¿Por qué pierden los hijos el camino?

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Hay hijos que yerran el camino habiendo recibido el mejor ejemplo de sus padres

Un pesar común que expresan los padres de familia es ver cómo sus hijos, al llegar a la vida adulta o incluso desde sus últimos años de estudio, abandonan su fe u optan por vivir bajo criterios opuestos a lo que ellos les inculcaron. “Mi hijo era monaguillo, le gustaba ir de misiones. En la universidad dejó de creer en Dios”. “Mi hija estuvo en escuelas de monjas, cantaba en el coro en Misa, iba de retiro cada Cuaresma, decía que quería ser religiosa, pero ya ni a Misa va y vive, sin casarse, con su novio”. “Mi esposo jamás bebió ni fumó. Nunca llegaba tarde y pasaba todo el tiempo con mis hijos. Tres salieron a su padre. Pero el menor ha caído en vicios de los que parece no poder salir. ¡Los educamos igual y les dimos el mismo ejemplo! ¿Por qué?”

¿Qué provoca que los hijos no siempre respondan a las expectativas de sus padres? ¿A qué se debe que, pese a sus esfuerzos más nobles, su entrega, dedicación y buen ejemplo, algunos hijos abandonan a Dios?

Los padres tienden a culparse: “¿Qué hicimos mal?, ¿en qué fallamos?” Sí que hay padres desentendidos, madres desobligadas, padres ausentes, madres poco comprometidas. Pero, no son ellos quienes nos ocupan ahora, sino quienes saben en su corazón que hicieron su mejor esfuerzo, pero piensan que sus hijos erraron el camino por culpa de sus mismos padres.

Dudan de su enseñanza. Estiman que tal vez hablaron de más y les faltó dar ejemplo. ¿No dicen que las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra?

La realidad es que no bastan las enseñanzas ni el ejemplo del padre más presente, de la madre más amorosa, del maestro más sabio, de la monja más comprometida, ni del sacerdote más virtuoso. Es más, ni siquiera las enseñanzas y el ejemplo de Jesús mismo son suficientes si el hijo, alumno o discípulo carece de algo esencial, necesario incluso, para alcanzar la salvación. Parafraseando la canción de La bamba, podríamos decir que para subir al cielo se necesita una poca de gracia y otra cosita. La gracia la dispensa Dios. La otra cosita solo puede aportarla el hombre: su voluntad. De ahí la máxima agustiniana, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Un hermano marista colocó en mi preparatoria un cartel: “Ni el conocimiento, ni el tiempo, ni el esfuerzo del maestro valen sin la voluntad del estudiante”. ¡Es cierto! Vamos, de los Doce, que tenían por Maestro al Maestro de maestros, que vivían con el mismísimo Verbo encarnado, ¡hubo uno que acabó hasta traicionándolo! Los Doce recibieron la misma enseñanza y el mismo ejemplo y para colmo, de Jesús mismo. Pero uno optó por errar el camino de la peor manera.

Las enseñanzas y el buen ejemplo de los padres ayudan sin duda a formar buenos cristianos y virtuosos ciudadanos. Pero es solo la buena voluntad de sus hijos lo que hará que escuchen e imiten sus padres. Por igual, depende su voluntad rehusarse a escuchar, negarse a comprender, rechazar las enseñanzas e ignorar el buen ejemplo para vivir según les plazca. Una voluntad que, en la libertad de los hijos de Dios, nuestro mismo Padre celestial respeta.

Cuando los hijos yerran el camino, si los padres saben en conciencia que ellos dieron lo mejor al educarlos, pueden tener la conciencia tranquila. No son ellos quienes han fallado.

Su amor de padres hará que se preocupen por sus hijos. No queda entonces más que encomendarlos al cuidado amoroso de María y pedir a nuestro Padre celestial, que los ama más que nadie, que los colme de la luz de su Espíritu Santo para que, en el momento oportuno, como el hijo pródigo de la parábola, se levanten del fango y emprendan el camino de regreso a casa, donde recibirán la acogida amorosa de sus padres y recuperarán por parte de Dios, la dignidad que quizás hayan perdido.

¡Apasiónate por nuestra fe! 

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Noroeste Católico – Septiembre 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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