Semillas de la Palabra - Crónica de un nieto que rezaba el Rosario con sus abuelos

Foto: Ellen Bollard Foto: Ellen Bollard
En casa aprendemos a rezar el Rosario y a amar a María

El 7 de octubre de 1571 los cristianos derrotaron a los turcos en la batalla naval de Lepanto. De perder la batalla, su religión peligraría. El Papa Sn. Pío V pidió rezar el rosario por la flota. Días después los mensajeros anunciaron el triunfo cristiano. El papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias el 7 de octubre.

Al año siguiente, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario. Determinó que se celebrara el primer domingo de octubre, pues ese día se había ganado la batalla. Actualmente celebramos la fiesta del Rosario el 7 de octubre, y para la Iglesia, octubre es considerado el “mes del Rosario”.

El Rosario es la oración familiar por excelencia. Todos aprendemos a rezar de labios de mamá. Ella nos enseña a hacer la señal de la cruz, a rezar el Padre Nuestro y usualmente nos hace rezar el Rosario con ella.

Si no es mamá, es la abuela. Mi abuela tenía un cajón lleno de rosarios. Todas las tardes mis abuelos detenían su actividad a las 6.00 para rezar el Rosario en su habitación, frente a un óleo que pintó mi abuela reproduciendo La Bella Jardinera de Rafael, ese hermoso cuadro que muestra a la Virgen María con el Niño Dios y Sn. Juan Bautista y que se exhibe en París, en el Museo del Louvre. Cuando estábamos de visita, teníamos que participar. Yo siempre dirigía la letanía. Nos encantaba que mi abuela abriera su cajón para escoger un rosario entre todos los de su colección. Me prometí que cuando fuera grande, tendría un cajón lleno de rosarios como mi abuela. Y así lo he hecho, guardando un rosario de cada basílica y santuario a donde he ido en peregrinación. Mi favorito es uno de cuentas azules que compré en el Vaticano y que me bendijo el Papa Benedicto XVI.

Una de esas peregrinaciones me habría de llevar al campo de concentración en Auschwitz, a la celda donde murió san Maximiliano Kolbe. Esa visita me marcó para siempre. Conocía el profundo amor de Maximiliano por la Inmaculada y sabía cómo este franciscano conventual había ofrecido su vida a cambio de salvar a un pobre hombre que, junto con otros, fue sentenciado a morir de hambre en represalia por un prisionero que había tratado de escapar. Maximiliano no murió de hambre, sino de una inyección letal. Luego de varios días sin alimento los nazis se fastidiaron y decidieron ponerle fin.

Al pie de su celda, me quedé paralizado. Me invadía un vértigo en el alma al imaginar a Maximiliano extendiendo un brazo al soldado que lo inyectaba y la otra mano a la Inmaculada, que la tomaba para llevarlo al cielo.

Al día siguiente, en Niepokalanów, el convento franciscano erigido por Maximiliano, sentí un llamado contundente a consagrarme a la Inmaculada y formar parte de la Milicia de la Inmaculada que fundó Maximiliano Kolbe en Roma, el 16 de octubre de 1917. ¡Estamos celebrando el centésimo aniversario de nuestra fundación!

Uno de los apostolados que realiza la Milicia de la Inmaculada es la evangelización en los medios de comunicación. De ahí que gran parte de mi apostolado lo realice en prensa, radio e internet. Cuál sería mi sorpresa cuando me pidieron colaborar como editor de la sección en español de Noroeste Católico, ver en la pared tras el restirador donde hago la revisión final de las publicaciones la imagen de Sn. Maximiliano Kolbe, velando por este apostolado.

Que nuestro rezo del rosario este mes y la lectura de esta revista que tienes en manos, sea, como siempre quiso Sn. Maximiliano Kolbe, “para la máxima gloria de Dios”.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – octubre 2017

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

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