Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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Cuando Jesús se sintió más solo que nunca

"A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” – Marcos 15,34

Durante la Última Cena, habías dicho a tus discípulos, “Mirad que llega la hora en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” (Juan 16,32) Pero, ahora te escuchamos exclamar que tu Padre te ha abandonado.

En Getsemaní, estuviste a punto de abandonar tu misión y le pedías a tu Padre que este cáliz pasara sin que tú lo bebieras. Mas, en un ejemplo de suprema obediencia, te abandonaste a la voluntad de tu Padre, “pero que se haga según tu voluntad y no la mía”. Sí, sabemos que aprendiste dicha plegaria de tu Madre, quien pronunció durante la Anunciación, “Fiat”. Incluso nos la enseñaste con el Padrenuestro. Esta vez, la plegaria era tuya. Tú te habías abandonado a la voluntad de tu Padre. Pero ahora, sientes que tu Padre te ha abandonado.

Cuán cerca en verdad estás de mí. En verdad te hiciste un hombre como yo, aunque tú jamás pecaste. Tú mismo te sientes abandonado por Dios como yo me siento muchas veces. La aflicción me hace olvidar que le pertenezco a nuestro Padre y también olvidar su amor incondicional. Con frecuencia me siento como si Dios escondiera su rostro de mí. Y tus palabras se hacen mías, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Le tengo miedo a esa sensación de soledad. Tiemblo al imaginar quedarme solo. Me estremezco al imaginarme hundiéndome en un vacío sinfín.

Desde la cruz, miras atrás a los 33 años de tu vida. Recuerdas rostros, encuentros, sanaciones, manifestaciones de amor. Recuerdas a cada uno que has amado y a cada uno que te ha correspondido en el amor. Ves también, en torno a tu cruz, el odio encarnizado que muchos te tienen debido a tus buenas obras, a tus curaciones y a tu perdón. Percibes en la mirada de algunos que te ven fijamente la satisfacción de aquel que está saciando su sed de venganza.

Tus palabras irritaron a muchos porque exigían un cambio de vida. Y el corazón humano, herido por el pecado, se rehúsa a cambiar. Ves a tus Apóstoles escondidos llenos de pavor y te lamentas por su debilidad. Miras la desolación a tu derredor a pesar de que una multitud te aclamara al entrar a Jerusalén hace pocos días. Miras a tu Madre, ensimismada, y a otras pocas mujeres, allí presentes arriesgando todo.

Miras tantas cosas que sientes un profundo vértigo en el alma y te cuestionas,

“¿Acaso este sacrificio tiene sentido?

¿Valió la pena amar a todos hasta el extremo?

¿Dónde están aquellos a quienes sané?

¿Dónde están aquellos a los que formé?

¿Dónde están aquellos a quienes amé?

¿Dónde están todo cuando más los necesito?

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡¿por qué me has abandonado?!”

Lo gritas y tu voz potente hiere mi alma. Quisiera decirte, “Aquí estoy yo, Jesús, al pie de tu cruz, a tu lado”. Quisiera confortarte en esta hora. ¡Pero ni siquiera soy capaz de consolarme a mí mismo! Me he quedado mudo al oír lo que acabas de decir. No tengo palabras al ver que te sientes abandonado por tu Padre.

Sé que eres el Hijo de Dios y eres más cercano al Padre que ningún otro. Aun así, le ruego a Dios que te dé consuelo y fortaleza. Y le pido que también a mí me consuele y fortalezca, cada vez que de mis labios se escapen esas mismas palabras, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Abril 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

Website: www.semillasparalavida.org