Tu oro, tu incienso y tu mirra

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Al igual que los Magos de Oriente, presenta estos regalos al Niño Dios en su epifanía

La Epifanía del Señor es una de las fiestas más bellas en el tiempo de Navidad y en todo el año litúrgico. Esto debido al simbolismo que encierra además del episodio tan bello en el evangelio acerca de la adoración de los Magos. (cf. Mateo 2,1-12)

Lo que sucede en la Epifanía es la segunda adoración que recibe el Niño Dios después de la que hicieron los pastores representando al pueblo de Israel. Dios había escogido un pueblo para prepararlo a través de los siglos y que sirviera como cuna para el nacimiento del Mesías. Así, los pastores de Israel gozan del gran privilegio de ser los primeros en recibir la noticia de que el Mesías había nacido. Por supuesto, fueron los primeros en acudir a adorarlo. Este pueblo de Israel no fue representado por los sumos sacerdotes ni por los grandes religiosos, sino a través de los sencillos. Fueron los pastores quienes recibieron el mensaje de los ángeles y fueron ellos quienes adoraron primero al Niño Dios.

Pero el hijo de Dios no se encarnó solo para salvar al pueblo de Israel, sino al mundo entero. Por ende, también el mundo entero responde y acude al sitio del nacimiento del Niño Dios para adorarlo. Este mundo entero es representado por estos magos que vinieron de Oriente, de “la tierra donde sale el sol”, dice el evangelio en su versión en griego.

No sabemos cuántos magos eran, pues el evangelio no lo especifica. Con el paso de los siglos, la tradición quiso que fueran tres: Melchor de Persia, Gaspar de la India y Baltazar de Babilonia. Hasta cabalgaduras les dieron: un caballo a Melchor, un camello a Gaspar y un elefante a Baltazar. Entre los tres representaban al mundo gentil, es decir, al mundo no judío, al mundo entero que venía a adorarlo y a reconocerlo como su Salvador.

Los magos trajeron al Niño Dios tres regalos especiales: oro, incienso y mirra. Oro porque este Niño es un Rey. Incienso para adorarlo, pues este Niño es Dios. Y mirra para recordarle su parte humana y que un día ha de morir. Cuando Jesús muera y sea sepultado, Nicodemo traerá 100 libras de mirra para ungirlo. (cf. Juan 19,39) La mirra, en cantidades excesivas, tal como refiere el Evangelio según Sn. Juan, se empleaba para ungir a los reyes al sepultarlos.

A nivel personal, ¿cómo podemos dar sentido a todo esto? Presentando al Niño Dios el día de la Epifanía nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra.

En la santa Misa, presenta al Niño Dios tu oro: Lo mejor de ti mismo. Pon ante el altar de Dios tus éxitos, tus logros, tus ascensos en el trabajo, tus aumentos de sueldo, las buenas obras que has hecho, tu matrimonio estable, tu familia amorosa, tu fidelidad a los Mandamientos. Todo lo que reluce de ti.

Preséntale también tu incienso: Debes adorarlo como Dios y presentarle todas tus oraciones, todas tus necesidades, todo aquello que te hace falta, para que, con el humo del incienso, tu plegaria sea elevada hasta nuestro Padre.

Y no olvides ofrecerle también tu mirra: La parte dolorosa de tu vida, todo lo que te aflige, lo que te preocupa, tus enfermedades, lo que te esclaviza, tus vicios, tus defectos, aquello que a ti mismo te disgusta de tu persona. Preséntale todo lo amargo de tu vida, que el Niño Dios ha nacido para redimirte de esa amargura.

Ojalá te hayas portado bien y en la mañana de la Epifanía encuentres al lado del nacimiento un bonito regalo.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2018

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

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