Los derechos y privilegios de ‘graduación’

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Querida clase 2017:

A través de los años he participado en muchas ceremonias de graduación. He entregado muchos diplomas. Mientras lo hacía, recordaba los diplomas que recibí en los varios grados de mi educación. Mi diploma del seminario está en latín, pero básicamente dice lo mismo que mi diploma de universidad, que dice algo así:

James Peter Sartain, habiendo completado satisfactoriamente todos los requisitos académicos debidamente requeridos por las autoridades de este colegio y el estado de Indiana, por este medio se le otorga esta Licenciatura en Artes y se le conceden todos los derechos, honores y privilegios propios de los alumnos de este instituto.

Siempre me he preguntado cuáles los “derechos y privilegios” de un exalumno de mi colegio, pero hasta ahora nadie me lo ha dicho.

La mayoría de los términos que usamos en referencia a la graduación encuentran sus raíces en el latín. De hecho, para los romanos el diploma era un documento gubernamental que indicaba que el portador tenía el derecho a ciertos privilegios. El origen en latín de la palabra graduación tiene que ver con avanzar al siguiente paso. Y bachillerato se refiere a aquel a quien ha sido otorgado una corona de laureles por haber logrado algo grande. Hablamos de nuestra alma mater, que significa “nodriza.” Y se refiere a los graduados como alumni, que significa “niños de crianza.”

Como a Sn. Pablo le gustaba recordar a las autoridades del Imperio Romano, él era ciudadano romano y por tanto se le atribuían los derechos y privilegios de su ciudadanía. Esta ciudadanía fue de gran ayuda cuando fue llevado ante la corte o cuando amenazaban sus derechos. No lo podían tratar como extranjero o personal inexistente en el Imperio Romano, porque era ciudadano; él tenía derechos y ¡quizás llevaba un diploma para probarlo! Él usó esta imagen cuando predicaba y nos recordó que como cristianos “no son extranjeros y advenedizos, sino ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” (Efesios 2,19)

Pablo usó una imagen parecida para describir a aquellos que han sido bautizados. Nos llamó “hijos adoptivos”. No eligió usar la imagen de niños de crianza nutridos por un tiempo por tiernas nodrizas, y sabía que el bautismo es mucho más que recibir una corona por haber logrado una meta o haber completado cierta capacitación. En cambio, enseñó que a través del Espíritu Santo somos hijos e hijas adoptivas y por tanto herederos con Cristo y ciudadanos del cielo.

Comparó nuestro estatus como cristianos con lo que sucede cuando un esclavo doméstico se convierte en hijo adoptivo. En la sociedad romana, si una pareja sin hijos quería un heredero, a veces adoptaba a su sirviente favorito. De ese modo un antiguo esclavo se convertía en miembro de la familia y de repente tenía una herencia. El hijo recién adoptado no tenía ninguna exigencia personal sobre su nueva posición social, porque no lo había ganado por mérito, le había sido otorgada gratuitamente sobre él solo por amor.

Sn. Pablo encontró que esta imagen era una buena manera de explicar lo que Dios hizo por nosotros en Cristo por el bautismo. No por mérito ni por logro personal, sino solo por el amor del Padre, somos adoptados en la familia inmediata de Dios. Somos hijos e hijas de Dios Padre, hermanos y hermanas del Hijo único de Dios, que recibirán la misma herencia que el Hijo: una vida a la diestra del Padre por toda la eternidad. No solo eso, porque somos hermanos y hermanas en Jesús, el Hijo de Dios, incluso podemos llamar a Dios Padre con el nombre que usa Jesús: Abba. En fin, que ya no somos esclavos, sino miembros de la familia.

Tenemos derechos y privilegios como herederos. Dios lo ha hecho posible a través de la muerte y resurrección de su Hijo. Pero también tenemos responsabilidades como hijos e hijas. Pablo nos enseñó que nuestro nuevo estatus nos exige que nos comportemos de cierta manera, que muestre que no somos esclavos de ninguna persona o cosa, especialmente del pecado, sino que somos los hijos libres de Dios, discípulos de Jesús llenos del Espíritu Santo.

¡Imagínense como se habrá sentido uno de esos esclavos romanos adoptado por sus dueños! Libertad, una herencia, una familia, un futuro. Debe haber cambiado su perspectiva en todo.

Su graduación es una buena oportunidad para reflexionar sobre cómo quieren vivir su “ciudadanía celestial” de ahora en adelante. Su diploma describirá ciertos derechos y privilegios mundanos, pero su fe de bautismo es mucho más importante, porque es el acta de su ciudadanía celestial. Mientras “dan el siguiente paso”, hagan el propósito de ser un consciente, alegre y fiel discípulo de Jesús. En otras palabras, una decisión de vivir de una manera consistente con su bautismo en la ciudadanía celestial. Jesús nunca los abandonará, y entre más conscientemente vivan en su presencia, obtendrán la paz.

¿Sabían que la palabra parroquiano viene del griego y se refiere a nuestro estatus como “extranjero residente”? Nuestro verdadero hogar está en otra parte, pero aun así debemos vivir esa ciudadanía plenamente desde ahora.

Cuenten siempre con mis oraciones, no solo durante la graduación, porque juntos somos herederos de una herencia que ningún diploma mundano puede describir.

Sinceramente en Cristo,

Arzobispo Peter Sartain

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Noroeste Católico – mayo 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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