o me tiente a darme por vencido, sin querer estoy asumiendo que soy alguien distinto a quien soy en realidad. Soy un hijo de Dios necesitado de su gracia redentora, no un gobernante autosuficiente de mi propio universo. Pese a no parecerlo, cuando dejo que el desaliento se apodere de mí, sin querer estoy asumiendo que yo debería ser capaz de hacer todo por mí mismo, que yo debería de ser capaz de repararme, que el fracaso nunca sucedería si me tomara en serio ser cristiano, que yo debería ser capaz de hacerlo todo sin la ayuda de nadie inclusive (y esta es la parte más peligrosa) sin la ayuda de Dios. Como menciono, asumimos estas cosas sin querer y toma unos momentos de reflexión orante reconocerlas por lo que son en verdad.

El comienzo del desaliento es una gran oportunidad para comprender la gracia de Dios y su misericordia. No corresponde a nuestra naturaleza ser autosuficientes. Somos plenos solo cuando permitimos que Dios trabaje en nosotros, porque Él es la vida misma. Así como no nos creamos a nosotros mismos, no podemos volver a crearnos, perdonar nuestros propios pecados o repararnos a nosotros mismos. Esa es tarea de Dios y Él está más que ansioso de proveernos de todo lo que necesitamos — y más — incluyendo la gracia de aferrarnos hacia Él cuando nos confrontamos con nuestra debilidad y con el quebrantamiento del mundo.

Dios sabe que somos débiles y quiere fortalecernos. “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. … Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. (Mateo 9,12-13)

Nuestras fallas y pecados, así como los de los demás, pueden dejarnos cicatrices. Los duros embates de la vida dejan nuestras manos callosas, las heridas que se nos infligen en los caminos de la vida diaria nos dejan cojeando y la preocupación por nuestra familia y nuestros amigos nos dejan arrugas en el rostro. Pero estas son oportunidades para dejar a Dios ser nuestra fuerza, nuestra sanación y nuestra esperanza. Él nos recuerda que no pongamos la esperanza en nosotros, sino en Él, porque nunca nos abandonará, aun si hemos fallado miserablemente. Como el Buen Samaritano, Él venda nuestras heridas y nos hace plenos. Nos perdona, nos ama y nos envía a continuar nuestro camino.

Sto. Tomás de Aquino escribió un hermoso comentario a las palabras de Jesús, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Él nos motiva a permanecer siempre en el camino que es Jesús, incluso si nos sentimos tentados por cualquier motivo a abandonarlo:

“Si entonces, estás buscando el camino por el cual seguir, toma a Cristo, porque Él mismo es el camino… Es mejor cojear a lo largo del camino que avanzar con firmeza alejándonos del camino. Porque quien cojea por el camino, aun cuando su progreso es poco, llega al final de la senda; pero quien está apartado del camino, mientras más rápido corre, más se aleja de su meta”.

Tal vez queremos correr cuando debiéramos caminar. Quizás saltamos fuera del camino porque creemos que sabemos una mejor ruta o un atajo. Es posible que permitimos que la vergüenza pública de que nuestra cojera nos detenga en nuestra vía.

Pero, Dios ama a los cojos, frágiles y fracturados que son dueños de sus defectos, porque en ellos Él encuentra vasos receptivos a su gracia.

El desaliento no ayuda, no es necesario y es riesgoso. Es uno de los trucos de Satanás para hacernos tropezar y sacarnos de camino. Huye del desaliento y espera en el Señor.

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Noroeste Católico – Julio/Agosto 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

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