Resistiendo al espíritu del miedo

Tenía casi 4 años cuando aprendí de memoria mi primer versículo de la Biblia: “Porque no es un espíritu de cobardía el que Dios nos otorgó, sino de fortaleza, amor y dominio de nosotros mismos”. (2 Timoteo 1, 7).

Mi padre me lo enseñó para recordarme lo que era verdadero, cuando de noche las sombras en mi habitación se hacían cada vez más grandes. Inventamos unas señas con las manos para hacer que sea más fácil recordarlo. Cuando las sombras venían de noche, mis padres me escuchaban recitando el verso en mi habitación, más fuerte y más alto con cada repetición.

Fue como si mi padre supiese cuándo necesitaba ese versículo. De niño, adolescente y adulto, mi ansiedad se convertía en miedo que crecía tanto, que me aplastaba. Tenía miedo…

De conducir.

De tener un accidente de carro cuando otro conducía.

De caerme de un barranco.

De tropezarme.

De que me regañaran extraños.

De parecer un tonto.

De estar solo.

De probar algo nuevo.

Tenía tanto miedo que a veces no salía de mi casa durante semanas.

Pero algo sucedió. Ni siquiera podría decirles cuándo sucedió. ¿Fue después de casarme y saber lo que era ser amado por alguien? ¿O fue después de tener niños y saber lo que era amar a alguien tan plenamente? Sospecho que fue en ambos momentos, pero más que nada fue Dios, sigilosamente entre bambalinas, infundiendo la gracia, bondad y amor hasta que me hice más fuerte y menos temeroso.

Pero yo se lo fácil que es para mí volver a caer en el miedo. Es mi naturaleza, estoy hecho así. Si aparto la vista de Cristo por un segundo, estoy perdido, y todo lo que puedo escuchar son voces que me dicen mentiras. Debo recordarme a mí mismo lo que es verdadero y lo que no lo es, y de no sucumbir al miedo.

A Satanás le encanta cuando vivimos con miedo. Me desconecta de Dios y de mi comunidad. Me hace sospechar de los demás, cerrándome a ellos. Cuando vivo en el miedo, tomo decisiones que no solo me afectan a mí. El miedo alimenta el miedo, y crece, convirtiéndose en parte de mi propio carácter, parte de quien soy. Y yo no deseo ser esa persona.

Yo no quiero transmitirle esto a mis niños. Les enseñé el versículo de 2 Timoteo 1, 7, con gestos incluidos. Deseo que lo recuerden cuando lo necesiten, pero les enseñé otro versículo también.

 “El auténtico amor elimina el temor.” (1 Juan 4,18)

Fue el amor lo que me libró del miedo — el amor de mi esposa, el amor por y de mis hijos, el amor de mi comunidad, pero más que nada el amor de Dios que me reveló lo que es real y verdadero. Cuando mantengo mis ojos fijos en el amor verdadero de Cristo, permitiéndome recibir su amor, ya no tengo miedo. Me siento valiente.

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Northwest Catholic - June 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
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Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.