Escuchar con el corazón

Illustration: Ellen Bollard Illustration: Ellen Bollard

El oído interior

El mundo grita

Aviones, automóviles, barcos, trenes, televisión, radio, maquinaria de todo tipo, explosiones y bocinas gigantescas por doquier. En medio de todo este continuo bullicio, ¿podemos todavía escuchar? Hay tanta estridencia que puede reventarnos los tímpanos. No es pues de extrañarse que tengamos hoy a tantos padeciendo sordera.

Con muchos decibeles el mundo nos está gritando que vivimos a un ritmo frenético de traslados gigantescos, de compras innecesarias, de información superficial e inmediatista, de sentimientos provocados que apenas rozan nuestra piel y de emociones tan fugaces como relámpagos.

A pesar de lo prodigioso de nuestra mente para procesar datos y experiencias, difícilmente logra acomodarlas en el lugar adecuado, generando así desorden y confusión interior. Algo similar sucede en nuestro corazón que, ante tanta confusión, frecuentemente deambula sin rumbo por cualquier sendero que la vida le presente.

Dios habla en voz baja

A lo largo de la historia judeo-cristiana, Dios se ha comunicado con el ser humano principalmente hablándole en su interior, a su corazón. Dios habló en el pasado y sigue hablando hoy apenas en un susurro, en un murmullo difícil de escuchar, a menos que encuentre silencio; el silencio de un corazón enamorado; así, el silencio interior, se hace altamente sonoro. Así le habló a Elías en el monte Horeb, así le habló a Samuel en la soledad del templo. (cfr. 1 Reyes 19; 1 Samuel 3)

Un corazón enamorado es el oído interior en donde habla, en donde susurra Dios. Dios susurra al oído de todos aquellos que hoy trabajan incansablemente por la paz, confiando tesoneramente en la bondad inherente en cada ser humano. Dios murmura en voz baja al interior de los que con sencilla alegría, como Sn. Juan XXIII, quieren hacer llegar la presencia de su amado a todos los que encuentren a su alrededor. Dios cuchichea su confortante presencia a los que como Sta. Teresa de Calcuta se detienen a escuchar a los desposeídos y abandonados. Dios comunica su alegría a los que como Sn. Juan Pablo II caminan optimistas los senderos más tortuosos que se les presenten.

Dios siempre ha querido compartir con nosotros sus pensamientos y sus sentimientos. Por eso en un momento de nuestra historia decidió habitar entre nosotros.

Durante su peregrinar por esta tierra, muchos oyeron hablar a Jesús, pero muy pocos lo escucharon. Esos que lo escucharon fueron transformados por su palabra, porque lo escucharon con el corazón, porque su palabra les habló al interior y les dio un rumbo definido a sus vidas; les hizo sentirse amados.

Dios quiere hoy seguir compartiendo los sentimientos más íntimos de Su corazón como lo hizo con la Venerable Conchita Cabrera, gozándose de encontrar un corazón como un oasis en donde encontrar solaz, frescura y descanso. Dios quiere ser acompañado y por eso comparte el interior de su corazón con Sta. Margarita Alacoque, con Sta. Faustina, con Sta. Teresita y con todo aquel que disponga el oído del propio corazón a escuchar al corazón divino. Escuchar tan cercanamente a Jesús en el sagrario, que hasta lo escuche toser, como juguetonamente decía Conchita Cabrera.

Dios sigue y seguirá hablando para todos nosotros en la Escritura; en la palabra de su Hijo Jesús, en la doctrina de la Iglesia a través de la enseñanza del sucesor de Sn. Pedro, y por supuesto sigue y seguirá hablando al corazón de cada uno de nosotros susurrando nuestro nombre suavemente.

Los enamorados saben distinguir la voz del amado y al escucharla responden con inmediata alegría.
Afortunadamente, siguen surgiendo mujeres y hombres que saben escuchar con el corazón. María fue una de esas con un corazón todo oídos y por eso logró enamorar a Dios y hacer cercana su voz para nosotros.

¡Habla, Señor! Nuestros corazones quieren seguirte escuchando.

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Noroeste Católico – noviembre 2016

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Website: www.seattlearchdiocese.org