Orar sin cesar a través de los Salmos

Cuando San Pablo dice: “orar sin cesar”, pienso para mis adentros, “Es loable y bueno para ti, San Pablo, pero yo no soy más que una persona común y corriente”. Tengo “carpool” y Costco, y un calendario llenísimo. Y, además, a veces estoy demasiado enojada como para orar. Otras veces estoy demasiado sola para orar. Y otras, seamos sinceros, soy demasiado terca como para orar.

Me vuelco a los salmos para que me guíen, esperando descubrir un lenguaje para las cosas que no puedo decir con mis propias palabras. Leo “Respóndeme cuando te llamo” (4,2) o “¿Hasta cuándo estaré intranquilo con mi corazón apenado día tras día?” (13,3) y encuentro que esas palabras me suenan tan familiares — suenan como yo.

El escritor Paul E. Miller dice, “El salmista insistía a Dios, con esperanza, sueños, peticiones. La oración es insistente”.

Y esa soy yo. Insistente.

Al leer los salmos, lo que noto es la intimidad. La intimidad que tengo con mi esposo o mis hijos no es cortés ni formal. Nuestra intimidad viene de mostrarnos vulnerables e imperfectos unos frente a otros — sabiendo que aun así somos amados.

Esto es lo que veo en los salmos. El salmista grita cuando está enojado, cuando se siente solo o cuando es obstinado. También clama cuando se arrepiente, cuando se siente agradecido o simplemente cuando está alegre. El salmista es sincero y honesto con Dios— y sabe que es amado.

Comienzo a observar varios tipos de oración: la súplica — pedir a Dios un favor; contrición — pedir perdón; dar las gracias — demostrar a Dios gratitud; y adoración — alabar a Dios.

Me doy cuenta de que cuando el salmista está desahogándose, o expresando su soledad, lo que en realidad está haciendo es pedir a Dios que le libere de ese sentimiento. Es una oración de súplica.

Comienzo a practicar esta intimidad, recordando que no tengo que ser nadie más que yo misma cuando me dirijo a Dios. Nunca vamos a lograr la intimidad fingiendo ser otra persona.

Clamo a Él en mi soledad de la mañana, prestando palabras del salmista — “soy humilde, pobre soy” (86,1) — hasta que encuentro mis propias palabras, hasta que le siento escuchándome. ¡Entonces Él ya no puede hacerme callar! Oro por mi amigo enfermo , comparto mi esperanza en un proyecto en el que estoy trabajando, y luego me quejo de una amistad amarga, todo esto mientras vuelvo de dejar a los niños en la escuela.

En tanto reviso los emails durante el almuerzo, recuerdo la cancioncilla tonta que mis hijos estaban cantando esa mañana y susurro una rápida oración de gracias, por las tonterías, por la canción, por la sonrisa, por mis hijos. Antes de la cena, voy a dar una corrida corta por el Lago Washington y miro como una garza estira sus patas mientras los patos nadan dejando marcas sobre el agua. Siento asombro ante un Dios que crea toda esta belleza, y rezo oraciones de adoración por quien Él es.

Al trascurrir el día, descubro que no estoy tan sola. He estado compartiendo una intimidad con Dios al compartir mis días con Él, y me doy cuenta de que esto es lo que San Pablo quería decir acerca de orar sin cesar— para pedir, para esperar, para soñar.

Read the English version of this column.

Noroeste Católico – Enero/Febrero 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
__________

Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.