¿Qué no Jesús eliminó los sacrificios?

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P: ¿Por qué hablamos de sacrificio en nuestras oraciones, en especial en Cuaresma? ¿Qué no Jesús terminó con los sacrificios del Antiguo Testamento?

R: Tu pregunta es muy buena y muy importante para reflexionar a lo largo de la vida cristiana y no solo durante el tiempo santo de la Cuaresma. La ofrenda del sacrificio es algo a lo que Jesús dio plenitud y perfección, no la abolió. Más bien, el sacrificio eterno de Jesús se nos abre para que podamos unirnos a Él en ser una ofrenda perfecta al Padre. Ese es el honor más grande y el propósito de la vida cristiana.

Reflexionemos un poco más en lo que significa el sacrificio para poder apreciar la profunda invitación espiritual que Jesús nos ofrece.

Los sacrificios en el antiguo mundo judío de Jesús tenían una variedad de propósitos y solían involucrar la inmolación de un animal. Los sacrificios se usaban para sellar alianzas entre humanos y también entre la humanidad y Dios. Los sacrificios también se hacían para expiar los pecados, para dar gracias por las bendiciones recibidas y para establecer la comunión entre los participantes cuando compartían una comida (la práctica del sacrificio en el judaísmo antiguo debe distinguirse cuidadosamente de los sacrificios ofrecidos en el mundo pagando donde tales actos tenían como fin aplacar a los dioses o influir en ellos de un modo particular).

El sacrificio de Jesús en la cruz perfecciona todos esos fines de los sacrificios judíos.

La palabra sacrificio proviene de dos términos latinos que juntos pueden significar “hacer santo”. Por esta razón los sacrificios resultan esenciales a la vida cristiana.

Verás, solo Dios puede santificar algo. Nosotros no. Al hacer un sacrificio, le damos a Dios una parte de nuestras vidas para que Dios la santifique. ¡Vaya! Eso es mucho más que tan solo renunciar a algo por 40 días. Cuando hacemos un sacrificio como un discípulo de Cristo, no estamos botando algo o solo practicando la autodisciplina. Más bien, le damos activamente algo preciado a Dios para que Dios reciba ese don y lo use para sus fines.

Si comprendemos el sacrificio de esta forma, ¿por qué habríamos de retenerle algo a Dios? Después de todo, lo que no le ofrecemos a Dios no se santifica y lo que no es santo no es eterno. Cualquier parte de nuestra vida que no ofrezcamos a Dios para ser usada para sus fines es una parte de nosotros sin santificar. Esto es digno de reflexión siempre, pero en especial durante los 40 días de Cuaresma.

Es importante recordar que solo Jesús es el único sacrificio eterno aceptable al Padre. Todos somos imperfectos y pecadores. Solo podemos ser santos en Cristo Jesús ya que no tenemos mérito alguno separados de Él.

En su amor agraciado, Jesús nos invita a ofrecer nuestras vidas con Él al Padre para que seamos parte de su único acto perfecto y eterno de donación personal a Dios. Esta invitación se nos ofrece en todo momento a lo largo del día cuando hacemos ofrendas personales, pero también se ofrece de una forma agraciada particular en cada Misa cuando rezamos el ofertorio. En ese momento, a cada uno se nos da la oportunidad y el privilegio de colocar espiritualmente nuestras vidas para ser unidas con Jesús, para ser transformadas por Él y convertirnos en su cuerpo, el santo instrumento de la presencia de Dios y su acción en el mundo. Al unirnos a Jesús de esta forma a través del sacrificio de la Misa, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Cristo quien vive en nosotros. (Cf Gálatas 2,20)

¿Qué parte de tu vida le estás reteniendo a la gracia transformadora y santificante de Dios? Tal vez estos 40 días de Cuaresma puedan ser un tiempo en que de forma especial ofrezcas a Dios aquellas partes que más necesitan santificarse y descubrir lo que el Señor puede obrar en ti y a través de ti.

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Noroeste Católico – Marzo 2019

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.