Relativismo e indiferencia

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Tumores en nuestra fe

El asombroso avance de la ciencia, la tecnología y los cambios sociales nos ha equipado con una involucración individual y personal como nunca antes en la historia de la humanidad. Todo esto es un tesoro de dimensiones gigantescas que aún no podemos valorar.

¿De verdad somos creación de Dios o simplemente la consecuencia de circunstancias evolutivas? ¿Existen principios transcendentales o simplemente son dogmatismos impuestos? ¿Nuestra moral de vida hace una diferencia en el mundo o es solo otra forma de conducta aprendida de acuerdo con la época? ¿Tenemos cada uno un alma que vive más allá de la existencia terrena de nuestro cuerpo, o todo acaba con nuestra muerte? ¿Tiene la ciencia la capacidad de responder a todos los misterios o queda mucho espacio para la fe?

El último siglo de nuestro mundo ha puesto en entredicho cualquier principio que parezca absoluto tildándolo de obscurantismo retrógrado. ¿Cómo respondemos los cristianos a estos retos? El Papa Benedicto XVI decía que hemos caído bajo la dictadura del relativismo. Nuestro actual Papa Francisco ha repetido muchas veces que el pecado más grave de nuestra sociedad actual es la indiferencia.

El apóstol Pedro, en su primera carta a los cristianos de la época, decía que tenemos que estar preparados siempre a “dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza”. (1 Pedro 3,15) El Papa Sn. Juan Pablo II, durante su pontificado, nos invitó a adentrarnos en el diálogo entre la razón y la fe con documentos como la encíclica Fe y razón en 1998 en donde subraya que ambas son “las alas que nos elevan a la contemplación de la verdad”.

Nuestro Señor Jesucristo se hizo uno de nosotros para enseñarnos con su existencia la plenitud de la verdad. La búsqueda de la Verdad y las consecuencias de su proclamación sacude los cimientos más profundos del alma humana. Jesús mismo, consciente de este proceso interior en su mente y corazón exclama: “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero, sino que ya arda? Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!” (Lucas 12,49-50)

Ninguno de nosotros, humanos pecadores, posee la verdad absoluta, pero eso no implica que vivamos conformes relativizando todas las verdades por pequeñas que sean. Dios nos llama a vivir con radicalidad lo que vamos descubriendo de la verdad total, para que esa misma radicalidad nos impulse a seguir perfeccionando esa misma verdad. Si no lo vivimos así, caeremos fácilmente en la mediocridad y tibieza que Jesús mismo ha condenado. Las verdades que vamos descubriendo deben de servirnos como plataformas de lanzamiento hacia mayores alturas: mayores alturas humanas de perdón, de ternura, de justicia, de alegría, de gratitud, de solidaridad, etc. Como Discípulos de Jesús no podemos permanecer indiferentes ante la tragedia de un padre con su hijita en brazos, que se ahogan tratando de cruzar la frontera en búsqueda de oportunidades de trabajo y supervivencia. No podemos ser indiferentes ante otra balacera escolar que ciega las vidas de adolescentes inocentes. Tenemos que seguir cuestionándonos ante la proliferación de drogas recreativas, etc.

El fuego del amor que Jesús nos trajo nos debe quemar las entrañas para generar nuevas y más profundas respuestas a cada ser humano que viene a este mundo.

Nuestra vocación cristiana nos lleva a contemplar la verdad de nuestra existencia como una misión de servicio de parte de Dios que nos envía al mundo como envió a su Hijo Jesús, para transformar el “Yo” egoísta en un “nosotros” amoroso que derrota el individualismo enceguecedor de la humanidad. Jesús reprueba la vida conformista del rico epulón porque pasa indiferente ante el pobre Lázaro delante de su puerta, sin cuestionar jamás la fastuosidad de su manera de vivir, ni detenerse a examinar por qué aquel mendigo vive en esas condiciones. (Lucas 16,19-31)

El relativismo y la indiferencia son, en mi opinión, malignos tumores cancerosos en el alma y la conciencia cristianas que deben ser extirpados tan pronto como nos demos cuenta de cualquiera de sus síntomas, o crecerán hasta convertirse en presencias mortales contra la sagrada humanidad en la que Jesús quiso nacer.

La sabiduría del Evangelio y el servicio de caridad a los más vulnerables en nuestro entorno social, serán siempre la mejor radiación contra esos cánceres. Y por supuesto el cuerpo y la sangre de Cristo, recibidos en la Eucaristía, son indudablemente la mejor quimioterapia del alma contra los amenazantes tumores en nuestro peregrinar en la fe.

María, José, los Apóstoles y todos los hombres y mujeres que llamamos santos descubrieron y abrazaron lo absoluto del amor y la sabiduría de Dios creador, plasmado en la existencia de Jesús, que trajo el fuego divino a nuestras almas para incendiar al mundo que tiembla de fría indiferencia.

“Los exhorto, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcan sus cuerpos como ofrenda viva, santa agradable a Dios: este es su culto espiritual. Y no se amolden a este mundo, sino, por el contrario, transfórmense con una renovación de la mente, para que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto.” (Romanos 12,1-2)

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Noroeste Católico – Octubre 2019

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Website: www.seattlearchdiocese.org