La vacuna contra el Alzheimer espiritual

El ritmo vertiginoso de nuestra cotidianidad no nos deja pausa para recordar el inmenso gozo y gratitud por la vida

Obispo ElizondoLos que nacimos en sociedades del así nombrado primer mundo, o en vías de desarrollo, estamos altamente expuestos al virus de la prisa. Efectos colaterales de este mal son la pérdida de memoria e indiferencia, o lo que yo llamaría el “Alzheimer del espíritu”.

En las pocas horas en que estamos despiertos cada día, recibimos un cúmulo de experiencias que nuestra mente no es capaz de retener. Tampoco lo es nuestro corazón, que trabaja a ritmo semi-lento para bombear sangre y sobre todo para producir eso que conocemos como “afecto”.

Tantas experiencias de nuestro día son vividas tan de prisa, que tocan solo la superficie de la mente y del corazón y por lo mismo no nos “afectan” y en consecuencia fácilmente se borran de nuestra memoria y nos son indiferentes.

Qué desgarrador es encontrarnos con un familiar con quien hemos compartido un sinnúmero de alegrías y penas y, que a consecuencia de esa devastadora enfermedad (Alzheimer), ahora ya no nos reconoce.

Se me ocurre pensar que a Dios nuestro Padre, el familiar más cercano que nos ha hecho sus hijos a través de la sangre de Jesús, se le desgarra lo más íntimo de sus entrañas cuando ya no le reconocemos a consecuencia de nuestro Alzheimer espiritual, porque ya no nos “afecta” su presencia.

El ritmo vertiginoso de nuestra cotidianidad no nos deja pausa para recordar, es decir para poner de nuevo todo en el corazón, para sentir desde lo más profundo de nuestro ser, el inmenso gozo y gratitud por la vida y por la oportunidad de participar en la transformación del universo.

El microbio de la prisa daña las fibras de la verdadera alegría que produce el ensanchar la verdad acerca de mi existencia y la transforma sólo en superficiales carcajadas pasajeras. Ese virus atrofia la memoria de mi alma y ya no puede revivir la gigantesca libertad que me regaló su perdón, o la confianza que me da su paciencia.

La prisa nos contamina de indiferencia. No me permite descubrir las causas de las injusticias en mi propia vida, en mi sociedad o en el mundo, porque simplemente no tengo tiempo. Contamina mis ojos y no tengo tiempo para ver la pobreza. Contamina mis oídos y no tengo tiempo para escuchar el dolor de una mujer maltratada o de un niño abandonado en la miseria.

Water drops
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La vacuna contra este mal
La vacuna contra ese maléfico virus es el silencio. Ahí es donde se restablece el espíritu. Ahí es donde se recupera la memoria afectiva, como dice el profeta Oseas: “Yo la voy a enamorar, la llevaré al desierto y le hablare al corazón”. (Oseas 2,14)

Las entrañas de Dios son inmunes al Alzheimer, Él jamás se olvidará de nosotros, como nos asegura el profeta Isaías: “¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, Yo no te olvidaré.” (Isaías 49,15

)Dejémonos vacunar por el amor infinito de Dios; eso nos permitirá recordar su amor desde la hermosura de la creación de la que nos ha puesto como administradores; esa inyección nos dará nueva energía para caminar al encuentro del que hasta ahora me parecía un extraño y al acercarme descubrir que me parezco a él, que es mi hermano. “Cuando lo hiciste al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hiciste.” (Mateo 25,40)

Jesús nos regaló como madre y modelo a María, su propia madre. Esa mujer que supo escuchar, que supo guardar todas las cosas en el corazón, que supo recordar en cada momento de su existencia que Dios es siempre fiel y cumple sus promesas; en Belén, en Egipto, en Nazaret, en Galilea, en el Calvario, y en la eternidad.

Hay tanto que recordar. Démonos tiempo para ello, sin duda sonreiremos.

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Noroeste Católico – julio/agosto 2014

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

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