Sembremos, que va a llover

“Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer, así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, sino que hace lo que yo quiero y cumple la orden que le doy”. (Isaías 55:10-11)

Obispo Elizondo

“Discípulos-misioneros de Jesucristo, para que el mundo tenga vida” — esta fue la comisión que todos los creyentes recibimos a partir de la V Reunión del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil, en 2007 con el Papa Benedicto XVI.

Desde el corazón de la iglesia en San Pedro, infinidad de acontecimientos han tenido lugar desde entonces. El Papa Francisco fue elegido como primer latinoamericano a tomar el timón de la barca de San Pedro y hacer hinchar las velas con los vientos de ese Santo Espíritu que sorpresivamente lo escogió.

El Papa Francisco ha repetido ese mismo envío en la jornada mundial juvenil y por supuesto ahora con su exhortación apostólica La Alegría del Evangelio: todos somos misioneros.

Desde antes de que fuéramos concebidos en el vientre de nuestras madres, el Señor ya nos había llamado, su palabra había ya descendido a nuestra existencia para un día hacerla germinar.

Muy probablemente han sido necesarios muchos años de espera, pero su palabra no queda jamás sin efecto. Su palabra de perdón ha ido produciendo sanación en nuestras vidas; su palabra de alegría ha fecundado en gratitud; su palabra de sabiduría ha germinado en luz y confianza en nuestro caminar cotidiano; su palabra de misericordia ha producido libertad en nuestro corazón que ahora vierte lo que siente con toda su fuerza; su palabra amorosa ha producido fraternidad; su palabra empapa nuestro interior y nos hace sus misioneros.

Nuestra condición misionera nos lleva a sembrar en todos los campos de nuestra existencia. En alguna parte sin duda nos bendecirá la lluvia. La semilla es de calidad divina, y una vez que germina produce asombro.

Sembremos alegría en el trabajo, siendo parte en la construcción y sostén de la sociedad con nuestra vida honesta. Sembremos unidad en el hogar con nuestra paciencia, gratitud y fidelidad. Sembremos en el presente esperanza en la calles con nuestro testimonio de entusiasmo en lágrimas o risas y apertura al futuro. Sembremos fe, al alabar a nuestro creador y redentor en comunidad en el templo y en el silencio del corazón en medio del tráfico urbano.

La lluvia nos bendecirá en algún lugar. Quizá el menos significativo, el más desértico o rocoso. Ahí donde algún creyente misionero arrojó la semilla de la caridad, de la solidaridad, de la perseverancia.

La lluvia divina cayó en Argentina y nos dió al Papa Francisco; llovió en Calcuta y brotó Madre Teresa; en México y florecieron los muchos santos mártires de la Cristiada; en Africa y germinó Josephine Bakita; en América y despuntó Dorothy Day.

Discípulos-misioneros por doquier, han ido sembrando de lo que ha brotado en el jardín de su corazón. Unos desde el silencio de su monasterio en las muchas horas de oración intercesora por la divina lluvia; otros en su incansable apostolado entre los marginados en las periferias de nuestras sociedades; tantos otros en puestos de liderazgo, removiendo la tierra para que produzca nuevas flores y frutos de justicia y fraternidad; otros haciéndose eco de la palabra en la predicación y catequesis, etc.

En el huerto del corazón de María, la palabra germinada, nos dió y nos da frutos de vida eterna.

Sigamos sembrando, que va a llover a cántaros.

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

NOROESTE CATÓLICO – abril 2014

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

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