El milagro de Pentecostés nos muestra el camino: Una reflexión sobre cómo superar el racismo

“El racismo no es simplemente un pecado entre tantos otros; es un mal radical que divide a la familia humana y niega la nueva creación de un mundo redimido. Para luchar contra éste se requiere una transformación igualmente radical, en nuestras propias mentes y corazones, así como en la estructura de la sociedad”.

Obispos católicos de Estados Unidos, Hermanas y hermanos nuestros, 1979

La muerte de George Floyd por manos de un oficial de policía de Minneapolis ha colocado el racismo a la vanguardia de las conversaciones a nivel nacional. Muchas regiones del mundo están repentinamente prestando atención y respondiendo al racismo de maneras que nunca se han visto ni vivido antes.

Esto es esperanzador. Aun así, recuerdo las palabras de un artista que una vez observó que el racismo ha estado con nosotros por más de 400 años, y estará aquí por los próximos 400 años.

Yo prefiero un punto de vista diferente. Es fácil quedar atrapado en la desesperación, dado que el racismo parece haber hecho metástasis en la sociedad como conjunto. El racismo está en todas partes. Se manifiesta de varias maneras, no solo al poner a ciertos grupos el nombre de criminales y asesinos. Sin embargo, incluso en este contexto aterrador y abrumador, nuestra fe en Jesús es más fuerte que la omnipresencia del racismo, y puede –y logrará– llevarnos a la tierra prometida.

Entre los varios obstáculos para superar el racismo está una preocupante tendencia de muchas personas a negar la propia existencia del mismo, prefiriendo en cambio vivir en la completa ignorancia de la realidad cotidiana que vive mucha gente.

Yo soy un diácono africano-americano de cuna católica que creció en Luisiana. Para mí —y para muchos en nuestra nación — el racismo es simplemente un hecho real. Crecí luchando por superar múltiples situaciones de racismo, y aprendí a caminar por el mundo con la consciencia de que este pecado está siempre presente. Desde entonces he servido en las fuerzas armadas y en el departamento de policía; aun así, continúo experimentando el racismo, incluso estando en un matrimonio mixto y simplemente siendo un hombre negro en América. Demasiados de nuestros compañeros católicos han vivido el racismo en propia piel y viven con miedo a causa del mismo.

Sin embargo, a través de mi fe, he aprendido a no permitir que estas experiencias definan quien soy como padre, como esposo, como colega y como miembro de una comunidad de fe católica.

Es finalmente tiempo de que tengamos una conversación más profunda sobre el racismo. Es difícil, ya que este tema es amplio y complejo, y provoca emociones fuertes en las personas. Probablemente deberíamos evitar participar en redes sociales, mensajes de texto o correos electrónicos, para a cambio conversar con los demás en persona y así dar lugar a una auténtica conversación. Debemos comenzar admitiendo que el racismo está absolutamente vivo en el mundo, y que es un pecado.

El pecado es siempre un tema espiritual. Los cristianos católicos han liderado la lucha contra los pecados del aborto, de la trata de personas, de las desigualdades en el sistema de inmigración y otros múltiples asuntos de vida y justicia. Tenemos muchos ejemplos de desmantelamiento de estructuras que suprimen la dignidad humana que fueron reemplazadas por algo nuevo y amoroso. Por ejemplo, nuestro activismo colectivo contra la pena de muerte llevó a su abolición por parte de la Corte Suprema de nuestro estado. El pecado del racismo, no obstante, parece ser mucho más difícil de erradicar. Está profundamente enraizado en nuestra nación, dada su larga historia de estratégica infiltración en nuestros sistemas.

Tal como los líderes de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos escribieron en una declaración del 29 de mayo: “El racismo no es una cosa del pasado o simplemente un asunto político descartable que se puede utilizar cuando conviene. Es un peligro real y presente que debe tratarse de frente. Las personas de buena consciencia no deben jamás hacer la vista gorda cuando ven ciudadanos privados de su dignidad humana o incluso de sus propias vidas. La indiferencia no es una opción”.

Afortunadamente para nosotros, vivimos en una región única del país. Tenemos personas de todo el mundo viviendo en nuestra arquidiócesis. Como director de Ministerios Multiculturales, he trabajado de cerca con varias comunidades católicas de distintas culturas, que representan seis de los siete continentes.

Cuando me invitaron a ocupar este cargo, me emocionó tener la oportunidad de aprender sobre las varias culturas de las que se compone nuestra Iglesia Católica en el Oeste de Washington. He tenido la oportunidad de dialogar con las personas y de celebrar las muchas tradiciones de más de 20 comunidades culturales que hablan varios idiomas diferentes.

Pronto me di cuenta de que la arquidiócesis necesitaba una oportunidad de unir a todas estas culturas en un evento que incluyera todas las razas, culturas, edades y talentos; nuestra primera Misa de Celebración de Nuestros Santos se realizó en 2018. Celebrada con relación al Día de los Santos, la misa es una oportunidad anual para que las comunidades se encuentren y presenten a sus santos, con su historia y su cultura. ¡También es una oportunidad de compartir comida y tradiciones típicas de sus comunidades!

He sido testigo de tantos bellos momentos en estos eventos, pero hay uno que ha tenido mayor impacto para mí, que fue cuando los hermanos y hermanas swahili danzaron y cantaron en círculo alrededor de la mesa de sus santos. Minutos después, miembros de nuestra comunidad polaca, ataviados con sus distintivos sombreros y vestimenta, se unieron en círculo a la danza y al canto. Esto fue el Evangelio en vivo y en directo. Esto fue el Reino del Cielo en tiempo real. Fue un momento moderno de Pentecostés en el cual múltiples idiomas se hablaban y se comprendían. La unidad en la diversidad nació allí, de la mano del Espíritu Santo. Esta es la receta que debemos seguir de ahora en adelante.

Como católicos cristianos, estamos llamados a una conversión permanente. Estamos llamados a respetar la dignidad y la igualdad a pesar de las diferencias. Necesitamos arder con ese mismo fuego y determinación que tenemos dentro para acabar el aborto y la eutanasia y utilizarlo para erradicar el pecado del racismo.

Las conversaciones acerca del racismo son incómodas, pero necesarias. Debemos continuar apoyándonos en la oración en este camino difícil, y pedir al Espíritu Santo que nos guíe. Después de todo, el pecado del racismo no se revela solo en el crimen y la violencia. El pecado puede ser silencioso. El pecado puede ser la indiferencia. Puedes mirar a alguien como diferente de ti y no importarte su posición porque a ti no te afecta el racismo de la misma manera. Solo estar en sintonía con el Espíritu Santo puede darnos el coraje de participar en conversaciones difíciles frente a frente.

Yo sugiero que esas conversaciones comiencen en la familia, seguidas de cerca por la familia parroquial. De allí, debemos salir y buscar relacionamientos con aquellos que son diferentes. Debemos liderar con nuestros oídos y corazones, buscando primero escuchar y comprender antes de hablar. No se puede tener empatía por los demás a menos que primero llegues a conocerles — y a amarles. Este es el ejemplo que Jesús dio continuamente. Existen ya grupos de personas que se reúnen en nuestra arquidiócesis para forjar una respuesta católica al racismo. Espero que todas las parroquias y escuelas participen de este esfuerzo por unir a los feligreses para acabar con este pecado.

Calmemos nuestra ira, oremos, acerquémonos al Espíritu, busquemos llegar a las personas, escucharles y conversar. Jesús y el amor son más fuertes que el racismo y el odio. Nadie es superior o inferior. Cada persona — de cada raza — fue creada por el mismo Dios a su imagen y semejanza. Cada uno de los seres humanos.

El Diácono Carl Chilo es el Director de Ministerios Multiculturales de la Arquidiócesis de Seattle. Su contacto es: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it..

 

María, amiga y madre de todos, 
a través de tu Hijo Dios ha encontrado un camino
para unirse a todos los seres humanos,
llamados a ser un solo pueblo,
hermanas y hermanos entre sí. 

Pedimos tu ayuda al recurrir a tu Hijo,
buscando el perdón por las veces en que
hemos fallado en amarnos y respetarnos. 

Pedimos tu ayuda para obtener de tu Hijo
la gracia que necesitamos para vencer el mal del racismo
y construir una sociedad justa. 

Pedimos tu ayuda para seguir a tu Hijo,
para que el prejuicio y la animosidad
no infecten ya nuestras mentes o corazones
sino que sean reemplazados por el amor que respeta
la dignidad de cada persona. 

Madre de la Iglesia,
el Espíritu de tu Hijo Jesús
alienta nuestros corazones:
Ruega por nosotros.

Conferencia Episcopal de los EE.UU., Abramos nuestros corazones, 2018

Noroeste Católico - Septiembre 2020