Cuaresma, tiempo de tentación

Tal vez el título de la presente columna resulte un tanto cuanto escandaloso. Solemos pensar en la Cuaresma como un tiempo de penitencia y conversión, no de tentación. Sin embargo, la tentación es una realidad ineludible a lo largo de este tiempo fuerte que nos conduce y prepara para la Pascua. Baste con darnos cuenta cada viernes del inusitado antojo que nos da por comer carne, justo el día en que debemos privarnos de ella.

A lo largo de la Cuaresma, nos adentramos con Jesús, “llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4,1). Jesús mismo tuvo que ser tentado, durante su estancia en el desierto, como parte de su preparación para ejercer su ministerio. Y fue verdaderamente tentado. No se trató de debates teológicos que Jesús ganó con la mano en la cintura, sino de situaciones en que Jesús llegó a considerar hacer lo que el diablo le proponía. De lo contrario, no hubieran sido tentaciones.

Al vencer cada una, Jesús muestra una y otra vez al diablo que Él es el Señor; demuestra cómo es igual que en todo a nosotros, menos en el pecado; reivindica al pueblo de Israel, que por el contrario sucumbió a las tentaciones durante su travesía por el desierto; y nos da el ejemplo de cómo superar las tentaciones nuestras.

A lo largo de la Cuaresma resultará difícil guardar el ayuno y la abstinencia de manera perfecta. Todo se nos antojará, aun aquello que ni siquiera nos suele agradar. Jesús nos enseña, “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (4,4).

Podemos sentirnos tentados a tomar la Cuaresma como una prueba de resistencia personal, en la que debemos demostrar a los demás y a nosotros mismos que somos verdaderos cristianos, cumpliendo cabalmente con las prescripciones de la Iglesia y con nuestros propios sacrificios autoimpuestos, pensando que para salir airosos nos basta nuestro propio esfuerzo. Haciendo a un lado a Dios, pero esperando que Él nos sostenga sin oración, sin confesión y sin lectura de la Escritura. Jesús nos enseña, “No tentarás al Señor tu Dios” (4:7).

La cuaresma es tiempo para intensificar la oración. Pero seremos tentados una y otra vez a dejar de hacerlo y mejor poner nuestra atención en toda suerte de dioses falsos o en ir a pasar los días en la playa mientras Jesús muere en una cruz por nosotros. Él nos enseña a apartar con firmeza a Satanás, advirtiéndole que está escrito, “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a Él darás culto” (4:10).

La Cuaresma es tiempo de conversión. Esta exige aprender a superar la tentación radicalmente. Hay pues, que ser tentados y mantener a raya las insidias del maligno, siguiendo siempre y solamente el ejemplo de Jesús e implorando su gracia constante. Solo así estaremos listos en verdad para la Pascua.

¡Apasiónate por nuestra fe! 

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Noroeste Católico – Marzo 2020

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

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