Una conversación con el Obispo Daniel Mueggenborg

El Arzobispo J. Peter Sartain y el entonces Obispo electo Daniel Mueggenborg antes de la Misa Crismal el 6 de abril en la Catedral de Santiago. Foto: Stephen Brashear El Arzobispo J. Peter Sartain y el entonces Obispo electo Daniel Mueggenborg antes de la Misa Crismal el 6 de abril en la Catedral de Santiago. Foto: Stephen Brashear

Nuestro nuevo obispo auxiliar habla sobre la clave de la santificación, su amor por la Escritura, el ciclismo de montaña y ser amonestado por la Madre Teresa

Nota del editor: Antes de su ordenación episcopal el 31 de mayo en la Catedral de Santiago, Noroeste Católico habló con el entonces Obispo electo Daniel Mueggenborg la mañana en que su nombramiento fue anunciado y más adelante en una entrevista telefónica el 11 de abril.

El Vaticano anunció el 6 de abril que el Papa Francisco había nombrado a Mons. Daniel Mueggenborg para servir como segundo obispo auxiliar en la Arquidiócesis de Seattle. Sacerdote de la Diócesis de Tulsa, Oklahoma, Mons. Mueggenborg había recibido la noticia 11 días antes, el 26 de marzo, tras devolver una llamada perdida al nuncio apostólico ante los Estados Unidos, Arzobispo Christophe Pierre. El embajador vaticano le preguntó si estaba sentado antes de explicarle los deseos del papa.

“Y entonces no dormí por tres noches”, dijo el Obispo Mueggenborg a Noroeste Católico.

Muchas de las experiencias en la joven edad del Obispo Mueggenborg habían señalado de manera providencial hacia su vocación sacerdotal, como describe una reseña biográfica en el sitio web de la Parroquia de Cristo Rey en Tulsa, donde ha servido como párroco desde 2011: Como monaguillo en la Parroquia de Sn. Francisco Xavier en Stillwater se desarrolló su deseo de estar cerca de la Eucaristía. Tocando la tuba en la banda de su preparatoria le inspiró un amor por la tradición de la música litúrgica en la Iglesia. Ser Boy Scout (Águila Scout, de hecho) le enseñó habilidades invaluables y cultivó el crecimiento en virtud y servicio. Estudiar Geología en la Universidad Estatal de Oklahoma le ayudó a apreciar la creación de Dios.

Pero no siempre se sintió atraído al sacerdocio.

“Durante mis últimos años de preparatoria, no tenía ningún deseo de ir tras el sacerdocio y me irritaba la posibilidad de ser sacerdote”, dijo, pero una poderosa experiencia durante su primer año en la universidad lo hizo reconsiderar.

Pasó 11 años en Roma, cinco como estudiante y seis como profesor, en el Colegio Pontificio Norteamericano. Para él, “no era principalmente una ciudad de antigüedad, belleza y museos”, sino “una ciudad de santos y mártires”, dijo. “Caminar las calles de Roma cada día, era una peregrinación”.

Mueggenborg mountain biking
Mons. Mueggenborg, izquierda, ha disfrutado largo tiempo el ciclismo de montaña. Foto: Courtesy Eastern Oklahoma Catholic

Mientras estudiaba en Roma, tuvo algunos breves encuentros con la Madre Teresa que le causaron un profundo impacto.

Durante su primer año allá, se encontró en un grupo de compañeros seminaristas que se comportaban como “paparazzi religiosos”, deseosos de conocer a la futura santa cuando salía del convento de las Misioneras de la Caridad.

“En mi afán — muy egoísta — de captar su atención, le grité, ‘¡Madre, te queremos!’ Ella se detuvo, volteó y levantó su dedo — el índice, para ser preciso — y dijo, ‘No. Amen solo a Jesús’. Y siguió su camino”.

“Nada pudo haberme hecho sentir más humilde y más consciente del increíble honor que representa ser capaz de llevar a Jesús a las personas”, dijo.

Es la oración, dice el obispo, lo que lo mantiene “en sintonía con el corazón de Cristo”. Hace oración a través del día, antes y después de las juntas. Con regularidad pasa tiempo en adoración ante el Santísimo, “simplemente orando para estar en comunión con Jesús y abriéndome a la experiencia de esa comunión”. Esa comunión, explica, “es el lugar donde Dios trae la sanación y la paz” y “donde experimentamos el amor del Padre”.

Mons. Mueggenborg también habló acerca de su pasión por el ciclismo de montaña, que inició cuando era capellán de preparatoria en la década de 1990 y que practica casi diario. “Ya he estado buscando en Internet la ubicación de algunos recorridos” en el Oeste de Washington, dijo.

Estos son algunos de los puntos relevantes de su conversación con Noroeste Católico.

Daniel Mueggenborg first communion
El día de su primera Comunión. Foto: Courtesy Eastern Oklahoma Catholic

¿Puede contarme un poco acerca de su infancia y el papel que la fe jugó en su familia cuando usted crecía, así como algunas de sus influencias formativas?

Las influencias formativas en mi vida de fe fueron mis padres, sin duda. Mi papá comulgaba diario por cerca de casi 50 años, y recuerdo bien que siempre íbamos al Santo Viacrucis. Cuando hacíamos 40 horas de adoración, por alguna razón mi mamá siempre nos anotaba a las 2:00 AM y la acompañábamos. Recuerdo esos momentos. Mucho de nuestra vida en familia giraba en torno al pilar de la Misa del domingo, así estuviéramos de vacaciones o en casa …

¿Dónde encuentra usted el mayor gozo al vivir su vocación?

Mi mayor gozo es cuando veo a otros experimentar a Dios en sus vidas y responder a esa experiencia. La reconocen, responden a ella y los transforma. Porque es en realidad lo que más deseo dar a la gente, una conexión profunda con Dios mismo. … Donde sea, cuando la gente tiene ese encuentro con Cristo que los enciende en fuego, que transforma su vida y que inicia una conversión radical, ese es el más grande gozo que puedo experimentar.

¿Cómo afectó a usted y a su comprensión de la Iglesia el tiempo que vivió en Roma?

… Hay dos cosas que suceden cuando visitas una ciudad con la profunda antigüedad de Roma. Debo decir que hay dos cosas que me ocurrieron. Por un lado, te hace sentir muy humilde porque te dices a ti mismo, “Soy solo un punto en la pantalla de un radar comparado con 2,700 años de historia”. Esto te da en realidad una apreciación saludable de tu limitada mortalidad.

Pero también está el desafío, y es este: que aprendes acerca de estas personas que se convirtieron en instrumentos fenomenales de Dios simplemente porque le dijeron que sí a Dios. Gente que encendió el mundo en llamas, los santos y los mártires. No lo hicieron con sus propias fuerzas, ni por sus virtudes ni su astucia ni sus propios recursos; lo hicieron por el poder de su testimonio fiel.

Y es ahí donde surge el desafío. Porque no hay nada que nos separe de los grandes santos excepto nuestro deseo de ser tan santos como ellos fueron. Ellos tuvieron una gran apertura para recibir el amor que Dios les tenía. Y porque tenían una gran apertura para recibir la magnitud del amor de Dios, pudieron entonces ser fuentes grandiosas para compartir con generosidad ese amor con los demás.

Así que lo que separa a los grandes santos de nosotros es que ellos estaban más abiertos que nosotros a recibir el amor de Dios y fueron más generosos al compartirlo. Pero eso es algo que podemos efectuar para nosotros mismos. De modo que ese es el reto: Podemos ser tan eficaces como los santos si estamos dispuestos a donar nuestras propias vidas a Dios.

Father Mueggenborg with his parents
El Padre Mueggenborg con sus padres, Paul y Dolores, después de su cantamisa. Foto: Courtesy Eastern Oklahoma Catholic

Cuando estuvo en el Colegio Norteamericano, usted estudió Teología Bíblica y mencionó en su biografía la influencia del [prominente biblista estadounidense] Padre Raymond Brown.

… El Padre Raymond Brown vino y dio clases como profesor huésped. Y cuando tomé su curso, que él titulaba “La Muerte del Mesías” — precursor de la publicación de su libro con el mismo título — él comenzó a abrir nuestras mentes y nuestros ojos para mirar una profundidad y una relevancia de las Escrituras de un modo que yo no había conocido antes, y esto me hizo comenzar a darme cuenta de que las Escrituras están vivas, de que desean hablarle a nuestras vidas todos los días, y de que todo lo que tenemos que hacer es desarrollar los oídos para ser capaces de escuchar ese mensaje.

Y así sembró dentro de mí un gran amor, no solo por las Escrituras, sino un amor por ayudar a otras personas a encontrarse con las Escrituras a ese nivel, y eso fue algo que en realidad quería yo traer de vuelta a la parroquia cuando volviera como sacerdote, para que cuando la gente estudie Escritura no sea una persecución académica, sino un encuentro espiritual real con la persona de Jesús a través de las Escrituras.

¿Hay algún versículo o pasaje en particular de la Escritura que haya tenido un significado especial para usted en su vida?

… Tal vez el pasaje de la Escritura que en realidad ha tenido el mayor significado para mí de forma recurrente en mi sacerdocio es simplemente cuando Jesús desafía a sus discípulos con frecuencia con la frase “No tengan miedo”. Creo que el miedo nos paraliza y como resultado de eso creo que uno de los mayores obstáculos de nuestro ministerio del Evangelio es que tenemos miedo. Ya sea miedo a la incompetencia, miedo al fracaso, miedo al rechazo, miedo al sacrificio, miedo a la cantidad de trabajo que tomará, lo que sea. El miedo puede paralizarnos para ser ministros eficaces del Evangelio. Así que cuando Jesús dice, “No tengan miedo”, lo encuentro siempre como un reto personal para identificar cualquier miedo sutil que opera en mi propia vida y para eliminarlo con consciencia.

¿Ha habido momentos particulares en su vida cuando ha tenido que recordar esto al enfrentar algún problema?

Sí, el domingo 26 de marzo, ¡cuando me llamó el nuncio apostólico! Ese es el momento más reciente y memorable en que he tenido que recordarlo. Y lo digo porque hay mucho miedo a lo desconocido. Conozco mi vida cómo párroco en Tulsa. … No conozco la vida de obispo auxiliar en Seattle. No conozco los desafíos que habré de enfrentar aquí en mi ministerio. No sé cómo se verán las cosas en cinco o 10 años. Y solo tengo que confiar en la bondad del Señor, confiar que el Señor sabe más que yo cuáles son mis capacidades y confiar en su liderazgo y literalmente, no tener miedo.

Father Stanley Rother
El Padre Stanley Rother. Foto: CNS/Charlene Scott

Una experiencia crucial

El Obispo Auxiliar Daniel Mueggenborg era “un típico estudiante de primer año de universidad que disfrutaba la vida secular estudiantil” en la Universidad Estatal de Oklahoma a principios de la década de 1980, dijo, pero sentía “un cierto vacío, una cierta desarmonía”. Él se había cerrado a la posibilidad de una vocación sacerdotal.

En 1981, durante la primavera de su primer año, su tía y su tío le pidieron servir el altar en la misa de aniversario por sus 50 años de casados en su pueblo natal de Okarche, Oklahoma. A pesar de rehusarse al principio, al fin aceptó. Cuando estaba en la sacristía antes de la Misa, dijo, se dio cuenta de que algo había cambiado dentro de ese cuarto.

“A la fecha todavía recuerdo en qué lugar estaba yo parado en aquella sacristía. Y miré alrededor para ver qué había cambiado cuando vi que un sacerdote que nunca había visto antes había entrado en la sacristía. Y quedé cautivado preguntándome por qué esta persona tenía una presencia tan intensa que yo no había percibido antes”.

Mons. Mueggenborg lo describió como una “presencia callada … de una paz profunda, un gozo sincero y un amor auténtico”. Mientras el sacerdote concelebraba la Misa, dijo Mons. Mueggenborg, le intrigaba por qué el sacerdote “poseía las mismas cualidades que yo deseaba pero que no estaba encontrando en mi búsqueda secular”.

“Y fue por servir en la misa que me abrí de nuevo a la idea de ser sacerdote”.

Después preguntó a sus padres acerca del sacerdote y le explicaron que era el Padre Stanley Rother y que era un misionero en Santiago, Guatemala. Más adelante, ese verano, el Padre Rother fue martirizado en Guatemala. Será beatificado este año el 23 de septiembre en Oklahoma City.

“Aquella experiencia de ayudarle sirviendo en la misa estableció en mi interior cierta consciencia de lo que es el sacerdote, en el sentido de entregar tu vida por los demás y de imitar el amor de Cristo de una forma muy real”, recordó Mons. Mueggenborg. “Desde el día de su martirio, comencé a pedir por su intercesión y eventualmente ingresé al seminario tras graduarme de la Universidad Estatal de Oklahoma”.

Cuando fue ordenado sacerdote en 1989, le preguntó a los papás del Padre Rother si podía usar su cáliz para celebrar su cantamisa. “Fue una expresión de gratitud hacia él, un reconocimiento de la semilla que se plantó a través de su testimonio fiel y también una oración por su constante intercesión de que pudiera yo vivir en mi vida como sacerdote el mismo amor sacrificial que él había demostrado por su gente en Santiago.”

(Traducción: Mauricio I. Pérez)

Read the English translation of this column.

Noroeste Católico – diciembre 2016

Kevin Birnbaum

Kevin Birnbaum is the editor/associate publisher of Northwest Catholic and a member of Seattle’s Blessed Sacrament Parish. Contact him at Kevin.Birnbaum@seattlearch.org.
__________

Kevin Birnbaum es el editor de la revista Noroeste Católico/Northwest Catholic y miembro de la Parroquia del Sagrado Sacramento en Seattle. Pueden contactarle en: Kevin.Birnbaum@seattlearch.org.