Tierna revolución

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La misión de nuestra Iglesia

Hace un par de años tuve la oportunidad de ver una película titulada 42, sobre la vida de Jackie Robinson. Fue el primer beisbolista de color contratado en las ligas mayores de este país, para los Dodgers de Brooklyn en 1947.

En la escena en la que a Robinson se le ofrece el puesto, el presidente del equipo, Branch Rickey, le pregunta si podrá controlar su temperamento ante los abucheos, la intolerancia y la discriminación. “¿Quieres un jugador que no tenga las agallas para defenderse?”, pregunta Robinson. “No”, Rickey responde, “quiero un jugador que tenga las agallas para no defenderse”. Robinson perseveró a pesar de todos los obstáculos y revolucionó la historia de los deportes en este país.

Iglesia revolucionaria

El Papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, ha revolucionado la Iglesia con su mensaje de compasión. Él ha invitado a todos a promover la “revolución de la ternura”. El sucesor de Sn. Pedro quiere que todos los bautizados seamos una Iglesia revolucionaria. Una Iglesia que no solo acoge a los que llegan a sus puertas, sino que activa todos sus recursos para ir al encuentro de los que no se acercan, una Iglesia en salida. Él quiere que vayamos al encuentro de todos aquellos que se encuentran marginados de la comunidad eclesial porque han sido afligidos por la ley que nos rige. El papa quiere que busquemos delante de nuestro Creador y Padre, nuevas maneras de interpretar revolucionariamente la ley con la misericordia y la ternura salvadora revelada por la pasión, muerte y resurrección de Cristo nuestro Señor.

El Papa Francisco desea que contemplemos la ternura de Jesús que llora por Jerusalén; (Lucas 19,41) la ternura de Jesús que se conmueve ante la multitud porque está como ovejas sin pastor. (Mateo 9,36) El Vicario de Cristo quiere que contemplemos a Jesús que no puede permitir que la muchedumbre que lo sigue se quede sin comer porque está en riesgo de desfallecer por el camino y urge a sus apóstoles a proveer alimento. (Marco 6,34) El sucesor de Sn. Pedro fervientemente nos reta a descubrir formas de ternura que atraigan a todo aquel herido o enfermo por cualquier forma de pecado, como Jesús que acoge a la mujer adúltera retando a la comunidad a un profundo examen de conciencia. (Juan 7,53)

El perdón es la máxima expresión de la ternura de Dios; esta forma de ternura no nos hace débiles. Por el contrario, nos hace mostrar con claridad la fortaleza de Dios en nuestra existencia, de tal manera que Dios en nosotros vence al impulso de venganza, derrota a la sospecha, a la duda, a la desconfianza y fortalece en cambio la capacidad de nuestra humanidad creada a imagen del Verbo Encarnado.

La ternura revolucionaria de Jesús lo llevó a enseñarnos que tenemos que perdonar hasta “setenta veces siete”; es decir, a nunca perder la esperanza, a no darnos por derrotados, ni siquiera ante la tumba, porque el amor de Dios vence a la muerte. El amor de Dios es el único capaz de matar a la muerte y conseguir así la vida que no se acaba, la vida verdadera en la presencia de Dios.

Jesús nos enseñó y capacitó a responder “No” a la venganza, al desánimo, a la duda. Jesús nos capacitó a ser fuertes en la aparente debilidad de la ternura del perdón. La misión de todos nosotros como Iglesia es ser revolucionarios como Jesús, a no responder a la agresión con agresión, o siguiendo simplemente los modelos de justicia humana. Los cristianos en el mundo tenemos la misión de hacer la diferencia en todos los estratos de la sociedad, aun entre los no creyentes, para que el mundo vea la fuerza de Dios en nuestra “debilidad”. Ahí radica nuestra noble batalla; ahí es donde nos espera la verdadera corona; ahí es donde ofrecemos nuestro servicio al mundo, como Jackie Robinson lo ofreció al béisbol.

Sn. Pablo escribió: “Pues yo estoy a punto de derramar mi sangre en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida.” (2 Timoteo 4,6-8)

Los hombres y mujeres santos que han alcanzado la meta, lo han logrado con gran sacrificio, como María. Esos son los que hacen la diferencia en la historia e interceden por nosotros para que tengamos la fortaleza de no responder con los criterios del mundo y ser solo eco de la respuesta revolucionaria de Jesús. (Cfr. Romanos 12,1-2)

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Noroeste Católico – Julio/Agosto 2018

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx
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