Encontrando el sentido en lavar los platos y la ropa

Este año, he pasado más tiempo en mi casa que cualquier otro año. Y sé que tú también.

Y porque he estado muchas horas, días y meses en mi casa, mi vida parece fundirse en un constante lavar ropas, platos, fregar y limpiar esa pequeña área alrededor del inodoro.

Hay un millón de cosas que haría en vez del trabajo de la casa. Luego, en mi mente escucho a mi Abuela Ferguson hablar sobre la época de la Gran Depresión con su acento de Oklahoma: “Todos quieren cambiar un millón de cosas, pero nadie quiere lavar los platos”. Mi Abuela Ferguson limpiaba las mesadas, fregaba los pisos, cortaba la fruta y cocinaba guisos. Era su forma de demostrarnos su amor. Y era la forma en que ella amaba a Dios.

Uno de los recuerdos preferidos de mi abuela es cuando me enseñó a planchar mi camisa para la misa. Ella mojaba la camisa con agua y almidón, a la antigua, antes de mostrarme como hacer pliegues profundos en las mangas sin quemar la tela. Es extraño lo cerca que le siento cuando recuerdo esa escena. Por medio del amor, una tarea simple y mundana se convierte en santa.

El poeta Wendell Berry dice: “No existen lugares no-sagrados; solo existen lugares sagrados y lugares profanados”. En otras palabras, solo existen lugares que nos hemos olvidado que eran sagrados. Sí, recordamos que nuestro hogar es sagrado, pero a veces nos olvidamos de que el jardín, la canasta de las ropas sucias, y el fregadero de lavar platos también son sagrados.

De pronto, los platos descartables cobran sentido.  

Mi esposo es mucho mejor que yo para hacer que estas tareas sean sagradas. Hornear pan y cuidar el jardín son las formas en que demuestra su amor por mí y por nuestros hijos. Cortar la hierba es un momento de oración y meditación, es cuando pone en orden sus pensamientos con Dios.

Sta. Teresa de Lisieux escribió en su autobiografía, Story of a Soul (Historia de un alma), que fue en medio de las tareas cotidianas de la casa que Cristo estaba más presente en ella. ¿Qué tal si yo cambio la lente a través de la cual veo estas tareas?

Hay una quietud, un silencio en estas rutinas repetitivas de doblar camisas y toallas o secar un fregadero lleno de platos mojados y apilarlos prolijamente en el armario. Hay una cualidad de siervo en estos deberes domésticos. A medida que realizamos estas sencillas tareas con amor, nos volvemos más como Jesús, quien vivió entre nosotros como alguien que sirve.

Cuando realizo estas tareas con intención, con amor, mis ojos se abren a la presencia de Cristo. Las tareas domésticas se vuelven mucho más agradables. Se convierten en actos de oración. Nuestro espacio se vuelve tranquilo y agradable, en lugar de entrar en pánico y apresurarnos. Ya no es simplemente una casa, sino un hogar.

El monje del siglo XVII, el hermano Lawrence, entendió esto cuando escribió: “No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por el amor de Dios, que no mira la grandeza de la obra, sino el amor con que se realiza”.

Quiero que mis hijos sientan la cercanía que sentí con mi Abuela Ferguson. Quiero que encuentren belleza, paz y la presencia de Dios en lo que otros llaman una simple tarea.

Noroeste Católico - Septiembre 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
__________

Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.