¿Cómo puedo ser un mejor orante?

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P: Siento que no soy bueno para la oración, ¿cómo puedo mejorar?

R: Tu pregunta es buena y revela que el Espíritu Santo obra dentro de ti y te mueve a buscar una relación más profunda con Dios. La oración auténtica es esencial para que esa relación se desarrolle y crezca.

Deberíamos tener claro qué es la oración y qué no. Existen algunos recursos muy buenos que pueden ayudarte en tu crecimiento espiritual. Dos que yo recomiendo en particular son Comenzar a orar de Anthony Bloom y Tiempo para Dios de Jacques Philippe.

La oración no se trata de hacer que Dios cambie de opinión. Tampoco se trata de decirle a Dios algo que el Señor no sepa ya. La oración no es solo cuestión de recitar palabras. La oración tampoco es solo una forma de sentirse en paz. Cuando enfocamos la oración de cualquiera de estas formas, nos arriesgamos a ser como aquellos que en los evangelios rezan a sí mismos en vez de a Dios (Cf. Lucas 18,11).

La oración es ante todo una comunión auténtica con Dios. Es nuestra respuesta a Dios que nos llama hacia sí. Como niños que apenas aprenden a hablar, nos tomará tiempo responderle con gracia y claridad, pero eso es parte de una espiritualidad madura. Como decía Sn. Agustín, “Nos demos cuenta o no, la oración es el encuentro de la sed de Dios con la nuestra”.

Las oraciones recitadas (el Padrenuestro, el Avemaría) pueden ser auxilios que nos ayudan a penetrar la experiencia de abrirnos y ofrecernos a nosotros mismos que conduce a la comunión con Dios. Hay muchos libros excelentes de oración que ayudan a una persona a ahondar en la rica tradición espiritual de la Iglesia de 2,000 años, de santidad expresada en las oraciones de los santos y en la liturgia. Si no tienes un buen libro de oraciones, te animo a conseguir uno y leerlo. Descubrirás que algunas oraciones resuenan más en tu corazón y con tu experiencia de vida que otras. Está bien. Emplea aquellas que resulten más significativas y al ir profundizando tu vida de oración descubrirás que otras oraciones comienzan a ser significativas también.

Las oraciones recitadas no deberían ser la única forma en que oramos. La oración debería siempre ser una conversación, no tan solo un monólogo. En la conversación de la oración, somos cambiados (“convertidos”, literalmente) por nuestra escucha y atención a la palabra de Dios. Dios nos habla en formas muy reales, por lo que es importante procurar momentos de oración en silencio, pasando tiempo meditando sobre la Escritura, poniéndonos en presencia del Santísimo Sacramento y orando en los eventos de nuestra vida por la gracia, a fin de ver las situaciones como las ve Dios.

La oración, pues, no es tanto qué decimos sino qué tan bien respondemos a lo que Dios hace y quiere hacer en nosotros. Para ayudarnos a dar una mejor respuesta, siempre recomiendo que una persona pida el don del Espíritu Santo. Sn. Pablo nos dice que no siempre sabemos orara pero que el Espíritu puede hacerlo en nosotros (Cf. Romanos 8,26). Es el Espíritu Santo quien santificará nuestras vidas, abrirá nuestro corazón, sanará nuestras heridas y eliminará nuestra sordera para que podamos sintonizarnos con la presencia y comunicación de Dios a lo largo del día. Por eso, Sn. Pablo dice que debemos “orar constantemente.” (1 Tesalonicenses 5,17) No se refería a oraciones recitadas continuas (a pesar de que la famosa “Oración de Jesús” es una forma grandiosa de hacerlo). Más bien, nos animaba a vivir a lo largo del día en actitud de oración, siempre conscientes y respondiendo a la presencia de Dios con nosotros.

Esa oración cotidiana tomará muchas formas. Tal vez alabanza, adoración, acción de gracias, petición u ofrenda. No tiene que ser de uno u otro tipo, pero la jornada de cada uno debería tal vez tener algunos elementos de cada tipo de oración. Si sientes que pareces frenarte en tu capacidad para hacer tu oración más profunda, te animo a buscar el sacramento de la reconciliación y a recibir la sanación y la gracia liberadora de la confesión. La presencia del pecado puede ser un obstáculo real en tu relación con Dios y a veces nuestra vida de oración no puede desarrollarse hasta que permitamos a Dios eliminara ese obstáculo mediante la gracia del sacramento.

Jesús prometió estar siempre con nosotros y el Señor fue muy claro acerca de las formas específicas en que podemos experimentar su presencia. Al igual que para los discípulos de camino a Emaús en Lucas 24, la Eucaristía y la Escritura siempre serán sitios privilegiados de encuentro cuando busquemos al Señor en la oración. Jesús también se nos hace presente a través de sus testigos, santos varones y mujeres que viven el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Y Jesús se nos presenta a través del Espíritu Santo al grado de que nos promete que el Padre no negará el don del Espíritu a nadie que de forma sincera y persistente se lo pida (Cf. Lucas 11,13). Sabemos donde encontrar a Jesús, tanto nos ha revelado nuestro Señor. Ahora depende de nosotros darnos el tiempo para pasarlo con Él.

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Noroeste Católico - Enero/Febrero 2018

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.