Latidos divinos

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Sentir con Jesús

Hace muchos años tuve la oportunidad de ver una película sobre la vida del compositor alemán Ludwig van Beethoven, bajo el título de Amada Inmortal. A lo largo de todo el filme uno goza de la inefable música de este genio, mientras se muestra con fotografías espectaculares y excelentes actores, la interpretación del director sobre los escondidos sentimientos del músico, desde su juventud hasta su muerte.

Como es de todos sabido, Beethoven fue perdiendo el oído paulatinamente hasta quedar totalmente sordo. Algunas de sus magistrales sinfonías las compuso cuando era ya sordo, lo cual hace aún más grande su genialidad.

En una escena del filme, se muestra a Beethoven, ya sordo, encerrado en su sala de trabajo por temor a que los demás se dieran cuenta de su sordera, sentado ante su piano de cola escribiendo la música de su inspiración. Como ya no era capaz de escuchar las notas que tocaba en el piano, se reclinaba totalmente sobre el mismo, hasta posar su rostro sobre la caja del instrumento, para así sentir lo que estaba tratando de producir y descubrir a través de las vibraciones si la secuencia de sus notas era la deseada y correcta.

Esa escena me viene con frecuencia a la mente cuando al iniciar la Eucaristía me inclino a besar el altar. Quiero en ese momento sentir las vibraciones del corazón de Jesús para trasmitirlas a todos durante la celebración.

En el Evangelio de Sn. Juan, encontramos un pasaje donde se narra que el amado discípulo Juan se recostó sobre el pecho de Jesús. (Juan 13,23) Esto sucede durante la Última Cena y ante el anuncio de Jesús de que uno de sus discípulos lo iba a traicionar.

Seguramente Juan quería escuchar los latidos más íntimos del corazón de su amado maestro ante la gravedad del momento que vivía y deseaba estar en sintonía con las vibraciones de ese divino corazón.

Si queremos reproducir la música del corazón de Jesús, tenemos que reclinarnos totalmente sobre su corazón. Actuando así, seremos capaces de descubrir si las notas que emite son de tristeza o de dolor al contemplar el mundo con tanta violencia y división entre los humanos. Reclinados sobre su pecho es donde podremos también interpretar las vibraciones de regocijo que le provoca el ver a cualquier hombre o mujer intentar nuevas formas de perdón, de fraternidad, de justicia y de paz.

Taquicardia humana

Basta con ver los noticieros televisivos o leer los titulares de los periódicos, para darnos cuenta de que el corazón humano está seriamente afectado con una arritmia mortal. No estamos permitiendo al corazón divino de Jesús bombear su salutífera sangre por las venas de la humanidad, para limpiarnos de cualquier leucemia mundana y palpitar al ritmo del corazón de nuestro amado inmortal.

En el filme, se presenta a Beethoven tratando de llegar a una crucial cita con su amada cuando un fortuito accidente se lo impide, cambiando el rumbo del resto de su existencia causando gran dolor y confusión.

Quizá en nuestro correr al encuentro con nuestro Amado, también fortuitos accidentes (erróneas o tardías decisiones que los creyentes llamamos pecados) nos han impedido llegar a la ansiada cita, provocando nuestra dolorosa y fatigante arritmia cardíaca tan diversa de los suaves y acompasados latidos de Dios. Los latidos del amante corazón divino, en cambio, hacen fluir su sangre para nosotros con un ritmo armonioso y lleno de vida.

Ardientes y sencillos corazones como los de las místicas Sta. Margarita María Alaçoque o la Venerable Conchita Cabrera de Armida han tenido el gozoso privilegio, como Sn. Juan, de recostarse sobre el corazón del Amado Inmortal. Ellos nos han transmitido en sus escritos los sentimientos más íntimos de ese insondable corazón que sufre y goza con cada uno de nosotros, amados suyos.

El evangelio de Sn. Lucas nos narra que en cierto momento, viendo Jesús la fuerza y presencia de su Padre Dios actuando en los discípulos que regresaban alegres a encontrarlo, se “llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. (Lucas 10,21)

El corazón de María vibraba al mismo ritmo amoroso de Dios. Por eso no llegó nunca tarde a la cita con el Amado. Pidámosle que interceda por nosotros para que identifiquemos las notas amorosas de su corazón en nuestras vidas por encima de nuestra arritmia o sordera. Para Él nada es imposible. Solo necesita que nos recostemos en su dulce corazón.

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Noroeste Católico – abril 2017

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

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