Semillas de la Palabra - Misericordia, Señor: Hemos pecado

Foto: CNS/Eric Thayer, Reuters Foto: CNS/Eric Thayer, Reuters

Imploremos la misericordia del Señor en el tiempo más sagrado del año

Con estas palabras habíamos iniciado nuestra preparación para la pascua cuando el miércoles de ceniza repetíamos la antífona del Salmo 50. Haber recordado que somos polvo y al polvo volveremos nos confrontó con nuestra realidad efímera. Nuestra vida en la tierra, tarde o temprano, llegará a su fin. El momento de la muerte es el momento de la verdad. Ya no hay marcha atrás. Lo hecho, hecho está. Y ante tal realidad, no queda más que ser sinceros y reconocer que nuestro paso por la vida se ha distinguido por nuestros múltiples pecados. De ahí que la exclamación espontánea ante el Señor sea “Misericordia, Señor: Hemos pecado.”

Este jubileo, implorar a Dios su misericordia tiene mayor significado. El Papa Francisco ha querido que toda la Iglesia sea receptora de la misericordia de Dios. Ojalá que nuestro caminar cuaresmal hasta Jerusalén, aun con sus tropiezos y caídas, haya sido ocasión de numerosas ocasiones para ser nosotros mismos misericordiosos con los demás. A la vez, de pedir perdón a Dios una y otra vez por nuestras faltas que parecen no tener límite.

Al llegar la Semana Santa, la misericordia del Señor alcanza su culmen. El Hijo de Dios que se encarnó se desangra clavado en una cruz. Poco a poco se le va sangre, se le van las fuerzas, se le va el aliento y se le va la vida. Su doloroso y lento sacrificio tiene una sola razón de ser: su infinito amor por nosotros.

La cruz puede no tener sentido. ¿Cómo explicar que el Hijo de Dios muera en una cruz por sus creaturas? ¿Acaso no la lógica humana dicta lo contrario? ¿No deberían más bien morir las creaturas en holocausto a su Dios? Pero Dios está perdidamente enamorado de nosotros y como todo
enamorado, es capaz de llegar al absurdo si es necesario, para demostrar su profundo amor.

La cruz solo tiene una explicación: la infinita misericordia de Dios. De un Dios que no se cansa de perdonarnos a pesar de nosotros mismos. A pesar de nuestras falsas promesas, a pesar de nuestras negativas y traiciones, a pesar de nuestro constante egoísmo, el Hijo de Dios está dispuesto a jugarse la vida por nosotros. ¡Y se la juega!

¿Vale la pena la apuesta máxima de Dios, cuando revisamos a conciencia nuestra vida? ¿En verdad vale la pena que Cristo muera en la cruz por ti? ¿Y por mí?

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ¡ten misericordia de nosotros! Porque sacaste a tu pueblo de Egipto y luego enviaste al mundo a tu Hijo y nosotros preparamos una cruz para nuestro Salvador.

Ten misericordia de nosotros, porque abres el mar rojo para que escapemos de quien nos oprime y nosotros abrimos tu costado con una lanza.

Ten misericordia de nosotros, porque tú guías nuestra vida cada día y nosotros te guiamos al pretorio de Pilato.

Ten misericordia de nosotros, porque tú nos alimentas con tu santa Eucaristía, como alimentaste a tu pueblo con maná en el desierto, y nosotros te abofeteamos y te azotamos.

Ten misericordia de nosotros, porque tú nos das de beber tu sangre para que tengamos vida eterna y nosotros te damos a beber vinagre y hiel.

Ten misericordia de nosotros, porque tú has hecho de nosotros tu pueblo elegido y nosotros te ceñimos una corona de espinas.

Ten misericordia de nosotros, porque cada vez que caemos, no te cansas de levantarnos una y otra vez y
nosotros te levantamos colgado de una cruz.

En este gran jubileo, Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ¡ten misericordia de nosotros!

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Noroeste Católico – marzo 2016

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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