Corazón indocumentado

Foto: CNS/Karen Callaway, Catholic New World Foto: CNS/Karen Callaway, Catholic New World

Obtener la ciudadanía plena de una nación universal más allá de los límites de la geografía política

Por decisión de Dios, el Dador de toda vida, nací en suelo mexicano. El corazón me ha hecho misionero indocumentado en cualquier lugar donde aún no me descubren como hermano. Seré extranjero en este mundo hasta el día en que el Creador de todo y de todos me reciba definitivamente en su corazón, de donde un día salí para comenzar a ser peregrino.

Me he pasado la vida tratando de aprender la lengua universal de la humanidad, balbuceando fraternidad, justicia, paz, libertad, dignidad, alegría y a estas alturas de mi vida todavía no logro comunicarme con claridad y soltura.

El largo proceso de ciudadanía

No he aprendido todavía a dominar las reglas de gramática inscritas en lo más profundo de esta raza humana en la que estoy inmerso. Continúo cometiendo faltas en la ortografía de mi existencia que no me permiten completar con cierto éxito siquiera la escuela básica de la vida. Quizá para cuando me encuentre listo, esté ya a punto de terminar mi jornada terrenal.

La fe de mis padres me regaló derechos de una patria más allá de los límites de la geografía política, que he ido poco a poco descubriendo, maravillado de sus riquezas. Ahí la lengua común es el amor y todos la hablamos con un cierto acento, de acuerdo a las destrezas de cada corazón.

Mi anhelo es obtener un día la ciudadanía plena de esa nación universal, pero necesito antes pasar el examen de humanidad hasta entender que cada hombre y cada mujer en este mundo tienen un origen común y un destino aún más común.

Tantos expertos en las leyes de esa patria (santos y santas) me han ido enseñando con sus vidas, los beneficios y deberes que otorga el pertenecer a esa tan atractivamente misteriosa nación sin fronteras. Millones de hombres y mujeres a lo largo de los siglos han ido construyendo esa gran nación. Ellos abrieron brechas de fraternidad donde solo existía agreste aislamiento. Ellos instalaron puentes de paz que me han permitido a mí y a tantos otros ir conociendo más de cerca a todos esos que parecían tan lejanamente “extraños”.

Esta dulce nación sin fronteras

El largo proceso de ciudadanía de esta inefable patria sin límites, nos obliga a los solicitantes a promover gozosamente las grandezas de la misma. Nos empuja a anunciar que esta patria tiene un vasto subsuelo de perdón capaz de liberar a incontables millones de oprimidos bajo el peso de sus errores. Nos compele a gritar que esta seductora nación tiene litorales inmensos de justicia tan profundos que extrae continuamente de sus abismos tesoros de dignidad humana hasta ese momento insospechados.

El fundador y máximo regidor de esta patria siempre nueva, Cristo Jesús, paga el precio de membrecía para todo aquél que lo solicite libremente y firma los documentos sin fecha de caducidad con la inagotable tinta roja que produce Su corazón.

A lo largo de los siglos, muchos millones de mujeres y hombres han logrado plena ciudadanía en esa feliz patria de misteriosa orografía, pero aún quedan muchos millones buscando entrar que ignoran las enormes facilidades ofrecidas.

Los que tenemos membrecía vigente, podemos facilitar que muchos más descubran esta patria y aceleren su pertenencia. El Fundador de esta dulce nación sin fronteras, Jesucristo, exige como único requisito de admisión, confiar en Su sabiduría que sabe dar a sus miembros lo que cada uno necesita para ser feliz, y que comuniquen esa misma confianza a otros posibles candidatos alrededor.

Todo tipo de nombres resaltan en la lista de ciudadanos de esta patria tan genuinamente diferente: Pedro, Juan, Tomás, Magdalena, Martha, Pablo, Ignacio, Francisco, Teresa, Catalina, Conchita y por supuesto la más prominente y feliz condecorada ciudadana, María.

Que sea esa misma María quien nos lleve a abandonarnos confiadamente en el amoroso Fundador de esa gran nación de santos y firme en nuestro corazón el documento definitivo de pertenencia a su patria.

Noroeste Católico – octubre 2014

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Website: www.seattlearchdiocese.org