¿Quién decidió qué libros deberían estar incluidos en la Biblia?

Qué buena pregunta — aunque no una fácil de responder. La respuesta más simple sería decir que el Espíritu Santo decidió. Sin embargo, esto no explica la maravillosa manera en que obró el Espíritu.

El canon de la Biblia es la lista de libros oficialmente reconocidos como Escrituras inspiradas que tienen un valor regulador para la fe y la moral cristiana. Esta lista no cayó del cielo. Más bien, el Espíritu Santo obró a través de la Iglesia a lo largo de siglos para que el magisterio pudiera discernir auténticamente el contenido legítimo de la Biblia.

Este proceso de discernimiento comenzó cuando la tradición oral tomó forma escrita y estos textos fueron utilizados en la oración y alabanza pública. El proceso llevó cerca de 1000 años para lo que los cristianos hoy en día llaman el Antiguo Testamento.

El canon de la Escritura fue definido por judíos a fines del primer siglo, pero todavía no estaba definido para los cristianos. Por siglos, esta discrepancia dio lugar a múltiples controversias bíblicas, culminando en una declaración definitiva durante la cuarta sesión del Concilio de Trento (1547). Los católicos reconocerían todos los 46 libros contenidos en la traducción griega conocida como el Septuagésimo, mientras que los protestantes generalmente reconocían 39 libros contenidos en el canon hebreo de las Escrituras. Esta diferencia de siete libros entre las biblias católica y protestante continúa hasta el día de hoy.

El Nuevo Testamento era más fácil de definir y surgió a lo largo de los primeros siglos del cristianismo. Las primeras listas de escrituras inspiradas aceptadas, como el canon de Muratori, apareció ya en el segundo siglo, junto con criterios para el discernimiento y la aceptación. Estos criterios incluyeron la correcta expresión de la fe cristiana (ortodoxia), el uso en la alabanza pública y formación cristiana, y el origen apostólico.

Los primeros obispos de la iglesia frecuentemente compararon y compartieron sus escritos locales con otras comunidades católicas. Por medio del proceso de compartir, orar y estudiar estas primeras escrituras, los obispos fueron guiados por el Espíritu Santo en su discernimiento de escrituras auténticas del Nuevo Testamento en el Concilio de Nicea (325), y finalmente establecieron el canon de escritos cristianos en el sínodo de Roma en 374, convocado por el Papa Dámaso I, junto con la traducción de la Biblia a la lengua vernácula (latín) por San Jerónimo.

Aunque el reformador protestante Martín Lutero buscó disminuir algunos libros del canon del Nuevo Testamento (especialmente Hebreos, Santiago, Judas y Revelación), estos escritos fueron eventualmente mantenidos, y el canon de escritos cristianos permaneció intacto, tanto para católicos como para protestantes. Los 27 libros del Nuevo Testamento están contenidos en toda versión cristiana de la Biblia.

El Espíritu Santo obra por medio de la acción humana, así que es importante para nosotros estar abiertos a la guía y la inspiración del Espíritu Santo para poder interpretar los acontecimientos de nuestro mundo de acuerdo con la mente de Cristo y actuar con fidelidad como el cuerpo de Cristo.

El mismo Espíritu Santo que guio a los sagrados escritores del pasado, nos habla a nosotros a través de esos escritos cuando nos reunimos para orar en la Misa, para que podamos más fácilmente reconocer la hermosa presencia y acción de Dios en nuestras vidas ahora, y responder con fe, esperanza y amor.

Noroeste Católico - Octubre 2020

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.
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