El Espíritu Santo nos hace políglotas

Foto: Joan Brand-Landkamer, Pentecost, St. James Cathedral, Seattle Foto: Joan Brand-Landkamer, Pentecost, St. James Cathedral, Seattle

El amor es lenguaje universal

“Al producirse aquel ruido se reunió la multitud, y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.” (Hechos 2,6) 

La neurología, hoy día, ha identificado la zona de nuestro cerebro que registra y elabora el lenguaje verbal de todos los seres humanos, de tal manera que cuando esa parte del cerebro se encuentra atrofiada, perdemos la capacidad de hablar.  

Los bebés de todas las razas y de todos los tiempos antes de entender las palabras, entienden el calor de un abrazo y la ternura de un beso de sus madres y la presencia protectora de sus padres. Ese lenguaje de amor no necesita palabras para ser entendido.  

Seguramente en algún momento de la vida, todos hemos estado en contacto con algún ser humano que nació con graves limitaciones cerebrales. Sin embargo, reconoce y reacciona al escuchar la voz tierna y dulce de su madre, de su padre o de alguien cercano que le ha hecho experimentar la ternura. 

El amor es el lenguaje universal y perenne. Cuando el Espíritu Santo, el amor de Dios, descendió sobre los apóstoles, los convirtió en políglotas. “Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia … les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios. Estaban todos asombrados y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Cómo puede ser esto?” (Hechos 2:9-12) 

Gracias a esos apóstoles políglotas, el mensaje del amor redentor de Dios en nuestro Señor Jesucristo se predicó por toda la tierra, hablando directamente al corazón de millones de hombres y mujeres de todas las razas sin distinción. 

El pecado en nuestro mundo y en nuestras vidas ha atrofiado nuestra capacidad de hablar o de entender el lenguaje del amor de Dios. Los cristianos de hoy necesitamos pedir continuamente que venga sobre nosotros el Espíritu Santo y nos haga políglotas como a los apóstoles para comunicar el amor de Dios a todas las naciones con el lenguaje universal de salvación. 

El Espíritu Santo, como experto neurólogo, sabe qué áreas de nuestra alma y corazón están dañadas y con su ciencia quiere y puede sanarnos. Ese Santo Espíritu, que sabe todas las lenguas, quiere y puede enseñarnos a hablar con fluidez la lengua de la gratitud, la lengua del perdón, la lengua de la ternura, la lengua de la fraternidad, la lengua de la alegría, la lengua de la libertad, la lengua de la paz.  

Esas son las lenguas que todos los humanos necesitamos hablar con claridad; esas son las lenguas que se confundieron en Babel, cuando intentamos reemplazar a Dios, en lugar de permitirle que nos siguiera pacientemente perfeccionando la pronunciación y el oído para proclamar sus maravillas.  

Las posibilidades de viajar a otros países hoy día se han incrementado considerablemente, y con ello la necesidad de aprender otras lenguas se ha convertido casi en una herramienta necesaria de comunicación y relación. Aquellos que tenemos menos destrezas buscamos siempre a alguien que nos traduzca y facilite la comunicación. 

Siguiendo con esa analogía, yo diría que los hombres y mujeres que llamamos santos, son los que han aprendido esa lengua que entienden todos los corazones humanos: la lengua del amor de Dios. Ninguno de esos hombres y mujeres logró dominar esa lengua sin esfuerzo. Son hombres y mujeres que experimentaron la frustración de no entender a los demás a su derredor o de no ser entendidos, y ante ello se pusieron a practicar y repetir miles de veces, “¿Cómo se dice ‘hermano’, ’hermana’? ¿Cómo se dice ‘cuenta conmigo’? ¿Cómo se dice ‘te necesito’? ¿Cómo se dice ‘juntos’? ¿Cómo se dice ‘servicio’? En fin, ¿cómo se dice ‘familia’?” 

Jesús, habiendo visto las limitaciones de sus apóstoles para comunicarse, les envió al maestro experto en lenguas: su Santo Espíritu. Ese maestro ha corregido y sanado las distorsiones lingüísticas o auditivas del odio, la violencia, el racismo, la codicia o la envidia, en millones de aprendices, pero aún quedan muchos otros millones que también necesitan dominar ese lenguaje. 

Como hace dos mil años, el Señor Jesús, nos sigue enviando a predicar a todas las naciones con la lengua del amor universal que tocó, sanó y capacitó a los primeros discípulos a comunicarse con todos. Jesús sabe que no somos capaces de lograrlo solos, y por eso nos envía su Espíritu que nos hace políglotas, no solo en las lenguas contemporáneas, sino también en lenguas nuevas.  

Hoy necesitamos hablar lenguas nuevas de justicia, de inclusión, de dignidad, de pasión, de misericordia y de pureza. Solo un maestro paciente como el Santo Espíritu puede hacernos confiables comunicadores preparados por Él como lo hizo con su mejor discípula, María. 

Pidamos al Maestro que nos envíe como traductores de su lenguaje amoroso por todo el mundo.

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Noroeste Católico – Mayo 2018

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Website: www.seattlearchdiocese.org
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