Navidad y el drama de José

Foto: The Nativity, Gari Melchers, Gari Melchers Home and Studio, Fredericksburg, Virginia Foto: The Nativity, Gari Melchers, Gari Melchers Home and Studio, Fredericksburg, Virginia

La Madre de Dios depende del amor y de la audacia de su esposo para poder dar a luz al Redentor

Cuando está por nacer un niño, la atención de familiares y amigos se vuelca en la madre que está por dar a luz y después en el bebé que ha nacido. En nuestros tiempos, el padre suele tener un papel más protagónico durante el embarazo y el alumbramiento, pero al final, suele pasar desapercibido. En tiempo de adviento y Navidad, solemos hacer lo mismo y centramos nuestro amor y devoción en el Niño Dios y en la Virgen María. Quisiera por eso que revivamos con José y el drama que atravesó para poder ser el padre adoptivo del Hijo de Dios hecho hombre.

José, varón justo de la casa de David (Cf Mateo 1,19-20), es un hombre cabal y un esposo amoroso. Está profundamente enamorado de María y durante los esponsales, ese período inicial en que la pareja no puede todavía vivir junta estando ya comprometida, anhela con ilusión el momento de poder construir su vida juntos y su familia ya sin ataduras.

Sin embargo, lo inesperado sucede. Se entera de pronto de que María está encinta y el hijo no es suyo. Razón suficiente para destrozarle el corazón al más bueno de los hombres. Él ama a María, pero ¿cómo continuar con ella si ha quedado encinta sin que él interviniera? Las leyes judías permiten el divorcio. En este caso, María puede ser acusada de adulterio, pero moriría apedreada sin piedad. Varias noches de insomnio y días sin apetito le toman a José para resolver cómo proceder. Tan grande es su amor por su esposa, que a pesar de su dolor decide repudiarla en secreto, para que nadie se entere y así, ponerla a salvo. Su nobleza es admirable.

El ángel lo ilumina entonces explicando el origen del bebé que espera María. Las cosas cambian. José está ahora emocionado y ansioso. Siente sobre sus hombros el peso de ser el padre adoptivo de ese bebé, pero confía en que Dios sabrá guiarlo.

Transcurren nueve meses, a veces largos, a veces fugaces, y llega por fin el momento. Pero sucede justo cuando José tiene que viajar más de 130 kilómetros con María desde Nazaret hasta Belén para empadronarse. Un buen hombre siempre cumple con sus obligaciones civiles y esta era orden del César (Lucas 2,1) pero ¿por qué las cosas siempre suceden en los momentos más complicados?

A causa del empadronamiento, al llegar a Belén no encuentran donde pasar la noche. Y para colmo, María siente que el bebé está por nacer en cualquier minuto. Con el corazón palpitando en la garganta, las manos sudorosas y una gran angustia que lo sobrecoge, José llama de posada en posada y luego de casa en casa -solían tener un cuarto arriba para los viajeros- para escuchar una y otra vez que no hay espacio para ellos. José mira de reojo a María y se da cuenta de que el parto es inminente ¡Si no se da prisa, el bebé nacerá en la calle!

¡No hay tiempo que perder! En un momento de valor y audacia, José decide lo inimaginable: resguardar a María en una cueva que sirve de establo para los animales. Al menos allí no pasarán frío la madre y su bebé. Una y otra vez José toma a María de la mano y la anima con angustia, pero con firmeza, “Aquí estoy, María. Aquí estoy. No estás sola. Te amo”. La Madre de Dios depende del amor y de la audacia de su esposo para poder dar a luz al Redentor.

Con su frente perlada de sudor, José recuesta a María entre la paja. Finalmente, nace el Niño que recibe José entre sus manos. Dándole un beso, lo coloca con ternura en los brazos de su Madre. Así José, varón justo de la casa de David, es testigo del mayor portento realizado por Dios hasta ese momento. (Continuará en el próximo número.)

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Noroeste Católico – Diciembre 2018

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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