Misioneros de la escandalosa cruz

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Sabiduría paradójica

Ninguna cruz sin Cristo

Cuando nadie lo espera, ni está preparado para ello, es precisamente cuando aparece de nuevo el escondido monstruo del terrorismo. El éxito de este horrible monstruo es lograr que vivamos siempre con miedo.

Los romanos inventaron la crucifixión para infundir miedo a todos los infractores de su ley, impuesta en todos los territorios que habían conquistado, incluida la tierra de Jesús. Sus métodos generaron pueblos sumisos, pero interiormente llenos de rencores y resentimientos hacia sus opresores. Sus cruces eran emblemas de muerte y destrucción. Jesús hace de la cruz un paradójico y atractivo instrumento de vida: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.” (Juan 12,32)

La sombra de la cruz estuvo presente en el ambiente cultural de Jesús diseminando miedo. Al discernir la voluntad salvífica de Dios, su Padre, Jesús forjó una nueva sabiduría con ese instrumento de miedo que a todos hacía huir, enseñándonos a caminar hacia la cruz, mostrándonos cómo abrazar la cruz, para convertirla por amor en fuente de vida.

La cruz de Jesús no es una invitación a ser sumisos o masoquistas frente a la injusticia y el sufrimiento. Jesús al abrazar amorosamente la cruz, la transformó en la nueva espada que es capaz de generar vida, la nueva espada que es capaz de derrotar a los que basan su poder en la violencia de sus músculos, su deslumbrante belleza, su avasalladora inteligencia, o la seducción de sus riquezas mundanas.

La cruz de Jesús es una escandalosa espada para los judíos, una necia espada para los gentiles, pero para nosotros los creyentes de todas las razas y naciones, es la fuerza y sabiduría de Dios. (cfr. 1 Corintios 1,22-24) “Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.” (1 Corintios 1,25)

Nosotros, los creyentes en Jesús, estamos llamados a ser misioneros de la cruz. Misioneros de esa escandalosa cruz que sostiene a Jesús en ella, una cruz que no está vacía, una cruz que ha adquirido una nueva dimensión, una dimensión amorosa que transforma el sufrimiento en gozo y el dolor en perfeccionamiento de vida, únicamente si es originado por ese amor de donación que nos enseñó Jesús.

No hay Cristo sin cruz

Nosotros los creyentes no podemos ser auténticos misioneros si no predicamos con audacia a “Jesucristo, y a este, crucificado”, respaldando con la coherencia de nuestras vidas la fe que profesamos. (1 Corintios 2,2)

Ser misioneros de Jesús es ser misioneros de la cruz. Solo si hemos tenido un amoroso encuentro personal con Jesús, como el apóstol Pablo y todas las mujeres y hombres que llamamos santos seremos capaces de abrazar gozosamente la cruz, de otra manera la cruz se convierte en terror y muerte. Ese encuentro amoroso con Jesús da una nueva sabiduría a la presencia de la cruz en nuestras vidas. Sn. Pablo expresa elocuentemente esa paradoja en esa misma Primera Carta a los Corintios diciendo: “Consideren, si no, hermanos, su vocación; porque no hay entre ustedes muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios y Dios escogió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios.” (1,26-29)

La cruz del sufrimiento en nuestras propias vidas se convertirá en escándalo para nosotros mismos, si nosotros los misioneros no la abrazamos como un instrumento que nos libra de la muerte interior: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo por no pueden matar el alma; teman ante todo al que puede hacer perder el alma y cuerpo en el infierno.” (Mateo 10,28)

Ante las terríficas manifestaciones de violencia en nuestra sociedad actual, nosotros, los misioneros de la escandalosa cruz de Jesús, seguiremos confiando en que ese mismo Jesús que derrotó a la muerte asido a la cruz por amor, nos dará la fuerza para seguir sirviendo, para seguir buscando nuevas formas de perdón, de reconciliación, de fraternidad, de justicia y de alegría con esa sabiduría que solo puede provenir de Dios mismo.

Las mujeres y hombres santos que se han encontrado amorosamente con Jesús saben que los amantes comparten entre sí lo más íntimo de sus alegrías y de sus penas. Así, la Venerable Conchita Cabrera de Armida cariñosamente le reprochaba a su amado Jesús: “Si no me das tu cruz y tus espinas, no digas que me quieres”.

María compartió esa íntima y silenciosa cruz en Nazaret y también en el Calvario, en el amor salvífico de su hijo.

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Noroeste Católico – Marzo 2018

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx
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