Dios usa pañales

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Navidad

Amis 18 años yo era novicio de los Misioneros del Espíritu Santo en Tlalpan, suburbio de la gigantesca ciudad de México. Como parte de nuestra formación en esos dos años de intenso discernimiento vocacional, acostumbrábamos tener el Santísimo Sacramento expuesto para nuestra adoración día y noche sin interrupción. Cada uno de nosotros tenía asignada por lo menos una hora durante el día y otra hora durante la noche.

Cierto día comentándole a mi mamá que estaba cansado porque dormía poco a consecuencia de esta práctica de piedad, mi madre, en expresión condescendiente, me replicó: “¿Y con eso te cansas?,” y añadió: “yo, como mamá, me levantaba tres o cuatro veces cada noche para alimentarte y cambiarte los pañales a ti cuando eras un bebé al igual que lo hice siempre con cada uno de tus nueve hermanos. Al contemplarlos como bebés, mi corazón se elevaba hacia Dios al ver el milagro de la vida en esa frágil criatura, necesitada de todo, pero al mismo tiempo tan llena de inmaculada pureza, en donde yo podía hacer mi contemplación de Dios con profunda gratitud y alegría”. Después de esa conversación, nunca más me volví a quejar de mis desvelos por Dios. Fue una gran lección de amor humano y de profunda fe por parte de mi madre, por parte de una auténtica creyente.

La exhortación apostólica Ecclesia in America, que escribió en 1999 Sn. Juan Pablo II, enfatiza que “Jesús es el rostro humano de Dios, y al mismo tiempo es el rostro divino del hombre”. Para mí, eso es la síntesis de la Navidad. La Palabra de Dios se hizo uno de nosotros, se hizo humano, se hizo bebé para enseñarnos toda la grandeza del ser humano, toda la capacidad de albergar en nuestra carne y en nuestro mundo la presencia divina, la presencia que derrota el pecado y vence definitivamente a la muerte.

Ese pedacito de carne en los brazos de María era ¡nuestro Dios en pañales! Nuestro Dios quiso hacerse bebé para enseñarnos día a día, paso a paso, la grandeza y dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza suya. Por 30 años, Jesús se dedicó a aprender gozosamente qué significaba tener una familia, cariño, ternura y una profunda comunicación más allá de las palabras. Día a día, Jesús aprendió a reír, llorar, cansarse, buscar, necesitar, fallar, lograr, desarrollar, agradecer, creer, intentar, orar, transformar y a confiar. Jesús, como hombre, aprendió día tras día que la libertad se construye, que la confianza se practica, que la fe se vive, que la justicia se experimenta, que la alegría se ve, que la paz se siente, que la humanidad se descubre, que los ideales se sueñan y que el verdadero amor se engendra hora tras hora en esta tierra con nuestras acciones.

Yo creo que Dios sigue usando pañales en cada bebé que viene a este mundo. Dios quiere seguir usando pañales para recordarnos que a pesar de todos nuestros errores o nuestro lento aprendizaje a lo largo de los siglos no se arrepiente de seguir regalándonos la libertad para moldear en nuestra existencia el rostro humano de Dios y hacer que la humanidad ansíe hacer suyo el rostro divino del hombre. Esta continua divinización de la humanidad sucede cada vez que un ser humano dice que sí al perdón, la caridad, la solidaridad, la fraternidad y a la libertad. Esta perenne humanización de la divinidad sigue sucediendo cada momento que una mujer o un hombre dicen que sí a la ternura, a la amistad, al compartir, al trabajar y al seguir soñando.

Jesús bebé no aceleró ni un solo día su proceso de humanización. Estoy seguro de que momento a momento descubrió la aterradora grandeza de ser humano. Pudo también experimentar el inmenso poder de nuestro corazón y el escalofriante riesgo de no querer crecer y madurar corrigiendo nuestros errores. El bebé Jesús se transformó en adulto para mostrarnos la belleza de crecer inmerso en este mundo sin contaminarse de envidia, lujuria, vanidad, o codicia y mostrarle al maligno, a Satanás, que nada es más grande y más fuerte que el amor de Dios por sus creaturas.

María, la creyente que envolvió a Dios en pañales, nos siga enseñando a ser muy humanos para mostrar a Dios cercano a todos y muy divinos para hacer que todos nos sintamos capaces de derrotar al mal y construir el Reino que deseó con su nacimiento.

Un enorme abrazo lleno de alegría y mi oración por una santa Navidad.

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Noroeste Católico – Diciembre 2018

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

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