Siempre podemos tener esperanza por nuestros ‘perdidos’

Foto: Rembrandt, The Return of the Prodigal Son Foto: Rembrandt, The Return of the Prodigal Son

Nunca están fuera del alcance de la misericordia de Dios. Jamás.

La mayoría de nosotros no sabe lo que es dolerse por alguien que está “perdido”. Una hija o amigo que han roto con la familia; un hijo o vecino que ha vuelto la espalda a la Iglesia; alguien que amamos que ha emprendido un camino de autodestrucción. Nosotros alentamos, instruimos, insistimos y oramos, sin resultado aparente. Nuestro corazón se duele.

La Cuaresma es el tiempo perfecto para abandonar a estas personas amadas en Dios, al tiempo que reflexionamos en nuestro propio arrepentimiento y conversión; porque, así como Dios nos atrae hacía Él, también a ellos los espera con paciencia, nunca dándose por vencido. Porque, ante sus ojos, cada uno tiene un gran valor.

En uno de los domingos de Cuaresma escuchamos la parábola del hijo pródigo, que en el Evangelio de Lucas (15) es el clímax de las tres parábolas de las “cosas” perdidas. Fijándonos en el contexto en que Jesús las pronuncia nos ayuda a comprender a dónde se dirige y nos da esperanza por nuestros propios perdidos.

Lucas 15 inicia con el descontento elevado de los escribas y fariseos que han observado a Jesús pasando el tiempo con recaudadores de impuestos y pecadores. “Este acoge a los pecadores y come con ellos”, murmuraban. En lo que a ellos concierne, esta es prueba suficiente de su iniquidad. Jesús responde con parábolas para explicar lo que hace y por qué.

Una sola oveja es extraviada mientras las otras 99 permanecen, pero el pastor va en busca de aquella perdida. Una mujer tiene 10 monedas de plata y pierde solo una, pero voltea la casa bocarriba hasta que la encuentra. En ambos casos, el resultado es un gran regocijo al encontrar lo que se había perdido; amigos y vecinos son llamados para compartir el gozo.

Casi pareciera que el regocijo es desproporcionado al hallazgo. ¿Valía la pena en verdad poner en riesgo la seguridad de 99 ovejas para ir en búsqueda frenética de una desbalagada? Y si nueve de 10 monedas están a salvo en un bote de galletas, ¿vale la pena perder una noche entera de sueño para recuperar solo el 10 porciento? ¿Por qué no cortar amarras y continuar?

Las primeras dos parábolas son acerca de posesiones perdidas, un animal y una moneda. Lucas las emplea para introducir la parábola principal de Jesús acerca de un alma extraviada. Un joven se hace de su herencia mientras su padre aún está vivo, lo malgasta de inmediato y de pronto se encuentra sin techo, reducido a cuidar de los cerdos. La situación se pone tan mal, está tan hambriento, que se comería el alimento de los cerdos; pero nadie en esa tierra lejana mueve un dedo por darle nada. Es así cuan poco les importa su predicamento.

Pero el padre no ha olvidado a su hijo que se ha marchado. Su corazón se duele tanto por él, que literalmente le ha volteado la espalda (y lo haría de nuevo con gusto), que desde la entrada de su casa fija la mirada rastreando los montes para ver si hay algún rastro del perdido. Cualquier rastro en lo absoluto.

Cuando finalmente vislumbra al fugitivo, se echa a correr para abrazarlo y acompañarlo a casa. Como en las otras dos parábolas, el gozo resulta extravagante porque se ha encontrado lo que se había perdido. El padre organiza un festín fuera de proporción para su hijo delincuente. Esto no tiene sentido para algunos, pero para el padre tiene perfecto sentido. Su hijo no solo se había marchado, había muerto y ahora está vivo de nuevo. “Deben” celebrar y regocijarse.

¡Jesús “debe” comer con los recaudadores de impuestos y los pecadores! Para algunos resultaban personajes rancios, indecorosos e inicuos; pero para Jesús, ellos eran la oveja sin pastor. ¿No había sido enviado por el Padre para encontrarlos? ¿Cómo no podría estar feliz de que por fin se enfrentaran a sus heridas y distorsiones, de que lamentaran las sendas oscuras que habían tomado, aun si sus razones para arrepentirse no fueran puras todavía? ¿Cómo no se iba a regocijar y a invitarlos a unirse a la celebración? Él había sido enviado para traerlos a casa.

Nosotros vivimos en la casa de un Padre que nunca rompe sus lazos y continúa con lo que le quede, porque cada uno de nosotros tiene un valor incomparable para Él. Cada uno es irremplazable ante sus ojos. Nunca cesa de buscar a los que están perdidos. Cualquier padre sabe cómo debe sentirse.

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Noroeste Católico – Marzo 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

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