Sé un ‘rayito de luz’ en la vida de los demás  

Foto: Courtesy Archbishop Sartain Foto: Courtesy Archbishop Sartain

La casa en que vivo fue construida en 1902 en el barrio de Seattle llamado “First Hill”. Tengo una fotografía de la casa en sus primeros días que revela que mi residencia era una de muchas en lo que antes fue un barrio residencial.

Sin embargo, en 2017 First Hill no se parece en nada al barrio original. Por tres costados estoy rodeado de edificios altos de departamentos y en un cuarto lado por la sala de emergencias de un hospital. Habiendo vivido en medio de la ciudad y en otros lugares urbanos, el ruido del tráfico y de las sirenas no me molesta en lo absoluto. Lo que sí me molesta es que esos edificios altos bloquean toda la luz que pasa a través de mis ventanas.

De vez en cuando, solo en algunos días soleados del año y en ciertos momentos del día, en ciertas ventanas un vivo rayito de luz inunda mi hogar. En aquellos momentos me fascina ver qué objeto se ilumina con el enfoque como de un láser del rayito de sol. Al escribir este artículo, mientras llega temprano el amanecer en First Hill de Seattle, un rayo de luz encuentra su lugar atravesando un pequeño vitral en el lado este de mi capilla y resplandece brillantemente sobre un icono de Sn. José. Cada vez que esto sucede, es como si Sn. José me estuviera recordando que me está cuidando, un padre cuidando al otro.

En otra temporada del año, ¡la luz entra a través de la ventana en el lado norte de la casa dentro de la alacena! Ese rayo ilumina una cruz sencilla que me dio el movimiento de Cursillos cuando apenas llegué a Seattle. Cuando se acerca el invierno, el sol de la tarde alcanza una ventana al lado oeste de la casa e ilumina una chimenea en la entrada.

Si por casualidad tengo mi iPhone en esos momentos, tomo una foto para grabar lo que el sol escogió ese día, en ese tiempo del año, en un parpadeo. Mis fotos son las de un aficionado, por decir lo menos, pero capturan cómo el sol jugó con el vitral, o las persianas o las cortinas medias abiertas, para llegar a su destino.

Hace dos años durante una tarde en tiempos de Navidad, radiantemente pasando más allá de mi chimenea, un brillante sol de invierno se enfocó por un instante en un pequeño muñeco de nieve que canta “Jingle Bells” con su perro aullante. Afortunadamente, tenía mi iPhone y tomé una foto. Tenía buena razón para capturar el momento, porque reavivó un recuerdo de una maravillosa secretaria que me regaló el muñeco hace 20 años.

Como todas las secretarias de escuela, Betty era como la madre de todos los niños en ella, la consejera de todas las madres en la escuela y la confidente de todos los maestros. Después de descubrir el gran humor de Betty, yo le hacía bromas sin cesar. Un año que se me olvidó su cumpleaños, corrí a la farmacia esa noche y encontré una vaca de peluche que cantaba una canción. Entré en su oficina y puse la vaca sobre su escritorio, lleno de disculpas por haber olvidado su cumpleaños. Fue así como mi olvido se convirtió en una tradición de intercambiar regalos en su cumpleaños o el mío. El último regalo de Navidad que Betty me dio fue el dúo del muñeco de nieve y su perro.

Betty murió de cáncer dos años después de mudarme. Pude regresar para su funeral. Una iglesia llena celebraba su fe, su amabilidad, sus habilidades especiales, y su humor. El muñeco de nieve y su perro me han acompañado a tres diócesis, y la tarde en la que el sol los encontró al pie de mi chimenea, me hizo recordar la gran bendición que Betty fue para nosotros, un rayo de luz genuino ella misma. Enmarqué mi foto sencilla y se la envié a su madre como regalo de Navidad.

En donde sea que vivamos, en temporada y fuera de temporada, en días soleados y oscuros, estamos rodeados de la Luz del Mundo, brillando a través de personas cariñosas a cada paso en la vida. Ellos son la luz de Cristo en vivo y nos inspiran a ser lo mismo. La poetiza Rita Simmonds lo expresa hermosamente en su poema de Navidad llamado “Admitancia”.

El pesebre ha llegado
a nuestros pastos
a nuestros santuarios
la esquina de Navidad en nuestras vidas.
Dios ha encontrado albergue
en medio de terreno febril e inhospedable
y pide calidez y bienvenida
para sacudir la oscuridad de la cueva.
Pero hay demasiadas ensenadas escondidas
donde el cordero recibe al lobo,
la vaca muge con el oso,
el león recoge paja,
el cachorro y becerro ruedan y ladran,
los niños se asoman y juegan.
Si solo pudiéramos admitir un rayito de luz,
nuestros ojos verían un día diferente.

No necesita ser Navidad para que cada uno de nosotros sea un rayito de luz en la vida de los demás. Un pequeño gesto de amabilidad, una palabra de aliento, un intento de reconciliación o una nota de condolencia puede avivar el espíritu del otro. Además, “si solo pudiéramos admitir un rayito de luz”, veríamos a Cristo mismo brillando amorosamente sobre nosotros a través de otros (¡incluso a través de un muñeco de nieve y su perro aullante!). “Si solo pudiéramos admitir un rayito de luz”, pronto descubriríamos que los “días oscuros” no son del todo oscuros.

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Noroeste Católico – septiembre 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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