Déjate asombrar por la Eucaristía

“La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia, que experimenta con alegría cómo se realiza continuamente la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mateo 28,20).”

Así comienza Sn. Juan Pablo II su última encíclica, Ecclesia de Eucharistia. Celebrando en nuestra arquidiócesis nuestro Año de la Eucaristía, nos conviene releer con detalle esa última carta que escribió Juan Pablo el Grande con el fin específico de “suscitar el asombro eucarístico en la Iglesia”.

Cuánto encierra esta sencilla pero profunda expresión: “el asombro eucarístico”.

¡Qué mejor remedio a la gran falta de fe en la Presencia Real que se registra en nuestros tiempos entre los católicos de nuestro país! Suscitar una y otra vez ese asombro de quien se encuentra de forma consciente con Cristo Eucaristía. Debemos hacer de ese asombro un hábito.

Ese mismo asombro de aquellos dos que, de camino a Emaús, se topan con uno que les habla de las Escrituras y luego les parte el pan haciéndose invisible en ese instante, dejando su corazón ardiendo al descubrir que el Cristo crucificado está más vivo que nunca cuando se parte el pan.

Ese asombro de los niños que, tras meses de catequesis, sienten en su boca por vez primera la hostia consagrada y la dejan disolverse con delicadeza en su lengua, percibiendo cómo Jesús entra de lleno en sus corazones.

Ese asombro del sacerdote en su cantamisa, cuando por vez primera levanta con sus temblorosas manos un pedazo de pan que el Espíritu Santo, enviado por el Padre, transforma en el Cuerpo de Cristo entre sus dedos.

Ese asombro de los miles de peregrinos que, en distintas partes del mundo, son testigos oculares de los milagros eucarísticos, sintiendo lágrimas rodar por sus mejillas ante el portento que los sobrecoge y avasalla.

Ese asombro de millones de fieles que cada semana se reúnen con su sacerdote para adorar a Jesús, oculto en ese Pan del cielo, que contiene todas las delicias.

Ese asombro de los moribundos que, sintiendo con angustia que la vida se les va sin vuelta atrás, reciben en su lengua por última vez la Eucaristía, que les da un momento inusitado de paz y les permite cerrar los ojos, sabiendo que los acompaña el viático en su viaje hacia la casa del Padre celestial.

Si hay quien ha dejado de creer en la Eucaristía, es porque ha dejado de asombrarse ante este milagro de amor tan infinito, en que el Hijo de Dios se hace pequeño, sencillo y humilde, para entrar en nosotros.

Vivamos nuestro Año de la Eucaristía de forma deliberada, concreta y, sobre todo, apasionada. Dejémonos asombrar en cada Misa como aquellos de Emaús, cerrando nuestros ojos tras comulgar y sintiendo nuestro corazón arder ante la certeza de que, en verdad, es Jesús quien está ahora en nuestro corazón.

¡Apasiónate por nuestra fe!

Noroeste Católico - Noviembre 2020

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

Website: www.semillasparalavida.org