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Ante la cruz de los demás

Jesús ha sido brutalmente flagelado. De milagro sobrevivió los inclementes azotes. Avanza rumbo al Gólgota con un dolor extremo, condenado a morir en el madero de la cruz, del cual carga el travesaño sobre hombros. La distancia hasta el Gólgota es corta, pero cada paso parece el último. Jesús apenas puede.

A lo largo de la Vía Dolorosa, dos personas ayudan a Jesús. Uno, mencionado en la Escritura. De la otra, sabemos por la tradición.

El primero, llamado Simón, proveniente de Cirene, una tierra distante, es obligado a ayudar a Jesús a cargar su cruz (Mateo 27,32; Marcos 15,21b; Lucas 23,26).

Cargar la cruz de alguien más no es tarea fácil, pero Simón no tiene opción. ¿Quién se opone a los soldados romanos? Siente repulsa cuando le cargan en hombros su madero ensangrentado. Temor además, de los soldados que lo presionan para avanzar de prisa. También vergüenza al sentir las miradas de los curiosos que se acercan a mirar el patético desfile.

Viene detrás un grupo de mujeres que se duelen y lamentan por Jesús (Lucas 23,27). De entre ellas — y eso lo sabemos por la tradición — una se conmueve al extremo. No se puede quedar así. Su dolor por Jesús es tan grande, y tan inmenso su amor por Él, que poco le importan los romanos. ¡Se lanza al encuentro del Maestro!

Jesús apenas puede ver. Sangre brota de su frente herida por las espinas de la dolorosa corona y escurre sobre sus ojos cegándolo. También escurre sangre de su nariz tras las bofetadas propinadas sus verdugos. Siente en su boca el sabor salado a sangre y sudor. De pronto, se detiene. No puede más.

Siente entonces cómo un lienzo enjuga su rostro con ternura. Siente alivio al poder abrir sus ojos ya sin sangre, aunque sea por un instante. Y ve entonces el amoroso rostro de una mujer, de cuyos ojos brotan gotas que escurren hasta el suelo. No hay gota más perfecta que una lágrima derramada por amor.

Esta mujer, valiente y amorosa, es la Verónica. Según una de las tradiciones, su nombre significa “verdadero retrato”, pues al ser apartada de Jesús por los romanos, el rostro del Divino Maestro queda estampado en su lienzo.

Ayudar por la fuerza al que sufre o hacerlo movidos por el dolor. Cargar la cruz de alguien porque no hay remedio o ayudarlo por amor. Simón de Cirene y la Verónica nos presentan dos opciones muy comunes en la vida. Ante el dolor de alguien cercano a nosotros, que también lleva una cruz, es decisión nuestra y solo nuestra, proceder como el Cireneo o hacerlo como la Verónica.

Ayudar a alguien más, de la manera que Simón, resultará incómodo y nos dejará un vacío en el corazón. Ir en auxilio de quien sufre como Verónica será ciertamente doloroso. Debe serlo, si es que lo hacemos por misericordia. Sin embargo, seremos recompensados al partir, llevándonos el rostro del Divino Maestro impreso en nuestro corazón.

¡Apasiónate por nuestra fe!  

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Noroeste Católico – Abril 2020

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

Website: www.seminans.org
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