Campo de estrellas

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Iglesia peregrine

Recientemente tuve la oportunidad de peregrinar por una de las tradicionales rutas hacia Compostela, España. Treinta días de intensa caminata hacia la tumba del apóstol Santiago, cuyo nombre honra nuestra Catedral en Seattle.

Contemplando el cielo estrellado una madrugada al salir del albergue donde pasé la noche en uno de los bellos pueblitos de Galicia, intenté infructuosamente (por mi crasa ignorancia de astronomía) identificar lo que la mitología griega y después los romanos denominaron por su apariencia hace siglos como Via lactea (camino de leche). Esta constelación sirvió por muchos años como mapa celestial a miles de hombres y mujeres en su caminar hacia la costa norte de la península ibérica conocida hasta entonces como Finis terrae (el final de la tierra).

Mi motivación por ser un auténtico peregrino cristiano meditando en el celo evangelizador de James= Iacobus=Iago=San-Iago=Santiago, me hizo orar muchas horas al ir caminando. Medité, agradecí, y alabé a Dios por inflamar los corazones de tantos hombres y mujeres como Santiago que tomaron al pie de la letra el mensaje del maestro Jesús, “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura”. (Marcos 16,15)

La historia devocional de ese lugar traduce el nombre de “Compostela” como “Campo de estrellas” porque la tradición cuenta que el lugar donde se encontraron los restos de Santiago brillaba como un campo de estrellas.

Al ir meditando por todas esas largas y sinuosas veredas gallegas, se me ocurrió pensar que el “campo de estrellas” es la Iglesia peregrina en esta tierra. La Iglesia tiene toda una constelación de estrellas, que yo me atrevería a comparar con la renombrada Vía Láctea, que en mi ignorancia de la bóveda celeste no logré localizar.

Gracias a la investigación científica de profesionales astrónomos, sabemos que las estrellas brillan porque están incandescentes. Unas son enormes y están más próximas a nuestra Tierra y por eso gozamos de su hermoso fulgor. Otras son muy pequeñas o están muy distantes y por eso apenas percibimos su brillo. Tenemos estrellas fugaces que cruzan nuestro cielo por muy breve tiempo y desaparecen. Muchas más ya se extinguieron hace siglos pero su resplandor nos está llegando hoy desde el espacio cruzando el oscuro cosmos.

En mis meditaciones pensé que todos somos estrellas incandescentes, pues la llama de nuestra existencia bulle en nuestro interior. Pero de manera especial, en nosotros los bautizados, esa flama recibió un nuevo brillo gracias al fuego del astro rey de nuestra constelación, Cristo Jesús.

En este bello campo de estrellas que es la Iglesia, tenemos unas que brillan intensamente iluminando a todos como la Virgen María, cuyo fuego es tan intenso que ha llegado y sigue llegando a través de los siglos hasta los confines de la tierra. Miles de mujeres y hombres santos son para nosotros esas brillantes estrellas que han establecido una clara vía que nos guía a las costas del cielo, al puerto seguro donde se encuentra la salvación. Esa constelación de peregrinos a lo largo de los siglos ha marcado con sus vidas un camino de leche pura que nos transmite la vida divina.

Algunos somos como estrellas distantes o pequeñas cuyo brillo apenas es notado. Otros astros aparecen fugazmente en nuestro cielo eclesial sin darnos mucha oportunidad de gozar su resplandor y se extinguen para siempre.

En el camino encontré hombres y mujeres de gran fe que me enriquecieron con su testimonio de auténticos peregrinos. Pude compartir con un hombre que empujaba sudoroso una carriola con su hija cuadripléjica sentada en ella mirando sonriente a su papá al transitar por aquellos ásperos parajes. Me conmovió profundamente ver a una joven mujer que guiaba del brazo a su madre ciega a través de aquellas colinas. No pude menos que alegrarme al ver a una religiosa de hábito negro, velo y mochila a la espalda que celebraba con aquella caminata sus bodas de plata de vida consagrada. Pude también charlar con una joven que caminaba al lado de su mamá y había decidido hacer el camino como preparación inmediata a su boda rogando al cielo a través del apóstol Santiago le diera sabiduría y fuerza en esa nueva etapa de su existencia humana y cristiana.

Encontré también muchos otros caminantes para los cuales aquellos centenares de kilómetros eran solo una aventura de camaradería o un reto de disciplina física como cualquier otro maratón en nuestros días.

En esas largas caminatas tuve mucho tiempo para pensar e imaginarme a Dios desde el cielo contemplando a su Iglesia como su “campo de estrellas”, su “Compostela terrenal”. Miles de caminantes llegan cada año hasta la tumba del apóstol a rogar por su intercesión ante el astro Rey Jesús para que su fuego no se extinga. Seguramente el fuego de Jesús reaviva la llama de miles de esas estrellas de su constelación, al acercársele para seguir iluminando los oscuros barrancos de esta tierra donde abundan aún el odio y la violencia.

Que tu fuego, Señor, arda en nuestros corazones para que tu Iglesia sea siempre tu Compostela, tu radiante campo de estrellas.

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2018

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx